In me­mo­riam

En agos­to con­ver­ge el tiem­po de Eduardo Co­te La­mus 18 de agos­to de 1928 – 3 de agos­to de 1964.

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SO­NA­TA AU­RO­RA

El tiem­po que to­do lo bo­rra y to­do lo en­ce­gue­ce pa­ra re­cu­pe­rar lo ya per­di­do ha­bi­ta la me­mo­ria. En­tre mí bus­ca su cuer­po, lo tras­pa­sa. Él, el de­lin­cuen­te, va sa­can­do mis pe­da­zos. Él, que fue el tes­ti­go y con quien hi­ce mi pa­sa­do lo vuel­ve a re­leer, me lo de­mues­tra, me atra­sa, y cuan­do vuel­vo ha mu­cho tiem­po que se ha ido. Igual que cuer­da elás­ti­ca y sin de­jar su mo­vi­mien­to sal­ta del re­cuer­do a mi presente y gol­pea el co­ra­zón -en él no hay na­dieen su la­ti­ga­zo hay un so­ni­do, en­tre vio­la y tim­bal, que son los días. Lo que bus­ca, no sé: le sir­vo de ins­tru­men­to. A ve­ces no se sa­be a dón­de ir ni dón­de re­fu­giar­se; se va de ca­sa en ca­sa sin lo­grar que puer­tas abran pa­ra con­cluir que con ce­ni­zas tam­po­co pue­de acom­pa­ñar­se.

¡Ah, es­ta li­ber­tad de no po­der huir de lo que se ha­ce!

El año lle­gó siem­pre a las es­ta­cio­nes con re­tra­so; fue muy len­to, len­to, co­mo la más an­ces­tral de las tor­tu­gas. El ve­rano se acli­ma­tó pa­ra glo­ri­fi­car mis hue­sos; el ce­ñu­do oto­ño, igual que la preo­cu­pa­ción de quien es­pe­ra To­có su cuerno fru­gal en­tre mi san­gre; el in­vierno, ca­si sin nie­ve, pe­ro frío –esa nie­ve co­mo la pa­li­dez de las pa­lo­mas por­que cuan­do sa­le el sol des­apa­re­ce-, ex­ten­dió el si­len­cio pa­ra dor­mir­se un po­co y otra vez la pri­ma­ve­ra con su gran no­ti­cia re­pen­ti­na de que la vi­da es du­ra y que no vuel­ve.

En­tre ve­nir y el pen­sar, en­tre so­ñar; en­tre los li­bros re­co­rri­dos e in­som­nios; en­tre sen­tir unos la­bios co­mo odres y re­te­ner­los un ins­tan­te pa­ra em­bria­gar­nos; en­tre caer con otro cuer­po, bus­car en él con­sue­lo, y ha­llar una so­le­dad in­trans­fe­ri­ble; en­tre que­rer ser de otra ma­ne­ra y des­cu­brir­se igual a lo per­di­do, en­tre re­zar y blas­fe­mar, en­tre re­lám­pa­gos, se nos pa­sa la vi­da, y sin em­bar­go, Uno tie­ne que mo­rir por­que no sa­be lo que ha­ce.

ME­DI­TA­CIÓN DE OTO­ÑO

Se po­dría co­men­zar a des­cri­bir un po­tro ha­blan­do del fue­go del co­ra­zón del hom­bre. Es­to va­le pa­ra la pri­ma­ve­ra. Pe­ro es oto­ño y en oto­ño pl pe­cho hu­mano se ahon­da y se de­ba­te co­mo los ár­bo­les an­te el in­vierno, co­mo los ríos en los des­hie­los. Me­jor re­cor­dar la luz que se en­tre­ga­ba en Os­tia. ¡Pe­ro nó! Es ne­ce­sa­rio re­co­lec­tar las ho­ras pa­ra leer el tiem­po en el li­bro de oto­ño.

Co­mo la­drón vino el oto­ño has­ta el ve­rano y le ro­bó: en vez de flo­res tra­jo vien­to, oto­ño to­do lo ro­bó.

Aho­ra se han per­di­do los ca­mi­nos del bos­que. El ca­za­dor fur­ti­vo se pa­re­ce mu­cho a la muer­te ava­ra y han pa­sa­do días des­de que el ha­cha en­mohe­ce el hom­bro del va­ga­bun­do le­ña­dor. En ver­dad, es­tá épo­ca es ex­tra­ña, y me­jor pen­sar en el ru­bio león que por el cie­lo co­men­zó a des­cen­der en la pla­ya de Os­tia. Pe­ro no. Aque­llas som­bras ex­tran­je­ras y el pri­mer ta­jo del oto­ño vino cie­go.

Y no es la luz la que se mar­cha, tam­po­co fue­go quien se va: es só­lo tiem­po el que se que­da con sus ojos de más allá.

El pri­mer ta­jo de oto­ño dio en los fru­tos y el vino, pri­ma­ria­men­te ale­gre, em­bria­gó las es­ta­cio­nes has­ta que los ríos no pu­die­ron con­te­ner la lo­cu­ra de sus ri­be­ras. Fue en­ton­ces cuan­do el mur­mu­llo de in­sa­tis­fac­ción de los muer­tos mal juz­ga­dos (los de­seos va­len co­mo los ac­tos) se es­tre­me­cie­ron en las raí­ces de to­do, has­ta que el ca­ba­llo de oto­ño hi­zo la en­tra­da, co­ro­na­do de ho­jas. El mar en Os­tia se de­ja­ba aca­ri­ciar su me­le­na y las ho­ras gra­tí­si­mas trans­cu­rrían, ra­pi­dí­si­mas, co­mo las mis­mas olas.

Del ár­bol de oto­ño ca­yó el in­vierno igual que una ho­ja: la nie­ve fue la pos­tre­ra ho­ja que el vien­to ro­bó.

El fue­go en el oto­ño tie­ne los ojos cla­ros y sus lar­gas bar­bas ro­jas en ve­rano, aho­ra im­per­cep­ti­bles por la luz, abra­san con más fuer­za. De ahí que el po­tro no pue­da com­pa­rar­se en el oto­ño con el fue­go del co­ra­zón del hom­bre. De­je­mos a la pri­ma­ve­ra con su be­lla men­ti­ra. Y sin em­bar­go era hermoso vi­vir en la pla­ya de Os­tia.

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