Semana (Colombia) - Especial : 2019-12-01

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Crónica Para poder estudiar, miles de niños venezolano­s deben vivir la odisea diaria de cruzar la desapacibl­e frontera entre Venezuela y Colombia, en busca de una educación más digna que la que ahora ofrecen en su país. ivide y reinarás” anuncia una de las frases más repetidas desde que se le atribuyera su origen a Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, y también al emperador romano Julio César. Una sentencia que desde la antigüedad dio prestigio a una estrategia política y militar basada en la división, y en la que cerrar una frontera forma parte del abanico de maniobras que hacen posible el reino de uno a cambio de la separación de miles. Y es en ese contexto donde se puede entender el cansancio diario de los niños venezolano­s que llegan antes del amanecer al puente Francisco de Paula Santander, una de las tres conexiones terrestres que hay entre Cúcuta y Venezuela. Vienen de recorrer cerca de dos kilómetros desde Ureña, primer pueblo en territorio venezolano, famoso en los años de apogeo por las piscinas de aguas calientes y por el ‘Duty Free Americas’. Hoy, de lo que era el templo de la mercancía barata ya no quedan sino letreros carcomidos por el óxido y solo le sacan provecho los vendedores que, en horas de sol, descansan a la sombra que proyectan sus muros. Para los niños, la abandonada tienda funciona como indicador de que están a escasos metros de pasar la frontera. Para ellos, Colombia representa un transporte hacia una educación más digna de la que ahora ofrecen en su país. Hasta febrero de este año, los buses podían entrar a territorio venezolano, pero la situación cambió cuando a finales de ese mes varios camiones con ayuda humanitari­a fueron incinerado­s, en el que fue uno de los momentos de tensión más álgidos en medio de la crisis. El presidente venezolano, Nicolás Maduro, dio entonces la orden de cerrar la frontera y hoy el espacio al que llegaban los buses lo ocupa un contenedor al que le pintaron una bandera de Venezuela. Bajo las ocho estrellas que brillan en ese símbolo aparecen los primeros niños. Su llegada anuncia la cercanía de las cinco de la mañana en el reloj. Previos al alba, tres momentos rompen el silencio: el cauce del río Táchira, los pasos de los niños y el jadeo de los que llegan corriendo. Actualment­e, más de 9.200 niños venezolano­s estudian en diferentes colegios de Cúcuta. Cada mañana, Dolca Ochoa acompaña a su hija Esther hasta el puente para que tome el bus al colegio en Cúcuta. “Es que cuando llegamos rápido agarramos el primer puesto de la fila para entrar al bus”, Fredy Nieto explica uno Periodista 71