¡Que pa­se el ase­rra­dor..!

Don Je­sús del Co­rral, San­ta Fe de An­tio­quia, 1871, Bo­go­tá, 1931.

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“En­tre An­tio­quia y So­pe­trán, en las ori­llas del río Cauca, es­ta­ba yo fun­dan­do una ha­cien­da. Me acom­pa­ña­ba, en ca­li­dad de ma­yor­do­mo, Si­món Pé­rez, que era to­do un hom­bre, pues ya te­nía trein­ta años, y vein­te de ellos los ha­bía pa­sa­do en lu­cha te­naz y bra­vía con la na­tu­ra­le­za, sin su­frir ja­más gra­ve de­rro­ta. Ni si­quie­ra el pa­lu­dis­mo ha­bía lo­gra­do hin­car­le el dien­te, a pe­sar de que Si­món siem­pre an­du­vo en­tre zan­cu­dos y de­más bi­chos agre­si­vos.

Pa­ra él no ha­bía di cul­ta­des, y cuan­do se le pro­po­nía que hi­cie­ra al­go di­fí­cil que él no ha­bía he­cho nun­ca, siem­pre con­tes­ta­ba con es­ta fra­se ale­gre y alen­ta­do­ra: «va­mos a ver; más arries­ga la pa­va que el que le ti­ra, y el mi­co co­me chum­bim­ba en tiem­po de ne­ce­si­dad».

Un sá­ba­do en la no­che, des­pués del pa­go de peo­nes, nos que­da­mos, Si­món y yo, con­ver­san­do en el co­rre­dor de la ca­sa y ha­cien­do pla­nes pa­ra las fae­nas de la se­ma­na en­tran­te, y co­mo yo le ma­ni­fes­ta­ra que ne­ce­si­tá­ba­mos vein­te ta­blas pa­ra cons­truir unas ca­na­les en la ace­quia y que no ha­bía ase­rra­do­res en el contorno, me di­jo:

— Esas se las asie­rro ya en es­tos días.

— ¿Có­mo?, le pre­gun­té, ¿sa­be us­ted ase­rrar?

—Di­vi­na­men­te; soy ase­rra­dor gra­dua­do, y tal vez el que ha ga­na­do más al­to jor­nal en ese o cio. ¿Qué dón­de apren­dí? Voy a con­tar­le esa his­to­ria, que es di­ver­ti­da. Y me re rió es­to, que es ver­da­de­ra­men­te ori­gi­nal:

En la gue­rra del 85 me re­clu­ta­ron y me lle­va­ban pa­ra la Cos­ta, por los lla­nos de Aya­pel, cuan­do re­sol­ví de­ser­tar, en com­pa­ñía de un in­dio bo­ya­cen­se. Una no­che en que es­tá­ba­mos am­bos de cen­ti­ne­las las em­plu­ma­mos por una ca­ña­da, sin de­jar­le sa­lu­des al ge­ne­ral Ma­teus.

Al día si­guien­te ya es­tá­ba­mos a diez le­guas de nues­tro ilus­tre je­fe, en me­dio de una mon­ta­ña don­de can­ta­ban los gu­rríes y ma­ro­mea­ban los mi­cos. Cua­tro días an­du­vi­mos por en­tre bos­ques, sin co­mer y con los pies he­ri­dos por las es­pi­nas de las chon­tas, pues íba­mos rom­pien­do ras­tro­jo con el cuer­po, co­mo va­cas la­dro­nas. ¡Lo que es el mie­do al ce­po de cam­pa­ña con que aca­ri­cian a los de­ser­to­res, y a los qui­nien­tos pa­los con que los ma­du­ran an­tes de tiem­po!...

Yo ha­bía oí­do ha­blar de una em­pre­sa mi­ne­ra que es­ta­ba fun­dan­do el Conde de Na­dal, en el río Nus, y re­sol­ví orien­tar­me ha­cia allá, así al tan­teo, y si­guien­do por la ori­lla de una que­bra­da que, se­gún me ha­bían di­cho, desem­bo­ca­ba en aquel río. Efec­ti­va­men­te, al sép­ti­mo día, por la ma­ña­na, sa­li­mos el in­dio y yo a la desem­bo­ca­du­ra, y no le­jos de allí vi­mos, en­tre unas peñas, un hom­bre que es­ta­ba sen­ta­do en la ori­lla opues­ta a la que lle­vá­ba­mos no­so­tros. Fue gran­de nues­tra ale­gría al ver­lo, pues íba­mos ca­si muer­tos de ham­bre y era se­gu­ro que él nos da­ría de co­mer.

—Com­pa­dre, le gri­té, ¿có­mo se lla­ma es­to aquí? ¿La mi­na de Nus es­tá muy le­jos?

— Aquí es; yo soy el en­car­ga­do de la ta­ra­bi­ta pa­ra el pa­so, pe­ro ten­go or­den de no pa­sar a na­die, por­que no se ne­ce­si­tan peo­nes. Lo úni­co que ha­ce fal­ta son ase­rra­do­res.

No va­ci­lé un mo­men­to en re­pli­car:

—Ya lo sa­bía, y por eso he ve­ni­do: yo soy ase­rra­dor; eche la oro­ya pa­ra es­te la­do.

—¿Y el otro?, pre­gun­tó, se­ña­lan­do a mi com­pa­ñe­ro. El gran­dí­si­mo ma­ja­de­ro tam­po­co va­ci­ló en con­tes­tar rá­pi­da­men­te:

—Yo no sé de eso; ape­nas soy peón.

No me dio tiem­po de alec­cio­nar­lo; de de­cir­le que nos im­por­ta­ba co­mer a to­do tran­ce, aun­que al día si­guien­te nos des­pa­cha­ran co­mo pe­rros va­gos; de mos­trar­le los pe­li­gros de muer­te si con­ti­nua­ba va­gan­do a la aven­tu­ra, por­que es­ta­ban le­jos los ca­se­ríos, o el pe­li­gro de la «dia­na de pa­los» si lo­gra­ba sa­lir a al­gún pue­blo an­tes de un mes. Na­da; no me dio tiem­po ni pa­ra gui­ñar­le el ojo, pues re­pi­tió su a rma­ción sin que le vol­vie­ran a ha­cer la pre­gun­ta.

No hu­bo re­me­dio, y el en­car­ga­do de ma­ne­jar la ta­ra­bi­ta echó el ca­jón pa­ra es­te la­do del río, des­pués de gri­tar: ¡Que pa­se el ase­rra­dor!

Me des­pe­dí del po­bre in­dio y pa­sé.

Diez mi­nu­tos des­pués es­ta­ba yo en pre­sen­cia del Conde, con el cual tu­vo es­te diá­lo­go: —¿Cuán­to ga­na us­ted? —¿A có­mo pa­gan aquí? — Yo te­nía dos mag­ní cos ase­rra­do­res, pe­ro ha­ce quin­ce días mu­rió uno de ellos; les pa­ga­ba a ocho reales.

—Pues, se­ñor Conde, yo no tra­ba­jo a me­nos de do­ce reales; a eso me han pa­ga­do en to­das las em­pre­sas en don­de he estado y, ade­más, es­te cli­ma es muy ma­lo; aquí le da ebre has­ta a la qui­ni­na y a la zar­po­le­ta.

—Bueno, maes­tro; «el mono co­me chum­bim­ba en tiem­po de ne­ce­si­dad»; qué­de­se y le pa­ga­re­mos los do­ce reales. Vá­ya­se a los cuar­te­les de peo­nes a que le den de co­mer y el lu­nes em­pie­za tra­ba­jos.

¡Ben­di­to sea Dios! Me iban a dar de co­mer; era sá­ba­do, al día si­guien­te tam­bién co­me­ría de bal­de. ¡Y yo, que pa­ra po­der ha­blar te­nía que re­cos­tar­me a la pa­red, pues me iba de es­pal­das por la de­bi­li­dad en que es­ta­ba!

En­tré a la co­ci­na y me co­mí has­ta las cás­ca­ras de plá­tano. Me tra­ga­ba las yu­cas con pa­bi­lo y to­do. ¡Se me es­ca­pa­ron las ollas un­ta­das de man­te­ca, por­que eran

de erro! El pe­rro de la co­ci­na me veía con ex­tra­ñe­za, co­mo pensando: ¡Ca­ram­ba con el maes­tro! si se que­da ocho días aquí, nos va­mos a mo­rir de ham­bre el ga­to y yo!

A las sie­te de la no­che me fui pa­ra la ca­sa del Conde, el cual vi­vía con su mu­jer y dos hi­jos pe­que­ños. ¡Líos que te­nía!

Un peón me dio ta­ba­co y me pres­tó un ti­ple. Lle­gué echan­do hu­mo y can­tan­do la gua­bi­na. La po­bre se­ño­ra que vi­vía más aburrida que un mi­co re­cién co­gi­do, se ale­gró con mi can­to y me su­pli­có que me sen­ta­ra en el co­rre­dor pa­ra que la en­tre­tu­vie­ra a ella y a sus ni­ños esa no­che.

— Aquí es el ti­ro, Si­món, di­je pa­ra mis aden­tros; va­mos a ga­nar­nos es­ta gen­te por si no re­sul­ta el ase­rrío. Y les can­té to­das las tro­vas que sa­bía. Por­que, eso sí: yo no co­no­cía se­rru­chos, ta­ble­ros y tro­ce­ros, pe­ro en can­tos bra­vos sí era ve­te­rano.

To­tal, que la se­ño­ra que­dó en­can­ta­da y me di­jo que fue­ra al día si­guien­te, por la ma­ña­na, pa­ra que le di­vir­tie­ra los mu­cha­chos, pues no sa­bía qué ha­cer con ellos los do­min­gos. ¡Y me dio ja­món y ga­lle­tas y ja­lea de gua­ya­ba!

Al otro día es­ta­ba es­te ilus­tre ase­rra­dor con los mu­cha­chos del se­ñor Conde, ba­ñán­do­se en el río, co­mien­do ci­rue­las pa­sas y ¡ben­di­to sea Dios y el que ex­pri­mió las uvas, be­bien­do vino tin­to de las me­jo­res mar­cas eu­ro­peas!

Lle­gó el lu­nes, y los mu­cha­chos no qui­sie­ron que el «ase­rra­dor» fue­ra a tra­ba­jar, por­que les ha­bía pro­me­ti­do lle­var­los a un gua­ya­bal a co­ger to­ches, en trampa. Y el Conde, rién­do­se, con­vino en que el maes­tro se ga­na­ra sus do­ce reales de ma­ne­ra tan di­ver­ti­da.

Por n, el mar­tes, di prin­ci­pio a mis la­bo­res. Me pre­sen­ta­ron al otro ase­rra­dor pa­ra que me pu­sie­ra de acuer­do con él, y re­sol­ví pi­sar­lo des­de la en­tra­da.

—Maes­tro, le di­je, de mo­do que me oye­ra el Conde, que es­ta­ba por ahí cer­ca, a mí me gus­tan las co­sas en or­den. Pri­me­ra­men­te se­pa­mos qué es lo que se ne­ce­si­ta con más urgencia; ¿ta­blas, ta­blo­nes o cer­cos?

—Pues ne­ce­si­ta­mos cin­co mil ta­blas de co­mino, pa­ra las ca­na­les de la ace­quia, tres mil ta­blo­nes pa­ra los edi cios y unos diez mil cer­cos. To­do de co­mino; pe­ro de­be­mos co­men­zar por las ta­blas.

Por po­co me des­ma­yo: vi tra­ba­jo pa­ra dos años y... a do­ce reales el día, bien cui­da­do y sin ries­go de que cas­ti­ga­ran al de­ser­tor, por­que es­ta­ba «en pro­pie­dad ex­tran­je­ra».

— En­ton­ces, va­mos con mé­to­do. Lo pri­me­ro que de­be­mos ha­cer es de­di­car­nos a se­ña­lar ár­bo­les de co­mino, en el mon­te, que es­tén bien rec­tos y bien grue­sos pa­ra que den bas­tan­tes ta­blas y no per­da­mos el tiem­po. Des­pués los tum­ba­mos y, por úl­ti­mo, mon­ta­mos el ase­rrío. To­do con or­den, sí se­ñor, por­que si no, no re­sul­ta la co­sa.

— Así me gus­ta, maes­tro, di­jo el Conde; se ve que us­ted es hom­bre prác­ti­co. Dis­pon­ga los tra­ba­jos co­mo lo crea con­ve­nien­te.

Que­dé, pues, due­ño del cam­po. El otro maes­tro, un po­bre ma­ja­de­ro, com­pren­dió que te­nía que aga­char la ca­be­za an­te es­te fa­mo­so «ase­rra­dor» im­pro­vi­sa­do. Y a po­co, sa­li­mos a la mon­ta­ña a se­ña­lar ár­bo­les de co­mino.

Cuan­do nos íba­mos a in­ter­nar, le di­je a mi com­pa­ñe­ro:

—No per­da­mos el tiem­po an­dan­do jun­tos. Vá­ya­se us­ted por el al­to, que yo me voy por la ca­ña­da. Es­ta tar­de nos en­con­tra­mos aquí; pe­ro fí­je­se bien pa­ra que no se­ña­le ár­bo­les tor­ci­dos.

Y sa­lí ca­ña­da aba­jo, bus­can­do el río. Y en la ori­lla de és­te me pa­sé el día, fu­man­do ta­ba­co y la­van­do la ro­pi­ta que me tra­je del cuar­tel del ge­ne­ral Ma­teus.

Por la tar­de, en el pun­to ci­ta­do, en­con­tré al maes­tro y le pre­gun­té: va­mos a ver, ¿cuán­tos ár­bo­les se­ña­ló?

—Dos­cien­tos vein­te no más, pe­ro muy bue­nos.

—Pues per­dió el día; yo se­ña­lé tres­cien­tos cin­cuen­ta, de primera cla­se.

Ha­bía que pi­sar­lo en rme; y yo he si­do ga­llo pa­ra eso.

Por la no­che me hi­zo lla­mar la se­ño­ra del Conde, y que lle­va­ra el ti­ple, por­que me te­nía ce­na pre­pa­ra­da; que los mu­cha­chos es­ta­ban de­seo­sí­si­mos de oír­me el cuen­to de Se­bas­tián de las Gra­cias, que les ha­bía yo pro­me­ti­do. Ah, y el del Tío Co­ne­jo y el Com­pa­dre Ar­ma­di­llo, y ese otro de Juan sin mie­do, tan emo­cio­nan­te. Se cum­plió el pro­gra­ma al pie de la le­tra. Cuen­tos y can­tos di­ver­ti­dí­si­mos; chis­tes de oca­sión; ce­na con sal­món, por­que es­tá­ba­mos en vi­gi­lia; ci­ga­rros de ani­llo do­ra­do; tra­gui­to de brandy pa­ra el ase­rra­dor, pues co­mo ha­bía tra­ba­ja­do tan­to ese día, ne­ce­si­ta­ba el po­bre que le sos­tu­vie­ran las fuer­zas. Ah, y gui­ña­das de ojo a una sir­vien­ta bue­na mo­za que le tra­jo el chocolate al «maes­tro» y que al n que­dó de las cua­tro pa­ti­cas cuan­do oyó la can­ción aque­lla de: “Co­mo aman­te tor­ca­za que­jum­bro­sa, que en el mon­te se es­cu­cha ge­mir”.

Qué ase­rrío, mon­té esa no­che. ¡Le sa­qué ta­blas del es­pi­na­zo al mis­mí­si­mo, se­ñor Conde! Y to­do iba mez­cla­do por si se da­ña­ba lo del ase­rrío. Le con­té al pa­trón que ha­bía no­ta­do yo cier­tos des-

pil­fa­rros en la co­ci­na de peo­nes y no po­cas irre­gu­la­ri­da­des en el ser­vi­cio de la des­pen­sa; le ha­blé de un re­me­dio fa­mo­so pa­ra cu­rar la ren­gue­ra (in­ven­ta­do por mí, por su­pues­to) y le pro­me­tí con­se­guir­le un be­ju­co en la mon­ta­ña, ad­mi­ra­ble pa­ra to­das las en­fer­me­da­des de la di­ges­tión. (To­da­vía me acuer­do del nom­bre­ci­to con que lo bau­ti­cé: ¡Le­van­ta­muer­tos!)

En­can­ta­dos el hom­bre y su fa­mi­lia con el «maes­tro» Si­món. Ocho días pa­sé en la mon­ta­ña, se­ña­lan­do ár­bo­les con mi com­pa­ñe­ro, o me­jor di­cho, se­pa­ra­dos, por­que yo siem­pre, lo echa­ba por otro la­do día al que yo es­co­gía. Pe­ro sabrá us­ted que co­mo yo no co­no­cía el co­mino, tu­ve que ir pri­me­ro a ver los ár­bo­les que ha­bía se­ña­la­do el ver­da­de­ro ase­rra­dor.

Cuan­do ya te­nía­mos mar­ca­dos unos mil, em­pe­za­mos a echar­los al sue­lo, ayu­da­dos por cin­co peo­nes. En esa ta­rea, en la cual desem­pe­ña­ba yo el o cio de di­rec­tor, em­plea­mos más de quin­ce días.

Y to­das las no­ches iba yo a la ca­sa del Conde y ce­na­ba di­vi­na­men­te. Y los do­min­gos al­mor­za­ba y co­mía allá, por­que era pre­ci­so dis­traer a los mu­cha­chos... y a la sir­vien­ta tam­bién.

Yo era el sa­na­lo­to­do en la mi­na. Mi con­se­jo era de­ci­si­vo y no se ha­cía na­da sin mi opi­nión. ¡Tal vez la cé­le­bre cor­ta­da del río Nus fra­ca­só más tar­de por al­gu­na bes­tia­li­dad que yo in­di­qué!

To­do iba a pe­dir de bo­ca, cuan­do un día lle­gó la ho­ra te­rri­ble de mon­tar el ase­rrío de ma­de­ra. Ya es­ta­ba he­cho, el an­da­mio, y por cier­to que cuan­do lo fa­bri­ca­mos hu­bo al­gu­nas com­pli­ca­cio­nes, por­que el maes­tro me pre­gun­tó: —¿Qué al­to le po­ne­mos? —¿Cuál acos­tum­bran us­te­des por aquí? —Tres me­tros. —Pón­ga­le tres con vein­te, que es lo man­da­do en­tre bue­nos ase­rra­do­res. (Si sir­ve con tres, ¿por qué no ha de ser­vir con vein­te cen­tí­me­tros más?).

Ya es­ta­ba to­do lis­to: la tro­za so­bre el an­da­mio, y los tra­zos he­chos en ella (por mi com­pa­ñe­ro, por­que yo me li­mi­ta­ba a dar ór­de­nes).

«La lám­pa­ra en­cen­di­da y el ve­lo en el al­tar,» co­mo di­ce la can­ción.

Lle­gó el mo­men­to so­lem­ne, y una ma­ña­na sa­li­mos ca­mino del ase­rra­de­ro, con los gran­des se­rru­chos al hom­bro. ¡Primera vez que yo veía un co­me-ma­de­ras de esos!

Ya al pie del an­da­mio, me pre­gun­tó el maes­tro:

—¿Es us­ted de aba­jo o de arri­ba?

Pa­ra re­sol­ver tan gra­ve asun­to ngí que me ras­ca­ba una pier­na, y rá­pi­da­men­te pen­sé:, «si me ha­go arri­ba, tal vez me tum­ba és­te con el se­rru­cho». De ma­ne­ra que al en­de­re­zar­me con­tes­té:

— Yo me que­do aba­jo; en­ca­rá­me­se us­ted. Tre­pó por los an­da­mios, co­lo­có el se­rru­cho en la lí­nea y... em­pe­za­mos a ase­rrar ma­de­ra.

¡Pe­ro, se­ñor, có­mo fue aque­llo! El cho­rro de ase­rrín se vino so­bre mí y yo cor­co­vea­ba a la­do y la­do, sin sa­ber có­mo de­fen­der­me. Se me en­tra­ba por las na­ri­ces, por las ore­jas, por los ojos, por el cue­llo de la ca­mi­sa... ¡Vir­gen San­ta! Y yo que creía que eso de ti­rar de un se­rru­cho era co­sa fá­cil...

—Maes­tro, me gri­tó mi com­pa­ñe­ro, se es­tá tor­cien­do el cor­te!...

— ¡Pe­ro hom­bre, con to­dos los dia­blos! Pa­ra eso es­tá us­ted arri­ba; fí­je­se y aplo­me co­mo Dios man­da...

El po­bre hom­bre no po­día re­me­diar la tor­ce­du­ra. ¡Qué la iba a re­me­diar, si yo cha­pa­lea­ba co­mo pes­ca­do col­ga­do del an­zue­lo!

Vien­do que me aho­ga­ba en­tre las nu­bes de ase­rrín, le gri­té a mi com­pa­ñe­ro:

—Bá­je­se, que yo su­biré a di­ri­gir el cor­te.

Cam­bia­mos de pues­to: yo me co­lo­qué en el bor­de del an­da­mio, co­gí el se­rru­cho y ex­cla­mé:

—Arri­ba pues: una... dos...

Ti­ró el hom­bre, y cuan­do yo iba a de­cir tres, me fui de ca­be­za y caí so­bre mi com­pa­ñe­ro. Pa­tas arri­ba que­da­mos am­bos; él con las na­ri­ces re­ven­ta­das y yo con dos dien­tes me­nos y un ojo que pa­re­cía una be­ren­je­na.

La sor­pre­sa del ase­rra­dor fue ma­yor que el gol­pe que le di. No pa­re­cía sino que le hu­bie­ra caí­do al pie un ae­ro­li­to.

—¡Pe­ro, maes­tro!, ex­cla­mó;... ¡pe­ro, maes­tro!

—¡Qué maes­tro, ni qué de­mo­nios! ¿Sa­be lo que hay? Que es la primera vez que yo le co­jo los ca­chos a un se­rru­cho de es­tos. ¡Y us­ted que ti­ré con tan­ta fuer­za! Vea có­mo me pu­so (y le mos­tré el ojo da­ña­do).

—Y vea có­mo me de­jó us­ted (y me en­se­ñó las na­ri­ces).

Vi­nie­ron las ex­pli­ca­cio­nes in­dis­pen­sa­bles, pa­ra las cua­les re­sul­té un Víctor Hu­go. Le con­té mi his­to­ria y ca­si que lo ha­go llo­rar cuan­do le pin­té los tra­ba­jos que pa­sé en la mon­ta­ña, en ca­li­dad de de­ser­tor. Lue­go re­ma­té con es­te dis­cur­so más bien ator­ni­lla­do que un tra­pi­che in­glés:

—No di­ga us­ted una pa­la­bra de lo que ha pa­sa­do, por­que lo ha­go sa­car de la mi­na. Yo les cor­té el om­bli­go al Conde y a la se­ño­ra, y a los mu­cha­chos los ten­go de bar­ba y ca­cho. Con­que, trá­gue­se la len­gua y en­sé­ñe­me a ase­rrar. En pa­go de eso, le pro­me­to dar­le to­dos los días, du­ran­te tres me­ses, dos reales, de los do­ce que yo gano. —Fú­me­se, pues, es­te ta­ba­qui­to (y le ofre­cí uno), y ex­plí­que­me có­mo se ma­ne­ja es­te mas­to­don­te de se­rru­cho.

Co­mo le ha­blé en pla­ta y él ya co­no­cía mis in uen­cias en la ca­sa de los pa­tro­nes, acep­tó mi pro­pues­ta y em­pe­zó la cla­se de ase­rrío. Que el cuer­po se po­nía así, cuan­do uno es­ta­ba arri­ba; y de es­ta ma­ne­ra cuan­do es­ta­ba aba­jo; que pa­ra evi­tar las mo­les­tias del ase­rrín se ta­pa­ban las na­ri­ces con un pa­ñue­lo... cua­tro pam­pli­na­das que yo apren­dí en me­dia ho­ra.

Y du­ré un año tra­ba­jan­do en la mi­na co­mo ase­rra­dor prin­ci­pal, con do­ce reales dia­rios, cuan­do los peo­nes ape­nas ga­na­ban cua­tro. Y la ca­sa que ten­go en So­pe­trán la com­pré con pla­ta que tra­je de allá. Y los quin­ce bue­yes que ten­go aquí, mar­ca­dos con un se­rru­cho, del ase­rrío sa­lie­ron... Y el hi­jo mío, que ya me ayu­da mu­cho en la arrie­ría, es tam­bién hi­jo de la sir­vien­ta del Conde y ahi­ja­do de la Con­de­sa...

Cuan­do ter­mi­nó Si­món su re­la­to, sol­tó una bo­ca­na­da de hu­mo, cla­vó en el te­cho la mi­ra­da y aña­dió des­pués:

¡Y aquel po­bre in­dio de Bo­ya­cá se mu­rió de ham­bre... sin lle­gar a ser ase­rra­dor!...”.

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