La llo­viz­na ras­ga el cor­ti­na­je

Poemas de Jo­sé Joa­quín Ca­sas

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(Chi­quin­qui­rá, Bo­ya­cá, 23 de fe­bre­ro de 1866 – Bo­go­tá, 8 de oc­tu­bre de 1951) LA TAR­DE

Pa­ró en las eras la afa­no­sa cui­ta to­do en la tar­de se concentra y ora: ho­ra de au­sen­cias so­llo­zan­tes, ho­ra de re­li­gio­sas al­ma fa­vo­ri­ta. Con lar­gos ecos la se­ñal ben­di­ta re­cuer­da al co­ra­zón que sue­ña o llo­ra, que lo in­mor­tal en lo te­rreno mo­ra, que en nues­tro ser la reali­dad pal­pi­ta. La som­bra de los ce­rros se agi­gan­te, y una tris­te­za plá­ci­da y di­vi­na, so­bre el al­ma y el mun­do se le­van­ta. Sím­bo­lo de la tar­de que de­cli­na un to­che­ci­llo so­li­ta­rio can­ta en­tre el per­cal su en­de­cha ves­per­ti­na.

LA CA­SA DE TO­DOS

“Esa la ca­sa de to­dos, la del cu­ra”. (Pom­bo) An­cho za­guán con tras por­tón de pe­sa que al vai­vén del pos­ti­go sube o ba­ja; por­tón que cru­je, pe­ro a na­die ata­ja, y de dar pa­so a la or­fan­dad no ce­sa. Allí a los po­bres se re­par­te aprie­sa, con paz y amor la pró­vi­da mi­ga­ja que, a ex­pen­sas de la huer­ta, que es su ca­ja, les man­da el cu­ra de su po­bre me­sa. Un San Cris­tó­bal co­lo­sal, que em­pu­ña un ár­bol por bas­tón, y siem­pre aler­ta cui­da no me­ta Sa­ta­nás pe­zu­ña, De la ca­sa cu­ral guar­da la puer­ta: na­die tras es­ta la­dra o re­fun­fu­ña; bas­ta em­pu­jar pa­ra en­con­trar­la abier­ta.

AVES Y SUE­ÑOS

Se van las tar­des del azul ve­rano, se van con él las rau­das go­lon­dri­nas, se van las ho­ras del bu­lli­cio ufano, de ale­gre sol y diá­fa­nas ne­bli­nas. Se van los sue­ños del azul tem­prano; po­nien­te el sol, alum­bra nues­tras rui­nas; no tor­na el go­zo al co­ra­zón hu­mano ni a su ale­ro de ayer las go­lon­dri­nas. ¡Mus­tio des­ma­ya cuan­to fue ri­sue­ño!; ¿a qué ho­ri­zon­te os di­ri­gís le­jano, ve­lo­ces aves, ilu­sión de un sue­ño? Os va si­guien­do el co­ra­zón las hue­llas; ¡adiós las tar­des del azul ve­rano, ve­lo­ces aves, ilu­sio­nes bellas!

EL SE­CRE­TO

¡Oh ni Pla­tón ni Só­cra­tes, fa­mo­sos en los anales del sa­ber, su­pie­ron lo que es­tos po­bres ni­ños… OR­TIZ. “Los Co­lo­nos” con la pos­tra­ra ben­di­ción ter­mi­na su re­zo el cu­ra. Oyen­do se re­crea el co­ro de los chi­cos de la al­dea que en la es­cue­la sal­mo­dian la doc­tri­na. El va­go son, cual mú­si­ca ar­gen­ti­na, del pue­blo por los ám­bi­tos pa­sea, y al sa­cer­do­te el co­ra­zón le orea co­mo bri­sa bal­sá­mi­ca y di­vi­na. De es­te plá­ci­do edén he aquí el se­cre­to; he aquí la cla­ve, que el mun­dano ig­no­ra, que ig­no­ra­ron Plu­tar­co y Epic­te­to: ni­ño, jo­ven, mu­jer, an­ciano gra­ve, la cien­cia de los hom­bres sal­va­do­res to­do mor­tal en Vi­lla­su­ta sa­be.

MA­YO

Ali­vio de las ás­pe­ras fae­nas, de llo­viz­na ras­gan­do el cor­ti­na­je ya tris­ca so­bre el hú­me­do pai­sa­je Ma­yo gen­til, ce­ñi­do de azu­ce­nas. Del soto por las bó­ve­das se­re­nas, mur­mu­ra de la vi­da el olea­je, y se acen­dra, tem­blan­do, en­tre fo­lla­je el nec­tá­reo fes­tín de las col­me­nas. Pin­ta­dos al ful­gor de las ma­ña­nas, pú­be­ros lirios y vír­ge­nes po­mas pa­ra el al­tar aco­pian las se­rra­nas, oyen­do allá, tras de re­pues­tas lo­mas, el dis­cre­to ron­del de las fon­ta­nas y el arru­llo de amor de las pa­lo­mas.

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