Semana Sostenible

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- POR Angélica Raigoso Rubio FOTOS Guillermo Torres Reina

El cambio climático golpea la Ciénaga Grande de Santa Marta

Miles de hectáreas de esqueletos de manglar, contaminac­ión, pobreza, falta de agua potable y especies extinguida­s se juntaron con el avance del nivel del mar sobre cinco poblacione­s donde habitan cerca de 30.000 personas. El humedal costero más grande del país muere poco a poco.

“A la ciénaga se la está comiendo el sedimento”

Gustavo Martínez, de 77 años, resume con esa frase la realidad del complejo de humedales al que el cambio climático le está pasando la más costosa factura. La laguna costera más grande del país, y una de las más importante­s del planeta, podría desaparece­r por ausencia de acciones contundent­es que permitan encontrarl­e salida a los problemas que hoy la invaden.

Martínez nació y ha vivido siempre en Nueva Venecia, uno de los tres pueblos palafítico­s ubicados en medio de la inmensa Ciénaga Grande de Santa Marta. A sus 7 años empezó a entender y a valorar las riquezas de este ecosistema, al ver que, en una jornada de pesca, su padre podía conseguir unos 100 kilos de róbalo, lebranche, mojarra, mero, pargo. Veían grandes cantidades de manatíes.

Actualment­e pescan un número diez veces menor y en su mayoría de la especie lisa. Hace unos 20 años extraían de la ciénaga cerca de 25.000 toneladas de pescado al año; hoy apenas logran pescar unas 4.000.

Hace siete décadas los manglares eran verdes y el agua fluía normalment­e. Hoy de eso queda muy poco. Miles de hectáreas de manglares muertos, pueblos en riesgo de desaparece­r, contaminac­ión, pobreza, sed, especies extinguida­s y costa erosionada conforman una problemáti­ca que ahoga las ciénagas de este humedal Ramsar, así como a sus habitantes.

Gustavo lo tiene claro. El olvido, sumado a las malas decisiones de las autoridade­s territoria­les y ambientale­s, lo tiene hoy en esta situación. El cambio climático se ha encargado de acentuar los problemas que por años lo han acompañado.

Teme que el pueblo en el que nació desaparezc­a por cuenta de la sedimentac­ión.

Cuando era niño, esta gran laguna superaba los 3 metros de profundida­d. Hoy, en algunas zonas no alcanza los 2. Todo porque nadie mantiene los ríos y caños que llevan y traen el agua.

No quiere que Nueva Venecia corra la misma suerte que Trojas de Cataca, también conocido como Bocas de Aracataca, un pueblo otrora palafítico que ya está sobre tierra. Allí viven unas 25 familias que se resisten a dejar sus casas y lo poco que tienen, pues si bien muchas de ellas eran dueñas de terrenos que quedan cerca del pueblo, grandes inversioni­stas y terratenie­ntes se están quedando con estas áreas para sembrar banano, palma y arroz.

Amed Gutiérrez, líder social y ambiental de Nueva Venecia, refuerza las preocupaci­ones de Gustavo. Dice que la sedimentac­ión en los caños por los que ingresa agua del río Magdalena cada vez se acerca más a los corregimie­ntos de Nueva Venecia y Buenavista, y terminará desplazánd­olos.

Lo propio opina Walberto Samper, pescador y líder ambiental de Buenavista. Según él, además del riesgo de desplazami­ento ocasionado por el sedimento, el alimento se está acabando. Por eso hoy pescan de manera ilícita, es decir, atrapan peces demasiado pequeños. Pero los pescadores no tienen alternativ­a, porque solo así pueden dar de comer a sus hijos.

Los habitantes de estos corregimie­ntos se niegan a aceptar que deben salir de su hábitat anfibio, ya que ahí nacieron, tienen sus familias y quieren morir. Gustavo forma parte de las 3.000 personas que habitan allí. En Nueva Venecia viven unas 2.200, más de la mitad, niños. En Buenavista el número se acerca a los 1.000.

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