Poe­mas de Ra­fael Ca­de­nas

La Opinión - Imágenes - - Poesía -

Ra­fael Ca­de­nas na­ció en Lara, Ve­ne­zue­la, en el año 1930 y es uno de los au­to­res más re­pre­sen­ta­ti­vos del gru­po poé­ti­co Ta­bla Re­don­da. Ca­be men­cio­nar que su poe­ma “De­rro­ta” fue to­ma­do co­mo re­fe­ren­cia en la poe­sía ve­ne­zo­la­na de los años 60, por ma­ni­fes­tar una sen­sa­ción de so­le­dad y des­am­pa­ro an­te una reali­dad cruel e in­com­pren­si­va.

DE­RRO­TA

Yo que no he te­ni­do nun­ca un ofi­cio que an­te todo com­pe­ti­dor me he sen­ti­do dé­bil que per­dí los me­jo­res tí­tu­los pa­ra la vi­da que ape­nas lle­go a un si­tio ya quie­ro ir­me (cre­yen­do que mu­dar­me es una so­lu­ción) que he si­do ne­ga­do an­ti­ci­pa­da­men­te y es­car­ne­ci­do por los más ap­tos que me arri­mo a las pa­re­des pa­ra no caer del todo que soy ob­je­to de ri­sa pa­ra mí mis­mo que creí que mi pa­dre era eterno que he si­do hu­mi­lla­do por pro­fe­so­res de li­te­ra­tu­ra que un día pre­gun­té en qué po­día ayu­dar y la res­pues­ta fue una ri­so­ta­da que no po­dré nun­ca for­mar un ho­gar, ni ser bri­llan­te, ni triun­far en la vi­da que he si­do aban­do­na­do por mu­chas per­so­nas por­que ca­si no ha­blo que ten­go ver­güen­za por ac­tos que no he co­me­ti­do que po­co me ha fal­ta­do pa­ra echar a co­rrer por la ca­lle que he per­di­do un cen­tro que nun­ca tu­ve que me he vuel­to el haz­me­rreír de mu­cha gen­te por vi­vir en el lim­bo que no en­con­tré nun­ca quien me so­por­te que fui pre­te­ri­do en aras de per­so­nas más mi­se­ra­bles que yo que se­gui­ré to­da la vi­da así y que el año en­tran­te se­ré mu­chas ve­ces más bur­la­do en mi ri­dí­cu­la am­bi­ción que es­toy can­sa­do de re­ci­bir con­se­jos de otros más ale­tar­ga­dos que yo (“Ud. es muy que­da­do, avís­pe­se, des­pier­te”) que nun­ca po­dré via­jar a la In­dia que he re­ci­bi­do fa­vo­res sin dar na­da a cam­bio que an­do por la ciu­dad de un la­do a otro co­mo una plu­ma que me de­jo lle­var por los otros que no ten­go per­so­na­li­dad ni quie­ro te­ner­la que todo el día ta­po mi re­be­lión que no me he ido a las gue­rri­llas que no he he­cho na­da por mi pue­blo que me de­ses­pe­ro por to­das es­tas co­sas y por otras cu­ya enu­me­ra­ción se­ría in­ter­mi­na­ble que no pue­do sa­lir de mi pri­sión que he si­do da­do de ba­ja en to­das par­tes por inú­til que en reali­dad no he po­di­do ca­sar­me ni ir a Pa­rís ni te­ner un día se­reno que me nie­go a re­co­no­cer los he­chos que siem­pre ba­beo so­bre mi his­to­ria que soy im­bé­cil y más que im­bé­cil de na­ci­mien­to que per­dí el hi­lo del dis­cur­so que se eje­cu­ta­ba en mí y no he po­di­do en­con­trar­lo que no llo­ro cuan­do sien­to de­seos de ha­cer­lo que lle­go tar­de a todo que he si­do arrui­na­do por tan­tas mar­chas y con­tra­mar­chas que an­sío la in­mo­vi­li­dad per­fec­ta y la pri­sa im­pe­ca­ble que no soy lo que soy ni lo que no soy que a pe­sar de todo ten­go un or­gu­llo sa­tá­ni­co aun­que a cier­tas ho­ras ha­ya si­do hu­mil­de has­ta igua­lar­me a las pie­dras que he vi­vi­do quin­ce años en el mis­mo círcu­lo que me creí pre­des­ti­na­do pa­ra al­go fue­ra de lo co­mún y na­da he lo­gra­do que nun­ca usa­ré cor­ba­ta que no en­cuen­tro mi cuer­po que he per­ci­bi­do por re­lám­pa­gos mi fal­se­dad y no he po­di­do de­rri­bar­me, ba­rrer todo y crear de mi in­do­len­cia, mi flo­ta­ción, mi ex­tra­vío, una fres­cu­ra nue­va, y obs­ti­na­da­men­te me sui­ci­do al al­can­ce de la mano me le­van­ta­ré del sue­lo más ri­dícu­lo to­da­vía pa­ra se­guir bur­lán­do­me de los otros y de mí has­ta el día del jui­cio fi­nal.

NUE­VO MUNDO

He que­ma­do las fór­mu­las. De­jé de ha­cer exor­cis­mos. Le­jos, le­jos que­da el an­ti­guo po­der, mi le­ga­do. Há­li­to de fo­ga­ta en mis na­ri­ces, mi idio­ma de­sin­te­gra­do, la som­bra to­da­vía hú­me­da de un sor­ti­le­gio. Co­mo ve­na de agua en la os­cu­ri­dad otra vi­da avan­za. Todo el arra­sa­mien­to ha si­do pa­ra des­pla­zar­me, pa­ra vi­vir en otra ar­ti­cu­la­ción.

El ama­ne­cer no me de­vuel­ve el amu­le­to per­di­do. Des­de una pla­ya un an­ciano ha­ce se­ña­les. Tra­to de re­gre­sar a los po­zos, pe­ro no sé el ca­mino.

En­tra mi som­bra Trae una ser­pien­te, un bú­fa­lo, una mu­jer, una ca­sa, un mue­lle. In­to­xi­ca­ción de co­bres sal­va­jes. Avan­za, avan­za. Dro­ga. Se apo­de­ra de lo que mi­ro. Va mar­can­do aquí y allá, todo. Lue­go hu­ye pa­ra unir­se a un ani­mal.

Se pier­de en­tre las ho­jas co­mo un ave.

Me­mo­ria que sa­le a bus­car co­sas hui­di­zas. Po­se­sio­nes que per­te­ne­cen me­nos a su due­ño que al ai­re. Eso que un co­fre de ma­de­ra quie­re pro­te­ger no na­ció pa­ra las pa­la­bras. Só­lo yo me em­pe­ño en qui­tár­se­lo a los ojos.

¿Qué len­gua trae­rá los te­so­ros sin to­car­los? Al fon­do un rey en­fer­mo me ve par­tir. Yo le en­tre­go un es­tu­che con un ru­bí an­sio­so.

Voy, abrién­do­me pa­so por en­tre la as­pe­re­za, al lu­gar don­de es­tá guar­da­do mi re­tra­to fu­tu­ro.

Un fue­go re­mo­to me sos­tie­ne. De su au­ra ro­ja to­mo mis prés­ta­mos. Pa­sa­di­zo ha­cia la in­can­des­cen­cia, no ad­mi­tes pla­zos.

Or­gía ve­ge­tal. Una mu­jer des­nu­da se acues­ta ba­jo la llu­via. Tex­tu­ras don­de una au­sen­cia se mi­ra. Ca­ver­na olo­ro­sa, con­dú­ce­me.

Lé­ga­mos ja­más re­cu­pe­ra­dos. De re­pen­te un ro­ce. El uni­ver­so de la piel. El hi­lo ex­tra­via­do en el viaje. Es­toy ba­ña­do por lo que vi­ve, por lo que mue­re. Ca­da día es el pri­mer día, ca­da no­che la pri­me­ra no­che, y yo, yo tam­bién soy el pri­mer ha­bi­tan­te.

ARS POÉ­TI­CA

Que ca­da pa­la­bra lle­ve lo que di­ce. Que sea co­mo el tem­blor que la sos­tie­ne. Que se man­ten­ga co­mo un la­ti­do. No he de pro­fe­rir ador­na­da fal­se­dad ni po­ner tin­ta du­do­sa ni aña­dir bri­llos a lo que es. Es­to me obli­ga a oír­me. Pe­ro es­ta­mos aquí pa­ra de­cir ver­dad. Sea­mos reales. Quie­ro exac­ti­tu­des ate­rra­do­ras. Tiem­blo cuan­do creo que me fal­si­fi­co. De­bo lle­var en pe­so mis pa­la­bras. Me po­seen tan­to co­mo yo a ellas.

Si no veo bien, di­me tú, tú que me co­no­ces, mi men­ti­ra, se­ñá­la­me la im­pos­tu­ra, res­trié­ga­me la es­ta­fa. Te lo agra­de­ce­ré, en se­rio. En­lo­quez­co por co­rres­pon­der­me. Sé mi ojo, es­pé­ra­me en la no­che y di­ví­sa­me, es­crú­ta­me, sa­cú­de­me.

TE­MOR

Al­guien cie­rra una puer­ta a un hom­bre que en­mu­de­ce, se mi­ra en su cel­da de un so­lo res­pi­ra­de­ro y du­da de que él mis­mo exis­ta. Al­gu­nas ve­ces, por ins­tan­tes, es sa­ca­do a ver sol, pe­ro vuel­ve por sus pro­pios pa­sos a su si­tio. Allí al me­nos sa­be que su­fre.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia

© PressReader. All rights reserved.