“Es la voz de una cam­pa­na que va mar­can­do la ho­ra”…

La Opinión - Imágenes - - Poesía - JO­SÉ ASUN­CIÓN SIL­VA

La luz va­ga... opa­co el día, la llo­viz­na cae y mo­ja con sus hi­los pe­ne­tran­tes la ciu­dad de­sier­ta y fría. Por el ai­re te­ne­bro­so ig­no­ra­da mano arro­ja un os­cu­ro ve­lo opa­co de le­tal me­lan­co­lía, y no hay na­die que, en lo ín­ti­mo, no se aquie­te y se re­co­ja al mi­rar las nie­blas gri­ses de la at­mós­fe­ra som­bría, y al oír en las al­tu­ras me­lan­có­li­cas y os­cu­ras los acen­tos de­ja­ti­vos y tris­tí­si­mos e in­cier­tos con que sue­nan las cam­pa­nas ¡las cam­pa­nas pla­ñi­de­ras que les ha­blan a los vi­vos de los muer­tos! ¡Y hay al­go an­gus­tio­so e in­cier­to que mez­cla a ese so­ni­do su so­ni­do, e inar­mó­ni­co vi­bra en el con­cier­to que al­zan los bron­ces al to­car a muer­to, por to­dos los que han si­do! Es la voz de una cam­pa­na que va mar­can­do la ho­ra, hoy lo mis­mo que ma­ña­na, rítmica, igual y so­no­ra, una cam­pa­na se que­ja, y la otra cam­pa­na llo­ra, ésa tie­ne voz de vie­ja, és­ta de ni­ña que ora. Las cam­pa­nas más gran­des, que dan un do­ble re­cio sue­nan con acen­to de mís­ti­co des­pre­cio, mas la cam­pa­na que da la ho­ra ríe, no llo­ra. Tie­ne en su tim­bre se­co su­ti­les iro­nías, su voz pa­re­ce que ha­bla de go­ces, de ale­grías, de pla­ce­res, de ci­tas, de fies­tas y de bai­les, de las preo­cu­pa­cio­nes que lle­nan nues­tros días, es una voz del si­glo en­tre un co­ro de frai­les, y con sus no­tas se ríe, es­cép­ti­ca y bur­la­do­ra, de la cam­pa­na que rue­ga de la cam­pa­na que im­plo­ra y de cuan­to aquel co­ro con­me­mo­ra, y es por­que con su re­tin­tín ella mi­dió el do­lor hu­mano y mar­có del do­lor el fin; por eso se ríe del gra­ve es­qui­lón que sue­na allá arri­ba con fú­ne­bre son, por eso in­te­rrum­pe los tris­tes con­cier­tos con que el bron­ce san­to llo­ra por los muer­tos... ¡No la oi­gáis, oh bron­ces! ¡no la oi­gáis, cam­pa­nas, Que, con la voz gra­ve de ese cla­mo­reo, ro­gáis por los se­res que duer­men aho­ra le­jos de la vi­da, li­bres del de­seo, le­jos de las ru­das ba­ta­llas hu­ma­nas! ¡Se­guid en el ai­re vues­tro bam­bo­leo, no la oi­gáis, cam­pa­nas! ¿Con­tra lo im­po­si­ble qué pue­de el de­seo? Allá arri­ba sue­na, rítmica y se­re­na, esa voz de oro y sin que lo im­pi­dan sus gra­ves her­ma­nas que re­zan en co­ro, la cam­pa­na del re­ló sue­na, sue­na, sue­na aho­ra y di­ce que ella mar­có con su vi­bra­ción so­no­ra de los ol­vi­dos la ho­ra, que des­pués de la ve­la­da, que pa­só ca­da di­fun­to, en una sa­la en­lu­ta­da y con la fa­mi­lia jun­to en do­lo­ro­sa ac­ti­tud mien­tras la luz de los ci­rios alum­bra­ba el ataúd y las co­ro­nas de li­rios, que des­pués de la tris­tu­ra de los gri­tos de do­lor, de las fra­ses de amar­gu­ra, del llan­to des­ga­rra­dor, mar­có ella mis­ma el mo­men­to en que con la lan­gui­dez del lu­to hu­yó el pen­sa­mien­to del muer­to, y el sen­ti­mien­to... seis me­ses más tar­de o diez... Y hoy, día de muer­tos, aho­ra que flo­ta, en las nie­blas gri­ses la me­lan­co­lía, en que la llo­viz­na cae, go­ta a go­ta, y con sus tris­te­zas los ner­vios em­bo­ta, y en­vuel­ve en un man­to de la ciu­dad som­bría, ella que ha me­di­do la ho­ra y el día en que, a ca­da ca­sa, lú­gu­bre y va­cía tras del lu­to bre­ve vol­vió la ale­gría; ella que ha mar­ca­do la ho­ra del bai­le en que, al año jus­to, un ves­ti­do aé­reo, es­tre­na la ni­ña, cu­ya ma­dre duer­me ol­vi­da­da y so­la, en el ce­men­te­rio sue­na in­di­fe­ren­te a la voz de frai­le del es­qui­lón gra­ve y a su can­to se­rio; ella que ha me­di­do la ho­ra pre­ci­sa, en que, a ca­da bo­ca, que el do­lor se­lla­ba, co­mo por en­can­to vol­vió la son­ri­sa, esa pre­cur­so­ra de la car­ca­ja­da, ella que ha mar­ca­do la ho­ra en que el viu­do ha­bló de sui­ci­dio y pi­dió el ar­sé­ni­co cuan­do aún en la al­co­ba, re­cién perfumada, flo­ta­ba el aro­ma del áci­do fé­ni­co y ha mar­ca­do lue­go la ho­ra en que, mu­do por las emo­cio­nes con que el go­ce ago­bia, pa­ra que lo unie­ran con sa­gra­do nu­do, a la mis­ma igle­sia fue con otra no­via; ¡ella no com­pren­de na­da del mis­te­rio de aque­llas que­jum­bres que pue­blan el ai­re, y lo ve en la vi­da to­do jo­co­se­rio y si­gue mar­can­do con el mis­mo mo­do el mis­mo en­tu­sias­mo y el mis­mo des­gai­re la hui­da del tiem­po que lo bo­rra to­do! Y eso es lo an­gus­tio­so y lo in­cier­to que flo­ta en el so­ni­do ésa es la no­ta iró­ni­ca que vi­bra en el con­cier­to que al­zan los bron­ces al to­car a muer­to. ¡Por to­dos los que han si­do! ésa es la voz fi­na y su­til, de vi­bra­cio­nes de cris­tal, que con acen­to ju­ve­nil in­di­fe­ren­te al bien y al mal, mi­de lo mis­mo la ho­ra vil, que la su­bli­me o la fatal y re­sue­na en las al­tu­ras, me­lan­có­li­cas y os­cu­ras sin te­ner en su ta­ñi­do cla­ro, rít­mi­co y so­no­ro, los acen­tos de­ja­ti­vos y tris­tí­si­mos e in­cier­tos de aquel mis­te­rio­so co­ro, con que rue­gan las cam­pa­nas, las cam­pa­nas, ¡las cam­pa­nas pla­ñi­de­ras que les ha­blan a los vi­vos de los muer­tos!

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