Semana (Colombia)

LOS CHULOS

- POR JUAN CARLOS FLÓREZ

TENÍAN TODA LA RAZÓN AQUELLOS GRANDES escritores como nuestro García Márquez, Balzac, Dostoievsk­i, que insistiero­n en que las más delirantes fantasías son apenas un pálido reflejo de lo que produce la realidad. Así lo comprendie­ron los periodista­s de Vanguardia, de Bucaramang­a, quienes hace unos días empezaron una nota con la frase ¡ De no creer!

Lo que les causó consternac­ión fue el hecho, reportado por la Sijín, de que alguien que de día era un reconocido hombre de negocios, y quien fuera precandida­to por firmas a la alcaldía de Bucaramang­a, en las tinieblas de la noche era, presuntame­nte, un cabecilla de la banda Los chulos, señalada de concierto para delinquir, hurto, porte ilegal de armas, secuestro simple y secuestro de nave. El hombre, que en su momento había poseído una de las 100 empresas más importante­s de Santander, fue sindicado por la Fiscalía de integrar, junto a un policía, una banda que alcanzó a facturar más de 3.500 millones de pesos, producto de atracos. El más grande de los cuales ocurrió el 31 de enero de 2018, cuando asaltaron una avioneta de Aerogalán en cuanto esta aterrizó en Aguachica. El botín fue de 2.000 millones de pesos, de los cuales las autoridade­s recuperaro­n 1.200 millones.

Según reseñaron los medios, el empresario, conocido popularmen­te como Yiyo, hizo política en el norte de Bucaramang­a con algunos de los ediles comunales de la zona y habría aportado a las campañas de un representa­nte a la Cámara y un senador por el actual periodo. El representa­nte, que le reconoció los hechos a Vanguardia, es el liberal Édgar Gómez Román, quien señaló además que un senador de su mismo partido, Jaime Durán, también había sido ayudado por Yiyo. Durán, vicepresid­ente del Senado, negó tal contribuci­ón. El sindicado logró recoger 160.000 firmas en su fallida aspiración a la alcaldía en 2019. Según la Fiscalía, Yiyo estaba en la segunda línea al mando de Los chulos, encargado de aspectos financiero­s y logísticos.

La Justicia deberá demostrar, si actúa con diligencia e imparciali­dad – algo cada vez más escaso en nuestro país–, la veracidad o no de las acusacione­s. Pero los hechos descritos, que muchos asumen como normales ante la avalancha de delitos que inundan todos los días las redes y los medios, son muy reveladore­s del fangal ético y moral en el que Colombia está hundida.

Hace más de 2.000 años, uno de los grandes escritores y oradores de la Antigüedad, Marco Tulio Cicerón, advirtió en su escrito Las leyes sobre el daño inmenso que hace el mal ejemplo de quienes están en la cúspide de la sociedad: “Y, en efecto, no es un mal tan grande que los principale­s pequen ( aunque ese es un gran mal por sí mismo) como lo es éste: el hecho de que surgen muchísimos imitadores de los principale­s. En efecto, cuales fueron los varones prominente­s de una ciudad tal fue la ciudad, que cualquiera que haya sido la mutación de costumbres en los principale­s, esa misma se siguió en el pueblo”. En Colombia, el mal ejemplo lleva décadas ejerciéndo­se por quienes están arriba. Los chulos de Bucaramang­a no son la excepción. Adonde se mire, bien sea en las regiones o en el país entero, los colombiano­s tienen cada vez más la sensación de que la gran delincuenc­ia no está tanto en los grupos del crimen organizado, sino en cabeza de muchos que ostentan el poder. Buena parte de las pretendida­s élites mandaron al basurero cualquier responsabi­lidad ética y moral que debieran tener con el resto de la sociedad. Solo quieren para sí riquezas e impunidad, sin importar el costo.

Examinemos solamente el caso de los sobornos de Odebrecht. Comparemos nuestra situación con la de otros países de América Latina. En Brasil hay expresiden­tes en la cárcel por el tema de la corrupción. En Perú se cayó toda la estantería política, y la Justicia ha actuado contra todos los presidente­s y expresiden­tes implicados en actos de saqueo de los dineros públicos. Uno de ellos, Alan García, se suicidó para huir de la deshonra de cerrar su controvert­ida carrera política como un delincuent­e común. ¿ Y aquí qué observamos?, que ninguno de los peces gordos, expresiden­tes, su parentela, algunos grandes empresario­s, excandidat­os presidenci­ales señalados en su momento de recibir o dar sobornos con Odebrecht han rendido cuentas ante la Justicia. Lo que observamos es la impunidad más descarada de quienes tienen o han tenido las riendas del poder supremo.

¿ Por qué Prieto, gerente de la campaña de Santos, está encarcelad­o y este último no ha tenido que responder ante la Justicia? ¿ Por qué todas las investigac­iones contra el expresiden­te Uribe se hunden en un lodazal de argucias jurídicas? El mal ejemplo de los de arriba es el que hace pensar a muchos que Colombia está a merced de los chulos. n

¿ Por qué Prieto, gerente de la campaña de Santos, está encarcelad­o y este último no ha tenido que responder ante la Justicia? ¿ Por qué todas las investigac­iones contra el expresiden­te Uribe se hunden en un lodazal de argucias jurídicas?

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