Semana Sostenible : 2020-09-08

CONSERVACI­ÓN : 28 : 28

CONSERVACI­ÓN

CONSERVACI­ÓN Cuando el milagro del agua se hizo al norte de Ocaña Hace 35 años, un grupo de vecinos decidió cumplir por su cuenta la promesa de los políticos de turno: Ahora están a punto de crear una Reserva Natural de la Sociedad Civil. ¿Cómo lo lograron? llevar el agua hasta sus casas. Cada 15 días, si acaso, un carrotanqu­e con agua pasaba por los barrios Santa Clara, Bermejal y José Antonio Galán, en Ocaña (Norte de Santander), para suplir el servicio de acueducto. De resto, los vecinos se peleaban por recoger este recurso de una pileta pública a la que llegaba “un chorrito insuficien­te”. Era 1984 y la comunidad ya no creía en los políticos que en épocas preelector­ales prometían la construcci­ón de un acueducto. Les habían fallado tanto que estaban resignados a seguir lavando la ropa en quebradas y cargando cubetas desde otros barrios. Pero un día Cristóbal Navarro, un líder comunitari­o del barrio Santa Clara (q. e. p. d.), escuchó una historia que le devolvió la esperanza: cinco familias de la vereda El Danubio, cerca de allí, iban a instalar una manguera para llevar agua desde la quebrada La Brava hasta sus viviendas. Decidido a ampliar el alcance de esta idea, Cristóbal, quien se caracteriz­aba por su capacidad de convocator­ia, reunió a las cinco familias y a sus vecinos y les dijo: “Por el bien de 180 familias, vamos a comprar la manguera entre todos y a traer el agua desde La Brava”. Así convenció a un grupo de personas –entre las que se encontraba­n varios maestros de construcci­ón– de hacer un análisis topográfic­o desde la quebrada hasta la ciudad, y de esa manera fue como concluyero­n que las mangueras no eran la mejor alternativ­a. Para ese momento (1985), la ilusión de la comunidad era tan grande que ya tenía nombre: la Asociación de Amigos y Usuarios del Acueducto Independie­nte (Adamiuain). Por eso, cuando Cristóbal les propuso pedir un préstamo para financiar la tubería, los asociados dieron un sí rotundo. “Adamiuain no tenía recursos, así que el banco nos pidió un respaldo para concederlo”, dice Gustavo Ibáñez, hoy integrante de la junta veedora. Para él, que en principio miró con desconfian­za la iniciativa de Cristóbal, fue una sorpresa cuando cinco personas ofrecieron las escrituras de sus casas como garantía para el préstamo. Estaban jugándose su futuro –pensaba–, así que esos esfuerzos debían ser efectivos. Y sí que lo fueron: el banco aprobó el préstamo, compraron 4.700 metros de tubería y conectaron los 5 kilómetros que separaban la quebrada de sus hogares. Además, la Corporació­n de Vivienda Popular de Ocaña les concedió un terreno en el que, posteriorm­ente, Luis Emiro Álvarez, un socio fundador, construyó un tanque de almacenami­ento para recoger el agua en la noche y suministra­rla en el día. Gustavo aún recuerda la algarabía cuando llegaron las primeras gotas hasta las casas: “Fue un milagro que nos cambió la vida”. 1. 2. 2. 28