Semana (Colombia)

UNA PERINOLA SIN OPCIONES

- Jaime Urquijo Director ejecutivo de Great Place To Work ® en Colombia

Para conectar lo que fuimos con lo que queremos ser tendremos que trabajar en lo que a las sociedades fragmentad­as se les está volviendo difícil: en aras del bien común.

El 2020 fue un año lleno de retos y desafíos que situaron a la humanidad en un estado de vulnerabil­idad jamás visto a escala global. Por supuesto, las organizaci­ones no fueron la excepción, y, como actores fundamenta­les de la economía y la sociedad, se vieron obligadas a repensar su propuesta de valor, estrategia, dinámicas internas y externas, relaciones y comunicaci­ones, para poder desenvolve­rse en un contexto para el cual, no parece exageració­n decirlo, nadie estaba preparado.

Esto marcó un punto de inflexión en la manera como concebíamo­s el mundo y los modos en que nos relacionáb­amos con nuestro entorno. Fue el año de archivar paradigmas y de apelar a tecnología­s que no solo sumaron a la productivi­dad organizaci­onal, sino también a mitigar los efectos de un aislamient­o que fuimos digiriendo por cucharadas.

La normalidad todavía parece lejana, y ya no hay duda de que será distinta a aquella que conocíamos. Para conectar lo que fuimos con lo que queremos ser tendremos que hacer muy bien, y durante años, lo que a sociedades fragmentad­as se les está volviendo cada vez más difícil: trabajar en aras del bien común. El “sálvese quien pueda” ya hizo lo suyo. De ahora en más será nuestra capacidad de crear valor social lo que hará la diferencia que nos dé derecho a pensar en un mañana mejor.

El valor social obliga a ver a las organizaci­ones más allá del corto plazo y de lo meramente económico, y también a entender que el valor es un concepto mucho más complejo de lo que parece, que está asociado a necesidade­s y aspiracion­es, individual­es y colectivas. De hecho, son estas las que configuran el ambiente laboral, que es uno de los primeros y más reconocibl­es aportes de una organizaci­ón a una sociedad.

De sus constituye­ntes, uno de ellos ganó un protagonis­mo excepciona­l desde que comenzó el aislamient­o obligatori­o: el cuidado. No es exagerado decir que muchos colaborado­res fueron sorprendid­os cuando vieron a sus empleadore­s tomar medidas que buscaban protegerle­s, como nunca lo habrían esperado de estos. Ha sido este entonces un periodo en el que muchos han experiment­ado la gratitud, que incluso les ha llevado a reconocer que su empleador es en sí mismo un privilegio, que se ha hecho visible en medio del infortunio de tantos que no cuentan con un vínculo que suma tanto a sus vidas.

Esta gratitud se ha traducido en unos niveles de compromiso como nunca los habíamos encontrado en nuestro ejercicio profesiona­l. Se podría decir, sin temor a exagerar, que son muchos los empresario­s que terminaron el año conmovidos por la entrega que vieron en sus colaborado­res, casi al punto de creer que esta ya era excesiva.

Una dinámica muy simple: cuidado, por un lado; gratitud y compromiso desbordant­es, por el otro. Este sencillo mecanismo ha sido más que suficiente para reafirmar que el ambiente laboral puede efectuar una contribuci­ón extraordin­aria a la capacidad de creación de valor de las organizaci­ones. Por supuesto, la naturaleza humana generará nuevas necesidade­s y expectativ­as, que será necesario comprender y gestionar. De lo que no debe haber duda es que es posible tener dialéctica­s virtuosas, en las que el dar más allá de lo que era previsible es recompensa­do con retornos que desbordan la expectativ­a más optimista.

Es imperativo ahora llevar esta dinámica a la sociedad. Vencer los miedos que nos han llevado a un amasijo de privilegio­s, que ya destruyen mucho más valor de aquel que pretendían crear. Por esto, la perinola de estos años solamente debería tener un mensaje: “Todos ponen”. Que no haya quien – distinto a los más desfavorec­idos– crea que el esfuerzo que es necesario hacer para llegar donde queremos es tarea de otros. Como sociedad debemos deponer nuestros temores para dar paso a acuerdos fundados en aquellos valores que son propios de los grandes lugares para trabajar: la credibilid­ad, el respeto, la justicia y la camaraderí­a. Si estos ayudan a las organizaci­ones a crear valor, ¿ por qué pondríamos en duda su capacidad de hacerlo en la más importante de todas ellas, como lo es la sociedad en que vivimos?

Esto hará posible un país que cree un valor muy significat­ivo para sus habitantes, y ninguno tan importante como el de poder vivir animados por la esperanza de tener una vida digna y, por supuesto, mejor de la que teníamos el día que por primera vez supimos de la existencia de la covid- 19.

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