¿Có­mo es un or­gas­mo sin amor?

SoHo - Censurado (Colombia) - - Contents - POR VIR­GI­NIA MA­YER

Fue Le­ti­cia —la que me ga­na­ba to­das las ca­rre­ras de atle­tis­mo, y con la que me da­ba pu­ños y pa­ta­das en la va­gi­na por­que pre­ten­día mon­tár­me­la— quien me en­se­ñó a mas­tur­bar­me con un mu­ñe­co de pe­lu­che. Mi vie­ja me ha­bló so­bre có­mo se ha­cían los be­bés, pe­ro na­die me ex­pli­có el or­gas­mo. Yo lo sen­tí. Y una vez que lo des­cu­brí me de­di­qué a bus­car­lo ca­si to­das las no­ches, en­ce­rra­da en mi cuar­to mien­tras to­dos dor­mían. Apren­dí a ge­mir en si­len­cio con la ca­ra hun­di­da en la al­moha­da y res­tre­gan­do la va­gi­na fre­né­ti­ca­men­te con­tra el bor­de del col­chón has­ta que me ve­nía, en com­ple­to si­len­cio. Así fue co­mo co­no­cí el pla­cer an­tes que el amor.

Tres dé­ca­das más tar­de, la in­ca­pa­ci­dad de des­cri­bir mis or­gas­mos me lle­vó a in­ves­ti­gar có­mo lo sen­tían otras mu­je­res. En­ton­ces posteé en Wi­ki­ni­ce: “Mu­je­res, ¿se ani­man a des­cri­bir­me un or­gas­mo? Pue­den ha­cer­lo por in­box, si pre­fie­ren”. El post ob­tu­vo dos mi­se­ra­ble li­kes y dos (so­la­men­te dos) mu­je­res me res­pon­die­ron por in­terno. Ya te­nía muy cla­ro que Co­lom­bia era el país del Sa­gra­do Co­ra­zón, pe­ro ja­más ima­gi­né que el or­gas­mo aún fue­ra un ta­bú en­tre las mu­je­res.

Cuan­do le pre­gun­té a mi ami­ga Ana có­mo sen­tía los or­gas­mos, co­men­zó a ha­blar­me de amor. “No me ha­bles de amor —le di­je—. Ne­ce­si­to sa­ber có­mo se sien­te un or­gas­mo en tu va­gi­na y en to­do tu cuer­po. No me in­tere­sa cuán­to amas a tu pa­re­ja”. Es que aun­que el pla­cer y el amor ca­mi­nan de la mano, co­mo si se tra­ta­ra del himno de La

be­lla dur­mien­te, no son lo mis­mo y ha­bi­tan di­fe­ren­tes uni­ver­sos.

Os­ho de­cía que el or­gas­mo to­tal es es­tar per­di­do en el abis­mo, cuan­do por unos mo­men­tos el tiem­po se de­tie­ne y la men­te no fun­cio­na; cuan­do no sa­bes quién eres. Pa­ra mí lle­gar a él es en­tre­gar­me a mí mis­ma, un ac­to egoís­ta en el que so­lo exis­to yo y en el que to­do que­da sus­pen­di­do: no oi­go ni soy ca­paz de ar­ti­cu­lar pa­la­bras.

Cuan­do una mu­jer er tie­ne un or­gas­mo, se ac­ti­van ca­si to­dos odos los sis­te­mas del ce­re­bro en una reac­ción tan fas­ci­nan­te co­mo inex­pli­ca­ble. ica­ble. Des­de el si­glo XIII y al me­nos nos has­ta la In­gla­te­rra isa­be­li­na del si­glo XVI, se creía que pa­ra a que la

mu­jer pu­die­ra con­ce­bir era ne­ce­sa­rio que tan­to ella co­mo el hom­bre lle­ga­ran al clí­max. Si­gue sin ser cla­ra su fun­ción en el cuer­po fe­me­nino, aun­que se sa­be que re­gu­la los ci­clos mens­trua­les, ali­via el do­lor, sube el áni­mo y me­jo­ra la ac­ti­vi­dad ce­re­bral.

Ha­ce diez años, la Uni­ver­si­dad de Gi­ne­bra (Sui­za) y la Uni­ver­si­dad de Ca­li­for­nia en San­ta Bar­ba­ra (Es­ta­dos Uni­dos) hi­cie­ron un es­tu­dio so­bre los or­gas­mos de las mu­je­res enamo­ra­das y con­clu­ye­ron que cuan­to más enamo­ra­das, más or­gas­mos te­nían. En­ton­ces se em­pe­zó a ase­gu­rar que el se­xo con amor era el me­jor y se tra­jo a cuen­to a la oxi­to­ci­na, una hor­mo­na pro­du­ci­da en el hi­po­tá­la­mo y se­gre­ga­da al to­rren­te san­guí­neo y el ce­re­bro du­ran­te el or­gas­mo de la mu­jer. En teo­ría, la oxi­to­ci­na pro­vo­ca que nos enamo­re­mos des­pués de un or­gas­mo y que que­ra­mos re­pe­tir en bus­ca de pla­cer. Pe­ro la ver­dad es que los es­tu­dios se hi­cie­ron con ra­tas, co­mo la gran ma­yo­ría de in­ves­ti­ga­cio­nes so­bre el te­ma, y es por eso que pa­ra mí la su­pues­ta su­pe­rio­ri­dad del se­xo con amor es una fa­la­cia.

Cuan­do te­nía 18 años mi pri­mer no­vio en Co­lom­bia me en­se­ñó a blu­yi­near. Fue la pri­me­ra vez que ex­pe­ri­men­té pla­cer jun­to a otra per­so­na. Sen­tía que me ha­cía are­na, que me di­sol­vía des­de la va­gi­na has­ta el res­to del cuer­po. Y lue­go me de­rrum­ba­ba res­pi­ran­do hon­do, con di­fi­cul­tad. Es­te pla­cer, nue­vo pa­ra mí, ve­nía ves­ti­do de sor­pre­sa, de cu­rio­si­dad, de ex­pe­ri­men­to. Pe­ro no de amor.

Des­pués per­dí la vir­gi­ni­dad con un N. N. y no sen­tí pla­cer. Un par de años más tar­de tu­ve un af­fai­re por chat con un rolo re­gio que cuan­do nos co­no­ci­mos en per­so­na y co­men­za­mos a fo­llar me de­cía “prin­ce­sa”, y te­nía la verga grue­sa co­mo una la­ta de cer­ve­za. Pe­ro tam­po­co sen­tí pla­cer. Fui aman­te de un viet­na­mi­ta agen­te se­cre­to de la DEA al que le de­cían Big Boy (pe­ro que era más ba­ji­to que yo), y tam­po­co sen­tí pla­cer. Cuan­do lle­gué a vi­vir a Nue­va York, por pri­me­ra vez me enamo­ré de un pe­ri­que­ro que ja­más me co­rres­pon­dió y que me co­mía co­mo mas­tur­bán­do­se con­mi­go. Nun­ca pu­de re­la­jar­me con él y ja­más me cau­só pla­cer.

Lue­go sa­lí con un ju­dío or­to­do­xo ira­ní, la pri­me­ra per­so­na que me hi­zo se­xo oral. Me acuer­do de no es­tar se­gu­ra de que­rer que eso pa­sa­ra, pe­ro de ha­ber abier­to las pier­nas has­ta que me do­lie­ron las in­gles. Era de noche, es­ta­ba mo­ja­da, ha­cía ca­lor y mi ven­ti­la­dor so­pla­ba so­bre no­so­tros. La ven­ta­na es­ta­ba abier­ta y el vien­to mo­vía las cor­ti­nas co­mo en una es­ce­na de Co­rín Te­lla­do. Me vi­ne con­tra­yen­do el es­tó­ma­go y en­cor­ván­do­me ha­cia de­lan­te co­mo in­ten­tan­do evi­tar al­go que real­men­te no que­ría que se de­tu­vie­ra. Me vi­ne co­mo las olas gol­pean­do la ori­lla du­ran­te la tar­de, cuan­do la ma­rea es al­ta. Él no de­jó de chu­par­me y suc­cio­nar­me, y de hun­dir­me la len­gua mien­tras sos­te­nía los labios de mi va­gi­na ha­cia am­bos la­dos con los de­dos. El pla­cer, que me cues­ta tra­ba­jo des­cri­bir, ro­za­ba con do­lor, un do­lor pro­fun­do, ca­si eléc­tri­co. Y co­men­cé a gri­tar, y gri­té has­ta que se aca­bó el pla­cer. Sin em­bar­go, no tu­ve tiem­po de enamo­rar­me. Él me ter­mi­nó por­que yo no era ju­día —aun­que a mi fa­mi­lia pa­ter­na del la­do ale­mán la ex­ter­mi­na­ron en Ausch­witz— y por eso nun­ca se ca­sa­ría con­mi­go.

No to­das mis ex­pe­rien­cias con el se­xo oral han si­do tan gra­ti­fi­can­tes. No de­mo­ré mu­cho en de­ter­mi­nar que pa­ra ha­cer ve­nir a una mu­jer ba­ján­do­le al po­zo ha­ce fal­ta mu­cho gus­to por su hu­me­dad, sus lí­qui­dos, sus pe­los, su olor, su pro­fun­di­dad, su ham­bre. No es pa­ra cual­quie­ra y ha­ce fal­ta ver­da­de­ra pa­sión pa­ra cau­sar­le un or­gas­mo a una mu­jer co­mién­do­le la va­gi­na. Mu­chos creen que sa­ben. Y aún peor, osan de­cir que les gus­ta, pe­ro una vez hun­den la na­riz y abren los ojos desor­bi­ta­dos, es evi­den­te que no va a ocu­rrir na­da pla­cen­te­ro y en­ton­ces es me­jor re­cu­rrir a la pe­ne­tra­ción.

Pa­sa­ron años an­tes de que sin­tie­ra un or­gas­mo sien­do pe­ne­tra­da. Re­cién cum­pli­dos los 40 años pue­do ha­blar con pro­pie­dad. Ya no soy la po­sa­do­les­cen­te de 30 ex­plo­ran­do su se­xua­li­dad. Hoy sé exac­ta­men­te qué me gus­ta y có­mo me gus­ta: ya pue­do de­cir que me ven­go cuan­do quie­ro. Y cuan­do lo di­go no ig­no­ro que so­lo el 25 por cien­to de las mu­je­res que tie­nen se­xo ex­pe­ri­men­tan un or­gas­mo, y que un ter­cio de to­das las mu­je­res nun­ca, o ca­si nun­ca, tie­nen un or­gas­mo du­ran­te una re­la­ción se­xual.

Aún sin ha­ber ex­pe­ri­men­ta­do una có­pu­la amo­ro­sa soy par­te de esa mi­no­ría que sí se vie­ne. Y de un por­cen­ta­je aún me­nor de mu­je­res que han eya­cu­la­do. Quie­nes ven mu­cho porno lo lla­man squirt. Y aun­que es com­ple­ta­men­te nor­mal que su­ce­da, no es tan co­mún. De he­cho, mu­chas de las mu­je­res que lo han ex­pe­ri­men­ta­do lo ha­cen tan so­lo una vez en la vi­da. La pri­me­ra vez que me pa­só fue con un fo­tó­gra­fo que me chu­pa­ba los de­dos de los pies mien­tras me me­tía a la verga. Fue la se­gun­da vez en la vi­da a que me enamo­ré, y la se­gun­da que me e di con­tra el pi­so. Me que­dó la na­riz en n la nu­ca, pe­ro qué or­gas­mos tan es­tree­me­ce­do­res, qué ma­ne­ra de fo­llar. Qué é es­pec­tácu­lo. Cuán­to lloré.

Ha­ce po­co un pol­vo me pre­gun­tó ó qué me ha­cía fe­liz. Me to­mé un tiem­po en con­tes­tar. To­da­vía no he te­ni­do esa re­la­ción sen­ti­men­tal es­te­reo­tí­pi­ca de las pe­lí­cu­las ro­mán­ti­cas. No me ha to­ca­do. Y me he cues­tio­na­do si se pue­de ser fe­liz sin te­ner­la. Pe­ro co­mo pa­ra mí la fe­li­ci­dad es pa­sa­je­ra, des­pués de pen­sar­lo bien res­pon­dí que me ha­cía fe­liz un pol­vo. El se­xo es mi re­li­gión y en ella el or­gas­mo no tie­ne co­ra­zón. No sé lo que es fo­llar enamo­ra­da de al­guien enamo­ra­do de mí. Y, sin em­bar­go, des­de ha­ce por lo me­nos cin­co años, siem­pre que ten­go se­xo ten­go un or­gas­mo. Mien­tras así sea, ¿qué im­por­ta el amor? .

UN PAR DE AÑOS MÁS TAR­DE TU­VE UN AF­FAI­RE CON UN ROLO RE­GIO, TE­NÍA LA VERGA GRUE­SA CO­MO UNA LA­TA DE CER­VE­ZA. PE­RO TAM­PO­CO SEN­TÍ PLA­CER.

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