En­tre sus ojos ce­rra­dos la eter­ni­dad se vuel­ve ins­tan­te de oro

Jo­sé Emi­lio Pa­che­co na­ció en Ciu­dad de Mé­xi­co el 30 de ju­nio de 1939. Es­tu­dió en La Uni­ver­si­dad Na­cio­nal Au­tó­no­ma de Mé­xi­co. Di­ri­gió el su­ple­men­to de la re­vis­ta Es­ta­cio­nes; fue se­cre­ta­rio de re­dac­ción de la Re­vis­ta de la Uni­ver­si­dad de Mé­xi­co.

La Opinión - Imágenes - - Poesía - Jo­sé Emi­lio Pa­che­co

GOTA DE LLU­VIA

Una gota de llu­via tem­bla­ba en la en­re­da­de­ra. To­da la no­che es­ta­ba en esa hu­me­dad som­bría que de re­pen­te ilu­mi­nó la luna.

INDESEABLE

No me de­ja pa­sar el guar­dia. He tras­pa­sa­do el lí­mi­te de edad. Pro­ven­go de un país que ya no exis­te. Mis pa­pe­les no es­tán en or­den. Me fal­ta un se­llo. Ne­ce­si­to otra fir­ma. No ha­blo el idio­ma. No ten­go cuen­ta en el ban­co. Re­pro­bé el exa­men de ad­mi­sión. Can­ce­la­ron mi pues­to en la gran fá­bri­ca. Me des­em­plea­ron hoy y pa­ra siem­pre. Ca­rez­co por com­ple­to de in­fluen­cias. Lle­vo aquí en es­te mun­do lar­go tiem­po. Y nues­tros amos di­cen que ya es ho­ra de ca­llar­me y hun­dir­me en la ba­su­ra.

LAS FLO­RES DEL MAR

A LA ME­MO­RIA DE JAI­ME GAR­CÍA TERRÉS Dan­za so­bre las olas, vue­lo flo­tan­te, duc­ti­li­dad, per­fec­ción, acor­de ab­so­lu­to con el rit­mo de las ma­reas, la in­son­da­ble mú­si­ca que na­ce allá en el fon­do y es re­te­ni­da en el san­tua­rio de las ca­ra­co­las. La me­du­sa no ocul­ta na­da, más bien des­plie­ga su di­cha de es­tar vi­va por un ins­tan­te. Pa­re­ce la dis­po­ni­ble, la aco­ge­do­ra que só­lo bus­ca la fe­cun­da­ción, no el pla­cer ni el fa­mo­so amor, pa­ra sen­tir: Ya cum­plí, ya ha pa­sa­do to­do. Pue­do mo­rir tran­qui­la en la are­na don­de me arro­ja­rán las olas que no per­do­nan. Me­du­sa, flor del mar. La com­pa­ran con la que pe­tri­fi­ca a quien se atre­ve a mi­rar­la. Me­du­sa blan­ca co­mo la X’Ta­bay de los ma­yas y la Des­co­no­ci­da que sa­le al pa­so y ace­cha des­de el Ecle­sias­tés al po­bre de­seo. Flo­res del mar y el mal las Me­du­sas. Cuan­do eres ni­ño te ad­vier­ten: Li­mí­ta­te a con­tem­plar­las. Si las to­cas, las es­pec­tra­les te de­ja­rán su que­ma­du­ra, la mar­ca a fue­go, el es­tig­ma de quien co­di­cia lo prohi­bi­do. Qui­zá di­jis­te en si­len­cio: ÂP­re­ten­do asir la ma­rea, aca­ri­ciar lo im­po­si­ble. Nun­ca lo ha­rás: las me­du­sas no son de na­die ce­les­tial o terrestre. Son de la mar que no es ni mu­jer ni pró­ji­mo. Son pe­ces de la na­da, plan­tas del vien­to, qui­zá es­pe­jis­mos, ga­sas de es­pu­ma pon­zo­ño­sa En Ve­ra­cruz las lla­man aguas ma­las.

LLU­VIA DE SOL

La mu­cha­cha des­nu­da to­ma el sol ape­nas cu­bier­ta por la pre­sen­cia de las fron­das. Abre su cuer­po al sol que en llu­via de fue­go la lle­na de luz. En­tre sus ojos ce­rra­dos la eter­ni­dad se vuel­ve ins­tan­te de oro. La luz na­ció pa­ra que el res­plan­dor de es­te cuer­po le die­ra vi­da. Un día más so­bre­vi­ve la tie­rra gra­cias a ella que sin sa­ber­lo es el sol en­tre el ru­mor de las fron­das.

PRE­SEN­CIA

¿Qué va a que­dar de mí cuan­do me mue­ra sino es­ta lla­ve ile­sa de ago­nía, es­tas po­cas pa­la­bras con que el día, de­jó ce­ni­zas de su som­bra fie­ra? ¿Qué va a que­dar de mí cuan­do me hie­ra esa da­ga fi­nal? Aca­so mía se­rá la no­che fú­ne­bre y va­cía que vuel­va a ser de pron­to pri­ma­ve­ra. No que­da­rá el tra­ba­jo, ni la pe­na de creer y de amar. El tiem­po abier­to, se­me­jan­te a los ma­res y al de­sier­to, ha de bo­rrar de la con­fu­sa are­na to­do lo que me sal­va o en­ca­de­na. Más si al­guien vi­ve yo es­ta­ré des­pier­to.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia

© PressReader. All rights reserved.