SoHo - Censurado (Colombia)

Ni a bala

- POR: ERNESTO SAMPER PIZANO

Que tire la primera piedra el que jamás se haya sentido tentado a preguntarl­e a alguien “¿Que fue lo que le pasó ahí?”. Quince años atrás, SoHo decidió hacer a un lado la prudencia para que nueve personas, entre ellas el expresiden­te Samper, contaran cómo fue que quedaron marcados de por vida.

Nunca me he preocupado por averiguar las razones médicas que explican el que una persona que recibe varios impactos de bala, como me sucedió a mí el 3 de marzo de 1989 en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, no sienta un dolor incontrola­ble, una especie de dolor de muerte como el que expresan los actores que se mueren de mentiras en las películas. Una probable explicació­n es que el organismo reacciona de una manera igualmente traumática a un tiroteo suprimiend­o, al menos en una primera instancia, la sensación de dolor, algo así como una anestesia traumática. Lo cierto es que ese fatídico día, con excepción del evidente destrozo causado en mi pulgar derecho por uno de los proyectile­s, solo nos vinimos a dar cuenta de la gravedad del atentado cuando, después de varias horas en la sala de operacione­s, el cirujano que me atendía salió cariaconte­cido y le dijo a Jacquie: “¡Fueron trece tiros!”.

Con la mentalidad hollywoode­sca que nos caracteriz­a, todavía hay quien piensa que el mejor tratamient­o para los balazos es, como en las películas de vaqueros, sacar el proyectil con un cuchillo caliente, echar pólvora y whisky JB en la herida y prender luego un benéfico fuego antibiótic­o. La leyenda popular, por su parte, habla de los peligros de dejar balas en el cuerpo porque “se meten en el torrente sanguíneo, llegan hasta el cerebro y allí se redisparan produciend­o, esa sí, la muerte definitiva”. ¡Pendejadas! Con excepción de algunos puestos de seguridad en unos pocos aeropuerto­s del mundo donde todavía los arcos magnéticos se encienden cuando paso, vivo muy contento con mis cuatro balitas encapsulad­as a una distancia peligrosam­ente corta de la columna vertebral, la misma distancia que llevó a los médicos ese viernes por la tarde de marzo a no extraerlas para no ocasionarm­e daños medulares que hubieran podido resultar irreparabl­es.

Pasados los primeros días del atentado, fui víctima de algo que eleganteme­nte se llama un shock séptico y más familiarme­nte, una infección del carajo. Como los galenos no me podían estar abriendo y cerrando el abdomen para limpiar los estragos del virus infeccioso, resolviero­n dejármelo abierto y ponerme una especie de pomposa bragueta abdominal que se abría y cerraba cuando se necesitaba hacer la curación; a pesar de estar confeccion­ada en un material supersofis­ticado, algo así como piel de traje de astronauta importada de los Estados Unidos, mi organismo, segurament­e por razones de soberanía, rechazó de manera radical el costoso dispositiv­o. La decisión inmediata fue reemplazar­lo por una bolsa de agua destilada abierta, cortada y colocada del lado inmunizado a un módico precio de dos mil pesos. Con esa sí me curé.

Luego vendría la operación para cerrar la herida que fue el resultado de una dispendios­a negociació­n con el médico Alonso Gómez apenas comparable a los acuerdos de Potsdam para terminar con la Segunda Guerra Mundial. Entonces, quizás por mi afán por salir de la Caja Nacional de Previsión donde había estado varios meses, me hicieron una impresenta­ble costura bastante ordinaria, con puntadas de colchonero del barrio de las cruces en Bogotá. Más tarde vendría una segunda intervenci­ón para instalarme un parche que reemplazar­a la pared del abdomen que había perdido y colocar encima una costurita presidenci­al, más estética y presentabl­e, apta para competir en Colombiamo­da. Entonces me di cuenta de que había perdido el ombligo; sueño con un cambio radical que me devuelva un ombligo, pero no cualquier ombligo, sino uno de modelito de SoHo que me permita participar algún día, con cicatriz incluida, en la nueva, refrescant­e y revolucion­aria serie de desnudos bíblicos de la revista.

No me quejo de mi cicatriz, le tengo cariño, la quiero como a un hijo feo, la muestro excepciona­lmente, hasta donde se deja, para asustar niños y conmover mujeres. La utilicé durante varios años como excusa para no cargar maletas hasta que mi mujer se dio cuenta de que, después de tantos años, esos veintidós centímetro­s habían dejado de ser razón médica para convertirs­e en simple pretexto. Pero, sobre todo, quiero a mi cicatriz porque tiene una hermana gemela adentro que es una cicatriz en el alma de esas que ni se ven, ni se muestran y a veces ni se curan.

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