Semana (Colombia) - Especial : 2019-12-01

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Voces San José de Cúcuta arrancó allá, con la Constituci­ón de 1921 que dio vida a la Gran Colombia (Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá), y que fue promulgada en la Villa del Rosario. Parece, entonces, que Bolívar y Santander –por lo menos en ese momento–, creían en una nación grande, fuerte, diversa, que se levantara ante los ojos del mundo. Y Cúcuta, a unos pasos de la frontera con Venezuela, acogió ese ideal. Un cucuteño y un venezolano, mirando al porvenir. Por eso tiene todo el sentido lo que está haciendo la ciudad para acoger la diáspora de venezolano­s. Cúcuta, hermana de San Antonio y de Ureña. La última vez que fui a la Feria del Libro estuve dichoso. Sobre todo por ellos, por los cucuteños, y por la luz. El día era claro, el aire tibio, delgadito, y yo miraba los brazos de las mujeres, sus pies adornados con sandalias, sus ojos negros. Estuve en la Biblioteca Julio Pérez y en el bellísimo Centro Cultural Quinta Teresa, en cuyo patio estaban las tiendas, los tenderetes con ríos de libros. Lo que ha hecho Cúcuta en la última década, en materia de desarrollo, no es fácil de imitar. Vías, puentes, colegios, hospitales, iniciativa­s culturales, proyectos sociales. Hay que ver los índices que miden el crecimient­o, para entender lo que ha logrado. Como ninguna otra ciudad colombiana, Cúcuta ha hecho el esfuerzo monumental de recibir a los que vienen, lastimados, desde el otro lado de la frontera. Eso le ha costado a la ciudad, la ha apremiado y exigido. Claro que sí. Hay que tener el pasado que ellos tienen y la fuerza de la raza que se formó a partir de chitareros y motilones. Se necesita el temple de los cucuteños. Un conocido escritor relata su experienci­a en la ciudad iluminada de la frontera, capaz hoy no solo de acoger a los que vienen lastimados, desde el otro lado, sino de forjar en ellos un futuro promisorio. E l presidente Barco era de Cúcuta. Lo tengo por un estadista verdadero, un tipo serio, decente, agudo, aterrizado. Siempre lo admiré. Tenía, además, un gran sentido del humor. Es de mis cucuteños favoritos. Junto con James, goleador de una Copa del Mundo. Y Jossimar, con tres medallas de oro en unos Panamerica­nos. Y Fabiola Zuluaga, a quien vi con admiración –y un poco de enamoramie­nto– jugar la semifinal del Abierto de Australia en 2004, contra la número uno del mundo. La aviación colombiana arrancó allá. El general Camilo Daza fue el primer colombiano en pilotear un avión, en 1919. Y en buena medida, la vida republican­a colombiana también Gonzalo Mallarino Escritor 114