Car­los Cas­tro Saa­ve­dra, el poe­ta de la paz

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Uno de los poe­tas más re­pre­sen­ta­ti­vos del si­glo XX en Co­lom­bia es Car­los Cas­tro Saa­ve­dra (Me­de­llín, 1924-1989), quien se de­di­có a can­tar los do­lo­res de su pue­blo, a exal­tar las co­sas sen­ci­llas y a bus­car la an­he­la­da paz. Muy jo­ven con­tra­jo ma­tri­mo­nio con su mu­sa úni­ca y eter­na, Inés Agu­de­lo Res­tre­po, de Be­llo (An­tio­quia), con quien tu­vo seis hi­jos.

Inés di­go y mi bo­ca se con­vier­te en azú­car de man­za­na par­ti­da por la luz del ve­rano. De­cir es­ta pa­la­bra es co­mo adi­vi­nar que es­tá can­tan­do un pá­ja­ro en un ár­bol le­jano.

Re­bel­de, sen­si­ble, ca­ris­má­ti­co, se en­fren­tó al es­ta­ble­ci­mien­to con su poe­sía valerosa y con­tes­ta­ta­ria en esos años du­ros en que hom­bres, mu­je­res y ni­ños caían a dia­rio en cam­pos y ve­re­das de Co­lom­bia a ma­nos de los “pájaros y los chu­la­vi­tas” que ha­cían el tra­ba­jo sucio de los go­bier­nos con­ser­va­do­res de la épo­ca.

Cuan­do Jor­ge Elié­cer Gai­tán ca­yó ase­si­na­do el 9 de abril de 1948, el ré­gi­men re­cru­de­ció la re­pre­sión y el poe­ta plas­mó en sus poe­mas el testimonio

de­digno de aque­lla épo­ca som­bría y co­men­zó a in­vo­car la paz en to­nos y me­tros lí­ri­cos.

Su poe­ma Ca­mino de la pa­tria qui­zás es el más po­pu­lar:

Cuan­do se pue­da an­dar por las al­deas y los pue­blos sin án­gel de la guar­da. Cuan­do sean más cla­ros los ca­mi­nos y bri­llen más las vi­das que las ar­mas.

Cuan­do en el tri­go naz­can ama­po­las y na­die di­ga que la tie­rra san­gra.

Cuan­do la es­pa­da que usa la jus­ti­cia aun­que des­nu­da se con­ser­ve cas­ta Cuan­do re­yes y sier­vos jun­tos al fue­go, fue­go sean de amor y de es­pe­ran­za. Cuan­do de no­che gru­po de fu­si­les no des­pier­ten al hi­jo con su ha­bla. Cuan­do al mi­rar la ma­dre no se sien­ta do­lor en la mi­ra­da y en el al­ma…

Cuan­do la paz re­co­bre su pa­lo­ma y acu­dan los ve­ci­nos a mi­rar­la. Cuan­do el amor sa­cu­da las ca­de­nas y le nazca dos alas en la es­pal­da.

So­ló en aque­lla ho­ra po­drá el hom­bre de­cir que tie­ne pa­tria.

En 1951 viaja a Ber­lín Orien­tal a par­ti­ci­par en el III Fes­ti­val In­ter­na­cio­nal de la Paz, por ha­ber ga­na­do el Pre­mio de Poe­sía con­vo­ca­do por la Paz con su poe­ma Ple­ga­ria des­de Amé­ri­ca:

…fuer­za pa­ra creer en el

/ fu­tu­ro y pa­ra per­do­nar, mu­cha más

/ fuer­za, paz has­ta que se arru­guen los

/ cu­chi­llos y has­ta que cai­ga el odio paz, y paz, paz en el al­ma, paz en la mi­ra­da, y paz mil ve­ces, y mil ve­ces paz.

Re­gre­sa a Co­lom­bia y es ob­je­to de per­se­cu­cio­nes. De­ci­de exi­liar­se en Chi­le en 1953, don­de en­cuen­tra la mano fra­ter­na del poe­ta Pa­blo Ne­ru­da. Ese mis­mo año apa­re­ce Des­pier­ta

jo­ven Amé­ri­ca, pro­lo­ga­do por Ne­ru­da; “Pien­so que la poe­sía co­lom­bia­na des­pier­ta de un le­tar­go ado­ra­ble pe­ro mor­tal, es­te des­per­tar es co­mo un es­ca­lo­frío y se lla­ma Car­los Cas­tro Saa­ve­dra”. De re­gre­so pu­bli­ca Es­cri­to en el

in erno, so­bre vio­len­cia bi­par­ti­dis­ta de 40 y 50.

Es­cri­bo con la san­gre de los asesinatos. Mo­jo mi plu­ma en ro­jas hu­me­da­des. Vue­lo de los cu­chi­llos a los pe­chos, de las he­ri­das a los ce­men­te­rios. Pe­ro no me se­pul­to ni me en­tie­rro por­que yo soy la len­gua de los vi­vos y la voz de los muer­tos. Vi­ne a lla­mar las co­sas por su nom­bre a de­vol­ver­le a la pa­la­bra su cas­ca­ra de fru­ta y su pe­lle­jo hu­mano. Vi­ne a de­cir na­ran­ja sin tur­bar­me, es­cri­bir es­cor­pión sin es­con­der­me, a de­cir y a es­cri­bir re­vo­lu­ción con tin­ta ro­ja y con mi mano gran­de.

Pu­bli­ca nue­vos li­bros de poe­mas y an­to­lo­gías —Se­lec­ción poética

(1946-1954), El buque de los enamo­ra­dos, Hu­mo so­bre la es­ta, Los ríos na­ve­ga­dos, Co­sas ele­men­ta­les, Elo­gios

de los ofi­cios, To­da la vi­da es lu­nes, Obra se­lec­ta, El sol tra­ba­ja los do­min­gos, etc.—. Ade­más es­cri­be nu­me­ro­sos tex­tos pa­ra ni­ños, obras tea­tra­les, cuen­tos y una no­ve­la, Adán Ce­ni­za, la cual ob­tu­vo el Pri­mer Pre­mio en el Con­cur­so In­ter­na­cio­nal “Jor­ge Isaacs” en Ca­li (1982).

En 1987 pu­bli­có un her­mo­so li­bro ti­tu­la­do Oda a Co­lom­bia, en don­de se des­ta­ca el poe­ma “De ni­cio­nes de la paz”, que di­ce:

La paz es la ma­de­ra tra­ba­ja­da sin mie­do En la car­pin­te­ría y en el ase­rra­de­ro. Es el ne­gro que nun­ca se sien­te ame­na­za­do Por un her­mano blan­co, o por un día cla­ro. Es el pan de los unos y de los otros tam­bién, Y el de­re­cho a ga­nar­lo y a co­mer­lo des­pués. Es la ca­sa es­pa­cio­sa, mun­dial, co­mu­ni­ta­ria, Pa­ra alo­jar el cuer­po y re­fu­giar el al­ma. Es el ca­mino lleno de pa­sos y de via­jes Ha­cia los ho­ri­zon­tes que des­bor­dan las aves. Es el hom­bre que pue­de cul­ti­var es­pe­ran­zas Y al­can­zar las es­tre­llas más dul­ces y más al­tas. Es la pa­tria sin lí­mi­tes, la pa­tria uni­ver­sal Y la gran con­vi­ven­cia con la tie­rra y el mar. Es el sue­ño so­ña­do sin sed y sin zo­zo­bras, Las ale­grías lar­gas y las tris­te­zas cor­tas. Es Co­lom­bia sin ti­ros ni muer­tos en la es­pal­da, Cul­ti­van­do sus mon­tes y es­cri­bien­do una car­ta. Es Co­lom­bia de ba­rro, Co­lom­bia y mu­cho más: To­do el mun­do col­ma­do de luz y de li­ber­tad.

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