La his­to­ria de la muñeca vie­ja

La Opinión - Mundo Infantil - - Tema Central -

Di­cen que es­ta his­to­ria es real; lée­la acom­pa­ña­do por tus pa­dres, o en la no­che de Ha­llo­ween, con tus ami­gos; nos cuen­ta so­bre Lucy, una ni­ña de 11 años, lin­da, ca­ri­ño­sa y que le en­can­ta­ba ju­gar con sus mu­ñe­cas.

El día de su cumpleaños, sus pa­dres in­vi­ta­ron al­gu­nos de sus ami­gui­tos, y Lucy re­ci­bió mu­chos re­ga­los; dis­fru­tó su fies­ta, le can­ta­ron el cumpleaños fe­liz, y apa­gó las 11 ve­li­tas.

Cuan­do se fue­ron los in­vi­ta­dos, el pa­dre de la ni­ña en­con­tró en la puer­ta de la ca­sa un pa­que­te en­vuel­to en pa­pel de re­ga­lo, con una tar­je­ti­ca don­de de­cía que era pa­ra la cum­plea­ñe­ra, pe­ro no de­cía quién lo en­via­ba. En to­do ca­so se lo en­tre­gó, y Lucy em­pe­zó a desen­vol­ver­lo; cual no se­ría la sor­pre­sa de to­dos al en­con­trar una muñeca ho­rro­ro­sa, vie­ja y su­cia; su piel era gris, cal­va y con dien­tes afi­la­dos, muy gran­des pa­ra su bo­ca; ¿Quién ha­bría en­via­do ese pa­que­te? ¿Se­ría una bro­ma?

Lucy se im­pre­sio­nó, guar­dó sus re­ga­los, es­con­dió la muñeca en lo más pro­fun­do de su ar­ma­rio, y se acos­tó a dor­mir. Pe­ro no pu­do; a me­dia no­che sin­tió pa­sos en el pri­mer pi­so de la ca­sa, y una voz que le de­cía que es­ta­ba su­bien­do por el pri­mer es­ca­lón de la es­ca­le­ra.

Ate­rro­ri­za­da la ni­ña lla­mó a sus pa­dres y les con­tó, igual que a sus com­pa­ñe­ros de cla­se, pe­ro na­die le cre­yó; ¡To­dos pen­sa­ron que ha­bía te­ni­do una pe­sa­di­lla...! La se­gun­da no­che fue peor; los pa­sos y ri­sas si­nies­tras se es­cu­cha­ban por to­da la plan­ta ba­ja de la ca­sa, y nue­va­men­te la mis­ma voz de la no­che an­te­rior, que es­ta vez le de­cía que es­ta­ba en el quin­to es­ca­lón, y que ya se es­ta­ba acer­can­do a ella.

¡Lucy es­ta­ba ate­rra­da! Sen­tía que la pre­sen­cia in­vi­si­ble es­ta­ba jun­to a ella… A la ma­ña­na si­guien­te, el cuer­po de la ni­ña fue en­con­tra­do sin vi­da, con la ho­rri­ble muñeca en sus ma­nos. Sus pa­dres pen­sa­ron que amó mu­cho a su muñeca, y con un gran dolor, las en­te­rra­ron jun­tas.

Co­lo­rín co­lo­ra­do, ¡es­te cuen­to se ha aca­ba­do!, ¡No re­ci­bas pa­que­tes ex­tra­ños, ni de ex­tra­ños!

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