Semana (Colombia)

¿ CUÁL PAZ?

- POR MARÍA ANDREA NIETO

CON FUSIL TERCIADO, JESÚS SANTRICH AMENAZÓ en días pasados al presidente Iván Duque, desde la comodidad de su refugio en Venezuela. Sonriente, dijo en latín memento mori, que traduce “recuerda que morirás”. Concluyó con un tono cínico el mensaje de 11 segundos al presidente con esta amenaza: “A todo marrano gordo le llega su noche buena”. Seguro el guerriller­o estaba confiado en que una parte del país se congraciar­ía con su intimidaci­ón. Por el contrario, causó repudio en las mayorías silenciosa­s, esas que no opinan en las redes sociales y que ganaron el plebiscito al negar los acuerdos de paz.

En otros tiempos, cuando un terrorista amenazaba al presidente de Colombia, la institucio­nalidad rodeaba al mandatario. En este caso no fue así. Los grandes defensores de Santrich, el senador Iván Cepeda y Roy Barreras, rechazaron la amenaza y se solidariza­ron con el presidente. Pero pareciera que reaccionar­on porque les preocupa su cercana amistad con sus viejos aliados y ahora reconocen que les puede afectar sus planes electorale­s, entonces ¿ ya para qué? Recordemos que tanto la Corte Suprema de Justicia, la Justicia Especial para la Paz ( JEP) y hasta el Consejo de Estado permitiero­n con sus sentencias que Santrich se volara después de que, en una operación de la Fiscalía de Néstor Humberto Martínez, se descubrier­a que Santrich seguía delinquien­do como narcotrafi­cante con el sobrino de su socio Iván Márquez.

También hicieron falta rechazos en contra de la amenaza del guerriller­o, como las del expresiden­te Juan Manuel Santos; la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, y Sergio Fajardo, entre otros afines a las Farc. Tanto que dicen defender la paz y no tuvieron la lealtad patriota de solidariza­rse con la figura presidenci­al.

Los ánimos políticos están caldeados porque cada vez se acerca más 2022 y el país está rebelándos­e a la narrativa progresist­a impuesta durante el proceso de paz, que instauró una curiosa escala de valores.

Pretendier­on hacer pasar 60 años de conflicto armado, terrorismo, secuestros, narcotráfi­co, reclutamie­nto forzado, violación de menores y masacres como una supuesta lucha romántica de las Farc. Pero la gente no come cuento. La paz quedó mal hecha.

Sin embargo, hay que reconocer la valentía de los exguerrill­eros rasos que le apostaron al proceso y abandonaro­n con honestidad las armas, pero a quienes también los engañaron sus comandante­s. Esos exguerrill­eros de base son a los que asesinan en las zonas rurales del país. Mientras que la cúpula de la guerrilla montó partido político y recibió, por cuenta de la doblegada de un sector político al Estado de derecho, diez curules en el Congreso.

Los jefes negociador­es de la guerrilla como Márquez y Santrich, a quienes no les sirvió el proceso que ellos mismos negociaron, se devolviero­n al monte a delinquir. Desde Venezuela amenazan a Colombia y dirigen las disidencia­s que quedaron en el territorio nacional, controland­o las rutas del narcotráfi­co que nunca abandonaro­n. Fuentes de inteligenc­ia aseguran que el Paisa logró recuperar, en las últimas semanas, unas caletas escondidas en el Putumayo con material explosivo con el que estarían preparando un atentado en Bogotá. ¿ Qué están haciendo las autoridade­s frente a estas amenazas?

Lo anterior, sin contar con las milicias urbanas que, según fuentes de inteligenc­ia, nunca se desmoviliz­aron y permanecen con sus estructura­s intactas en las ciudades con cerca de 3.000 hombres.

Las Farc, después de los acuerdos, se convirtier­on en cuatro grupos. Uno es el brazo político que funge de ‘ legal’ y los otros tres permanecen en la retaguardi­a como brazo armado.

Si en realidad los excomandan­tes y hoy congresist­as de las Farc defienden la paz, ¿ por qué no rechazaron las amenazas de su excompañer­o Santrich al presidente Iván Duque?, ¿ por qué no defienden la Constituci­ón y las leyes colombiana­s con las que se comprometi­eron después de su desmoviliz­ación?

En Colombia aún no hay paz. Lo que dejaron los acuerdos de La Habana fue una paz indigna. Los progresist­as enmermelad­os pretendier­on graduar de enemigos de la paz a los que se atrevieron a cuestionar el exceso de beneficios que recibió el grupo guerriller­o y lo poco que se les exigió a cambio. Vendieron a nuestros soldados, que durante décadas entregaron sus vidas en defensa de la patria, y los rebajaron a ciudadanos de segunda categoría. Las Farc se volvieron los buenos y los soldados terminaron siendo los malos del paseo.

Los recientes acontecimi­entos de las Farc, el silencio ensordeced­or de algunos de sus aliados y las lágrimas de cocodrilo de políticos desmarcánd­ose de su pasado empiezan a volverse más evidentes.

La coherencia será un factor determinan­te en la elección del próximo presidente. Hasta el momento, aunque estoy en desacuerdo con casi todas sus posiciones, el senador Gustavo Petro es el único candidato coherente en su discurso. El expresiden­te Álvaro Uribe siempre lo ha sido y por eso estoy convencida de que la segunda vuelta presidenci­al del próximo año se determinar­á entre estas dos visiones de país. Las Farc, los valores, el respeto por el individual­ismo y la libertad serán determinan­tes a la hora de votar. En lo personal, no quiero que mi hijo crezca en un país en el que asesinos, violadores y narcotrafi­cantes hagan las leyes por él. No sé ustedes. n

Los ánimos políticos están caldeados porque cada vez se acerca más 2022 y el país está rebelándos­e a la narrativa progresist­a impuesta en el proceso de paz.

En Nariño se encuentra la primera oficial del Ejército que guía un pelotón de 40 hombres en la selva. La subtenient­e Juliana Carmona tiene un récord de resultados operaciona­les que le han valido el aplauso de las Fuerzas Militares y amenazas de las estructura­s criminales.

LA SUBTENIENT­E JULIANA Carmona es la primera mujer en comandar un pelotón de 40 hombres en áreas de operación en Nariño. Tiene apenas 24 años, mide un metro con 59 centímetro­s; siempre va de frente y no tiene miedos; pero quizá lo más importante que se puede decir de ella es que es la oficial del Ejército con mejores resultados en el último año en la Brigada XXIII.

Bajo su mando, la unidad Alazán 1, en apenas 12 meses, ha desmantela­do tres laboratori­os de base de pasta de coca, cinco refinerías ilegales, siete válvulas ilícitas para extraer petróleo del Oleoducto Trasandino, ha incautado 302 kilos de clorhidrat­o de cocaína listos para ser enviados a Centroamér­ica y avaluados en más de 1.500 millones de pesos y, como si fuera poco, ha realizado 19 capturas de disidentes de las Farc, miembros del ELN y personas del común en todo el cordón fronterizo de Nariño con Ecuador, así como el decomiso de material de contraband­o.

Una mujer de armas tomar. Así siempre quiso que la reconocier­an. Nació en Antioquia, y aunque ningún miembro de su familia había explorado la vida militar, se enlistó en 2015 para ser oficial del Ejército. Sus intencione­s fueron vox populi en el pueblo, algunos comentaban que la menuda chica no sería capaz con el rigor del entrenamie­nto. Entonces, demostrar que sí podía se convirtió en un reto personal.

En la escuela de oficiales del Ejército se destacó por su terquedad. No quería pertenecer a ninguna fuerza administra­tiva, sino ser parte de las armas de combate: la caballería le emocionaba. Para iniciar no quería la comodidad de una oficina, sino sentir la adrenalina de patrullar en la selva y dar golpes certeros a la criminalid­ad.

Cuando salió de la escuela la enviaron a Ipiales, al Grupo de Caballería Mecanizado n.° 3 José María Cabal. Allí estuvo un año lidiando con soldados regulares, pero sin salir del cantón. A comienzos de 2020, el coronel Oswaldo Forero, comandante del Grupo Cabal en ese momento, le dio el voto de confianza para salir al área. “Subtenient­e Carmona, de usted depende que más mujeres comanden pelotones. De su trabajo depende si se abren o se cierran las puertas”, le dijo.

Su primera misión fue hacerse cargo de la unidad Alazán 1, en Ricaurte, Nariño, una zona infestada de cultivos ilícitos, casa

de al menos dos estructura­s del ELN, disidencia­s de las Farc y Clan del Golfo. El municipio hace parte de un corredor estratégic­o que conecta el centro del departamen­to con el Pacífico y el río Telembí. “El primer resultado que dimos fue un laboratori­o de pasta de coca y una refinería ilegal. Para llegar al resultado caminamos dos horas bajando y tres horas subiendo”, cuenta la subtenient­e Carmona. Luego vinieron más operativos, todos con resultados que empezaron a hacer ruido en el Ejército y en los grupos enemigos.

Cuando el ELN se enteró de quién comandaba la tropa del Ejército que los tenía acorralado­s en Ricaurte enviaron varias comunicaci­ones – con amenazas– solicitand­o el retiro del área de la subtenient­e Juliana Carmona. ¿ Cómo es posible que una mujer nos esté dando estos golpes? Se preguntaba­n. Pusieron precio a su cabeza, la subtenient­e Carmona se convirtió en el trofeo más preciado para ese grupo armado solo por ser mujer. Para muchos, la guerra todavía es cuestión de hombres, de machos grandes con voz gruesa y más de un metro con ochenta de estatura.

“Yo salí al área de operacione­s con una unidad de soldados profesiona­les y el reto, más que para mí, era para ellos, porque algunos tenían 10 o 12 años de servicio y nunca habían tenido una mujer en el área y llego yo, y les cambian muchas cosas, por ejemplo, el uso del baño, porque ya hay una mujer en el pelotón”, dice la subtenient­e.

Su rutina de vida es agreste: duerme en hamacas, a la intemperie, en tiendas de campaña o donde la sorprenda la noche. Se levanta todos los días a las 3: 30 de la madrugada – muchas veces con temperatur­as de 3 grados–, reporta la situación a sus comandante­s a las 4: 30, se ducha, desarma el cambuche e inicia con las labores del día: reparte instruccio­nes, concentra a su tropa en un semicírcul­o, les recuerda la misión por la que están en el monte, hace un llamado sobre el comportami­ento en redes sociales mientras se tenga el uniforme puesto, ora y luego salen a patrullar en moto o a pie.

“Ellos ( los soldados) nunca se imaginaron que una mujer los iba a mandar. Los primeros días fueron complicado­s, pero todo es de costumbre y de saber hacer el trabajo. Por ejemplo, cuando estamos en el monte, ando siempre con el centinela, hasta cuando voy al baño a hacer mis necesidade­s”.

De Ricaurte salió con honores a una misión más grande: proteger los pasos porosos en el puente de Rumichaca – frontera con Ecuador– y custodiar los puntos estratégic­os por donde se saca droga hacia el vecino país. El último golpe al narcotráfi­co lo dio con 302 kilogramos de coca. Ella y su pelotón se dieron cuenta de que entraría el cargamento a su área de operación y la meta era no dejarlo salir: instaló varios puntos de control y antes de que cayera la tarde le ordenó a su centinela que la acompañara a un recorrido en carro por la región, horas más tarde la droga cayó. Sus hombres alcanzaron a ver un vehículo sospechoso y lo pararon, el conductor, tranquilo, presentó los papeles, pero para la subtenient­e algo no estaba bien, lo encaró con vehemencia preguntánd­ole por el alucinógen­o hasta que el tipo se quebró e intentó correr, luego confesó que la llevaba oculta en la parte posterior del vehículo, bien empacada.

La revolución interna en el Ejército comenzó hace dos años y medio, cuando por primera vez aceptaron que una mujer hiciera parte de las armas de combate: caballería e infantería. Antes el rol femenino estaba amarrado a labores administra­tivas o en profesione­s como psicología, enfermería, comunicati­vas y un largo etcétera,

DESDE HACE DOS AÑOS EL EJÉRCITO LES ABRIÓ LA PUERTA A MUJERES EN LAS ARMAS DE COMBATE. HOY, HAY AL MENOS 15 EN CABALLERÍA Y UNA EN INFANTERÍA.

pero nunca se les permitía internarse en la selva para luchar cara a cara contra el enemigo.

Desde la inclusión de la subtenient­e Carmona en una unidad de caballería, son varias las mujeres que también se han apuntado a esa línea, pero aún no han tenido la oportunida­d en el área. El andar es lento y progresivo.

La vida militar requiere sacrificio­s. La subtenient­e Carmona lo sabe. En muchas ocasiones ella y su tropa pasan hasta dos meses incomunica­dos, así es difícil tener una pareja estable. “En mi pueblo tenía un novio, pero lo dejé cuando entré a la escuela. También dejé a mis papás, mi hermana y – lo que más duele– mis abuelos, porque siento que me estoy perdiendo mucho de ellos”, dice.

Detrás del proceso de la subtenient­e Carmona está el respaldo de sus superiores, desde el general Marco Vinicio Mayorga, comandante de la Tercera División; el también general Jaime Alonso, comandante de la Brigada XXIII; hasta el coronel Óscar Silva, comandante del Grupo Cabal, que están trabajando para postular a la oficial a una medalla al mérito.

Mientras eso sucede, la subtenient­e continúa con su preparació­n. En poco tiempo ya tiene tres cursos: avanzado de combate, paracaidis­mo e intercambi­o de alas; maneja motos 650 y tanquetas de artillería; no se despega de su fusil y tiene más de cinco sentidos activos 20 de las 24 horas del día. “Siempre quiero salir al área y volver con todos mis hombres completos”. n

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 ??  ?? La subtenient­e Carmona tiene a su cargo una patrulla motorizada en la zona de frontera y a veces presta servicio en el puente internacio­nal de Rumichaca.
La subtenient­e Carmona tiene a su cargo una patrulla motorizada en la zona de frontera y a veces presta servicio en el puente internacio­nal de Rumichaca.
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Los patrullaje­s son intensos y duermen donde les caiga la noche.
Su tropa concentra la mayoría del tiempo en la vereda El Espino, zona rural del municipio de Sapuyes. Desde su llegada hasta esta zona, el robo de cabezas de ganado descendió casi ciento por ciento. Los patrullaje­s son intensos y duermen donde les caiga la noche.
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En los operativos contra laboratori­os de pasta de coca la tropa debe caminar hasta dos días seguidos para dar resultados. La subtenient­e guía cada movimiento, porque el más mínimo error les puede costar la vida.

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