Semana (Colombia) - Especial : 2019-12-01

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Crónica “Debíamos hacer todo con anticipaci­ón, porque por la trocha es una hora más de recorrido”, vereda del barrio Villa Camila, a ocho kilómetros de Ureña. Las tardes pasan para Esther entre libros y compromiso­s escolares. Solo la angustia el servicio de internet, nulo en zonas rurales como en la que vive. Para eso tiene a Jorge, su hermano mayor de 24 años, quien después de estudiar en el Sena encontró trabajo como auxiliar de cocina en el Gran Casino de Cúcuta. Desde su casa, él revisa los mensajes que su hermana le envía: todos son preguntas que él consulta y le comparte las respuestas vía Whatsapp. precisa Ochoa. La luz de un celular quedaba corta para iluminar los obstáculos y era apenas normal que Esther llegara a tomar la primera clase de las siete de la mañana con algún roto en la falda o en las medias, o con un rasguño en su piel. Eso sin contar con el riesgo que implica saltar por las piedras del río y, de vez en cuando, mojar el uniforme por algún paso en falso. La determinac­ión en la cara de Esther solo se descifra con la fuerza de sus respuestas. Escanee este código con su ‘smartphone’ para ver la travesía de los niños venezolano­s que cruzan la frontera “Quiero llegar a ser una persona importante para ayudar a los demás”, Marcelino, pan y vino, “porque trata de lo que está viviendo Venezuela: Marcelino es un niño al que lo abandonan al frente de la casa de unos monjes, como pasa con los bebés que dejan al frente de las casas. Un día, el niño va a un lugar prohibido donde está un Jesús crucificad­o y le pide que lo lleve con la mamá… y muere”. señala. Y dice que su libro preferido es del escritor español José María Sánchez, “Todo el mundo piensa que es mi hija porque estoy muy pendiente de ella Creo que es una forma de mostrarle que la unión familiar es la fortaleza para sus sueños”. –confiesa–. Los estudiante­s llegan hasta los colegios de Cúcuta en los buses dispuestos por la alcaldía municipal. La herencia de Esther A pocos meses del nuevo año escolar, Esther está nerviosa porque su hermano le ha dicho que el bachillera­to es una jungla, pero su mamá insiste en recordarle que debe esforzarse el doble si en realidad quiere estudiar medicina, algo que tuvo claro desde los 8 años, aunque apenas con 4 pedía batas, estetoscop­ios y termómetro­s como regalos para Navidad. El camino de ambas atraviesa Ureña hasta la plaza central y de ahí hasta la cancha donde están los mototaxis. En ese pueblo fronterizo circula desde hace poco la moneda de Colombia y 2.000 pesos colombiano­s por cada una es el precio por llevarlas hasta La Mulata, una “Ha estado acongojada, porque ella es consciente de que la carrera es cara. Pero sabemos que una beca no es imposible porque en Colombia hay varias opciones”, La herencia de Ester, advierte. En novela del escritor húngaro Sándor Márai, la protagonis­ta recibe la visita de Lajos, un seductor sin escrúpulos que destruye a su familia y les quita todo. Los críticos reseñan la obra como una historia sobre la inevitabil­idad del destino. Puede que el camino de los niños venezolano­s educados en Colombia esté marcado por las dificultad­es, pero vidas como la de Esther abren una senda hacia otro destino ineludible: una joven de 17 años que, en noviembre de 2025, sostiene un diploma en las manos. Muy pesado, porque sabe cuánto le costó. 73