Semana (Colombia) - Especial : 2019-12-01

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Crónica de ellos, mientras se aleja. Los que vienen en grupo pasan comentando sobre el plano cartesiano o la tarea de la célula. Padres con sus hijos de la mano y adultos que llegan a trabajar a Cúcuta completan la población que ingresa. De los más de 9.200 niños venezolano­s que en este momento estudian en diferentes colegios de Cúcuta, un total de 2.023 hacen parte de ese ‘corredor humanitari­o’ educativo, llamado así porque además del transporte, la alimentaci­ón escolar viene de la mano del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el cual entrega 7.800 componente­s alimentari­os dirigidos exclusivam­ente a los niños y niñas venezolano­s. Con 700 estudiante­s, el colegio Misael Pastrana Borrero es la institució­n que más alumnos de Venezuela ha recibido y es ejemplo de integració­n porque el personero, Jean Franco Rodríguez, es venezolano. De a poco, el rector Pablo Silva ha ido desmantela­ndo diferentes talleres para convertirl­os en salones de clase, y así poder recibir más estudiante­s. Dice que no les piden ni un peso a los niños: Por el puente Francisco de Paula Santander, cruzan los niños rumbo a sus clases. me subo al bus y voy al colegio”, dice. Podría ser un libreto calcado para describir la mañana de los niños que llegan a Cúcuta para estudiar, pero este es exclusivo de una lectora voraz a la que su mamá le arma un par de trenzas con el mismo esmero cada mañana. Dolca Ochoa se levanta a las tres de la mañana para dejar lista la comida del día y tener tiempo de alistar a Esther. Su hija cerró el año escolar con 35 libros leídos y un promedio de 4,69 sobre 5. Ocupó el segundo lugar en su curso solo por detrás de otro niño venezolano. “Solo les exigimos excelencia académica y da la casualidad que el estudiante venezolano promedio es bueno”, señala. “En la casa teníamos 15 libros y se los tragó enteros, y después empezamos a sacarlos de la biblioteca. Los otros, el papá se los ha tenido que comprar porque ella se los pide”, Regreso bajo el sol No es grande. En una cartulina rosada que lleva por título ‘Mejores lectores’. El cuadro de honor de la profesora Ludy Meneses lo conforma un libro abierto en miniatura pintado junto con el nombre de cada estudiante. Por cada libro que uno de ellos lee, Meneses se encarga de actualizar­lo como quien agrega una unidad más en la línea de un ábaco. Y nadie en esta aula del colegio Misael Pastrana ha leído más que Esther, una niña perspicaz, empática y valiente. explica la madre mientras espera el bus que trae a su hija. El recorrido de vuelta es al mediodía. En la frontera hace una temperatur­a de 32 grados centígrado­s bajo un cielo tan impoluto que casi se siente la combustión del sol. A esa hora, el comercio lo monopoliza­n los vendedores de agua y los ‘rastriller­os’, que se encargan de transporta­r los equipajes y paquetes pesados. Incluso llevan maquinaria por debajo del puente a través del río Táchira. Esther mira por la baranda y dice que reconoce el camino de una de las 280 trochas que cruzan ese río. asegura. En los momentos más agudos de tensión diplomátic­a entre ambos países, bastaba con una frase certera de uno de los dos presidente­s para cerrar la frontera. Tal vez sin dimensiona­r lo que eso implica para grupos de personas como Esther y su mamá. “Me sé el trayecto de memoria”, “Soy venezolana y me despierto a las cuatro de la mañana. Me baño, me visto, desayuno y mi mamá me lleva al puente y yo lo cruzo. Después 72