“1, 2, 3... por mí”

La Opinión - - Editorial -

El ser hu­mano ase­gu­ra la fuer­za de la exis­ten­cia se­gún la mag­ni­tud que dé a su in­ti­mi­dad.

Sus pen­sa­mien­tos, si sur­gen li­bres, vuel­ven pro­fun­dos, se de­jan guiar por los ve­ri­cue­tos de la ima­gi­na­ción – co­mo las ma­ri­po­sas - pa­ra com­po­ner un pai­sa­je nue­vo, pro­pio, se­cre­to, en el cual los es­pa­cios y los tiem­pos ad­quie­ren ri­tua­les de fan­ta­sía.

Una ma­dru­ga­da, por ejem­plo, cuan­do voy a re­co­ger La Opi­nión, pue­do pre­sen­tir que las som­bras de los se­res que­ri­dos ca­mi­nan bon­da­do­sos a mi la­do o que, aun, hay un eco tierno de las vo­ces de los ni­ños que con­ta­ron los nú­me­ros en la tar­de, en el par­que, pa­ra ju­gar a las es­con­di­das “1,2,3… por mí”.

Otra, que ba­jo la bó­ve­da de los ár­bo­les que aún cre­cen, hay es­ca­las de sue­ños fá­ci­les de tre­par con una mi­ra­da pu­ra, una can­ción, o con la luz que bro­te de la ri­sa más bo­ni­ta que se re­cuer­de. Más allá, en un cre­púscu­lo, se di­bu­jan en arre­bo­les los co­lo­res de la ilu­sión, crean un sue­ño a don­de van los duen­des y se ges­tan las me­tá­fo­ras, pa­ra cir­cun­dar los pa­sos de la o en el si­len­cio de los vie­jos, con acor­des gra­tos a los pál­pi­tos del co­ra­zón, en es­pe­ran­za.

A la ori­lla del pai­sa­je, o de­trás, se aga­za­pan el sol y la lu­na pa­ra la ma­ri­so­la o pa­ra des­per­tar en el can­to mo­nó­lo­go fres­co con la nos­tal­gia.

En­ton­ces uno se apa­ci­gua, cre­cen ins­tan­tes má­gi­cos en un fon­do de co­lo­res azules, mez­cla­dos en el al­ma pa­ra es­cul­pir la se­re­ni­dad: la vi­da pa­sa me­jor así, o de­trás, se aga­za­pan el sol y la lu­na.

JUAN PA­BÓN HER­NÁN­DEZ. CO­LUM­NIS­TA

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