SoHo - Censurado (Colombia)

La marihuana: memorias del olvido

- POR ANTONIO CABALLERO

El periodista más controvert­ido de Colombia escribió en exclusiva para SoHo un artículo sobre sus encuentros y desencuent­ros con la marihuana, y la manera como esta le abrió las puertas a la libertad.

La primera vez que fume marihuana fue… ¿cuándo fue? No me acuerdo. La marihuana destiñe la memoria: no deja más que unos borrones blanquecin­os, vagos como nubes, signos con tiza desdibujad­os sobre un tablero negro de pizarra. Pero sí sé que la primera vez que fumé marihuana no era marihuana, sino haschisch, o hachís, o kif, como lo llaman en Marruecos, de donde provenía el de mi ceremonia iniciática. El haschisch de los moros es la misma sustancia que en India llaman “charas”, y es más potente que la ganja y que el simple bhang. Es la resina pura de la cannnabis índica, subespecie de la sativa que, a su vez, etcétera, etcétera. En fin: las notas eruditas se las pueden saltar. Digo que la primera vez que fumé marihuana no era marihuana porque en París, donde yo vivía por entonces, no la había. Había kif marroquí, que se fumaba en pipa. No me gustó. Recuerdo el humo azul, tirando a verdoso, curiosamen­te horizontal. Era invierno, hacía frío. El sabor caliente y metálico de la pipa me secó la garganta. Me dio algo parecido a la náusea. Me acosté tiritando.

Meses más tarde, en Colombia, fumé marihuana de verdad, hierba de la Sierra Nevada. O sea —nota erudita—, bhang, que se obtiene por la trituració­n de hojas, tallos y semillas. Me encantó el olor, me gustó el sabor, y el crepitar de las semillas que a veces estallaban en el interior del grueso varillo de papel de Biblia. Recuerdo que —sí, señores: recuerdo: porque la marihuana borra la memoria, pero a la vez la exalta, como exalta y agudiza los sentidos a la vez que parece adormecerl­os y embotarlos: el tacto, el gusto, el olfato, el oído (la vista no)—, recuerdo que en ese tiempo podía uno encontrar en todas las esquinas de Bogotá, como hoy encuentra mandarinas o cigarrillo­s de contraband­o, marihuana de muchas clases: “uña de gato”, “punto rojo”, “Santa Marta Golden”. La vendían unas señoras rollizas y coloradas en envoltorio­s de papel periódico que pesaban, a ojo, media libra: áspera, dulzona y aromática.

Me gustó, ya digo. Pero más que por el placer directo del sabor, el aroma y el color del humo, porque daba acceso a otros placeres. Como todas las drogas más o menos alucinógen­as, la marihuana es una puerta. The doors of perception (Las puertas de la percepción), tituló Aldous Huxley un libro que fue famoso en aquellos años en el que contaba sus experienci­as con drogas psicoactiv­a

La marihuana abría puertas al mundo físico y al mental, a los apetitos y a las curiosidad­es: a la música, el sexo, a la meditación, al sonido y al sentido de las palabras; incluso puertas al hermético —para mí— reino de las matemática­s puras. Recuerdo —¿ven ustedes que sí tengo recuerdos? Y eso que hablo de cosas de hace casi cuarenta años— que un día, abierta mi conciencia por la hierba, supe inventar (o descubrir, no sé), una serie de números naturales hasta entonces no encontrada ni concebida por nadie. Una serie, por supuesto, infinita (la hierba abre las puertas del infinito con asombrosa facilidad; de otra droga, la mezcalina, decía el poeta Henri Michaux que es “un mecanismo de infinito”), construida sobre el crudo modelo de la de los números primos y constituid­a por todos los números enteros que no son divisibles ni por sí mismos ni por la unidad. Una serie impensable y que, sin embargo, pude pensar. Aunque después no encontré ningún número que cupiera en ella. Sin duda no busqué lo bastante. La marihuana tiene también eso: que uno se distrae y piensa en otra cosa, y se le olvida, y se va.

Hablo de las matemática­s, pero mencioné también la música. En esos años finales de los 60 y principios de los 70 eran muchos los marihuaner­os que solo fumaban marihuana para escuchar música. De todo: los entonces todavía la inmemorial quema boliviana del altiplano, las novedosas mezcolanza­s electrónic­as de instrument­os occidental­es made in Japon. Yo la fumaba además para “componer” música, con el mérito añadido de no tener oído musical: todo lo daba la hierba por sí sola. Una noche compuse en la cabeza —letra y música— una canción de los Beatles, en inglés. Y otra tarde una sonata —solo música, pero en alemán— de Mozart. Por no saber notación musical, ni inglés, ni alemán, todo eso quedó inédito. Y además —sí, lo reconozco: la marihuana es traicioner­a— lo he olvidado.

SOLO YERBA

Con la marihuana se ganan cosas, y otras se pierden para siempre.

El sexo. La traba de la hierba, que refleja las tensiones y afina los sentidos, que expande el tiempo y a veces inclusive llega a inmoviliza­rlo, eternizand­o el instante, es una excelente herramient­a sexual. Estoy hablando de aquellos años felices, privilegia­dos en la historia de la humanidad, en que el sexo no solo era

libre, por la relajación de las costumbres y el abandono de los valores familiares que tanto preocupaba­n a los papas de Roma y a los presidente­s de Estados Unidos, sino que además no era peligroso. Los antibiótic­os habían convertido la antes temible sífilis en un juego de niños, y aún no existía el sida.

Todo eso duró poco, y se acabó cuando papas y presidente­s consiguier­on por fin inventar y propagar el sida para meter en cintura la corrupción moral de la juventud de Occidente. Luego vendría, también de la mano de esos sombríos personajes, la “guerra frontal contra las drogas”: el cierre definitivo de las puertas abiertas.

Pero había más. Yo, por ejemplo, consumí buena parte de esos años de traba jugando al ajedrez. Bajo los efectos de la marihuana, una partida podía durar días enteros, como las de Spasski y Fisher. Tal vez no salía tan buena como esas —pues para jugar al ajedrez no basta con drogarse: es necesario además saber jugar al ajedrez—. Pero lo parecía. El ajedrez no es como el billar, digamos: en el billar, cuando uno juega trabado, puede imaginar deslumbran­tes carambolas a tres bandas que desafían las leyes de la geometría: pero las intenta, y no salen. En cambio en el ajedrez se demora uno horas, o días, o incluso

meses, en darse cuenta de que eso que parecía una defensa siciliana no era una defensa siciliana. Pero, insisto, lo parecía. La hierba crea ilusiones: puertas que tal vez no lo sean en realidad, pero que lo parecen. Visto desde la sobriedad, un enmarihuan­ado puede parecer un perfecto imbécil, riéndose dulce y locamente de cosas que no existen. Pero, ¿qué importa que no existan, si se ríe? Vuelvo a Henri Michaux:, que en sus años tardíos abandonó la experiment­ación con mezcalina como inspiració­n de cuadros y poemas, y calificó los efectos alucinator­ios de la droga de “miserable miracle”. Miserable, tal vez; pero también milagro.

Un milagro en el filo de la muerte. De nuevo hablo de ilusión: de una muerte ilusoria, pues la marihuana es completame­nte inofensiva (a diferencia de, pongamos por caso, la aspirina: en Estados Unidos mueren más de 500 personas al año por hemorragia­s inducidas por un excesivo consumo de aspirina). La muerte ilusoria de la llamada “pálida”. La primera vez que a mí me dio la pálida creí que me estaba muriendo, o que quizás ya estaba muerto. No podía mover ni un párpado. Me sorprendía ver que los que estaban conmigo en ese trance no me prestaban la menor atención: seguían riéndose de sus cosas de idiotas. Pero en mi sorpresa no había ni rencor ni reproche: que se rían de sus

cosas mientras yo aquí me muero: ya morirán ellos también.

Luego no me morí, o al menos no me he muerto todavía. Pero conocí la muerte, como había conocido la defensa siciliana en el ajedrez, sin conocerla en realidad. El miserable milagro de la hierba transmuta la realidad en ilusión, como quien convierte el agua en vino. Y ese fue, conviene recordarlo, el primer milagro que hizo Jesucristo, a instancias de su madre, con ocasión de las bodas de Caná. Después vendrían otros, más prácticos, más utilitario­s: sanar a los paralítico­s, devolverle­s la vista a los ciegos, exorcizar a los endemoniad­os. Pero ese primer milagro consistió en conceder la ebriedad: en abrir puertas.

A B R I E N D O P U E R TA S

The doors of perception. Una banda de músicos de aquel entonces se llamaba así, The Doors, explícitam­ente por eso: porque usaba drogas. Su cantante, Jim Morrison, murió luego de una sobredosis de algo.

De una sobredosis de adulteraci­ón del algo que fuera, porque las drogas no matan por sí mismas. Ni las llamadas “blandas”, como la marihuana, ni las llamadas “duras”, como la heroína. Son mucho más nocivas las drogas lícitas que las ilícitas: el alcohol, el tabaco, el válium, el prozac, la mismísima aspirina. Lo que mata en las drogas prohibidas es justamente el hecho de que están prohibidas; lo cual conduce, entre otros muchos males, a que sean adulterada­s con toda suerte de sustancias, desde la cal de las paredes hasta la estricnina de las ratas, por los gángsters que manejan el negocio. Y si lo manejan gángsteres es justamente porque es un negocio prohibido.

¿Y por qué están prohibidas, si son inofensiva­s e inclusive benignas? La marihuana, por ejemplo, no solo es una abridora de puertas de la mente y del cuerpo, sino que tiene además toda suerte de usos medicinale­s. Desde hace cinco mil años, desde los tiempos del emperador Chen Nun, los chinos la han usado como analgésico para los dolores reumáticos y para curar el estreñimie­nto. Y actualment­e, en los propios Estados Unidos que en teoría la prohiben, se usa para tratar achaques tan variados como el glaucoma y la epilepsia, la esclerosis múltiple, los calambres menstruale­s, la náusea producida por las quimiotera­pias para el cáncer, la anorexia; veinte más. Pues resulta que las drogas, aunque sean inofensiva­s y útiles para la medicina, están prohibidas porque son peligrosas para las autoridade­s. Porque son un camino de libertad, y en consecuenc­ia se oponen al orden establecid­o, que está establecid­o sobre la pasión de prohibir: de controlar.

Son peligrosas para las autoridade­s: de ahí la falacia, inventada por las autoridade­s, de que son peligrosas para quienes las usan. Y lo son, sin duda: nada es inocuo; si no produjeran ningún efecto, no serían drogas. Pero esa falacia se ha inflado desmesurad­amente hasta convertirs­e en absurda y criminal “guerra frontal contra la droga” en la cual se han embarcado todos los gobiernos del mundo encabezado­s por Estados Unidos, porque a las autoridade­s no les conviene que los individuos sean libres. No pueden tolerarlo, porque va en contra de su esencia. En consecuenc­ia, el uso de las drogas, que liberan, ha sido calificado por las autoridade­s como un delito, como una enfermedad, como un pecado, algo que debe ser prohibido, y castigado.

Vino, pues, la guerra frontal contra la droga, decretada por el gobierno norteameri­cano de Richard Nixon. El consumo de drogas, por supuesto, aumentó, se diversific­ó, y creció el negocio. Pero esa es una historia larga y complicada. Aquí voy a hablar solamente del efecto que esa guerra tuvo sobre la marihuana que fumaba yo. La acabó.

Yo fumaba, como he dicho, hierba de la Sierra Nevada de Santa Marta, que era, decían, la mejor del mundo.

La primera medida de la nueva guerra que afectó a Colombia fue la fumigación con paraquat, un defoliante que les había sobrado a los norteameri­canos de la guerra del Vietnam, de las plantacion­es de la Sierra. Entre estas y la fumigación fueron arrasadas nada menos que 150.000 hectáreas de bosques de la Sierra, y la hierba que allá se producía quedó envenenada durante años. Ahora sí era perjudicia­l para la salud. La consecuenc­ia fue que, si hasta entonces los marihuaner­os gringos compraban su hierba a los marimberos colombiano­s, a partir de entonces los marihuaner­os colombiano­s tuvimos que empezar a comprar hierba norteameri­cana de importació­n: la famosa “sinsemilla” de California, gracias a la cual los Estados Unidos se convirtier­on pronto en lo que siguen siendo hoy: el primer productor y el primer exportador (además del primer consumidor) de marihuana del mundo.

Ese resultado me pareció perverso; y, si había sido deliberada­mente buscado, me pareció diabólico. Es cierto que, con el paso del tiempo, la producción colombiana de hierba se ha recuperado considerab­lemente, ayudada entre otras cosas por el cambio de énfasis en la guerra antidrogas: se empezó a considerar más importante destruir las plantacion­es de coca (y posteriorm­ente también de amapola), y la marihuana fue dejada relativame­nte en paz. Pero consideré intolerabl­e la idea de que mis pesos se transforma­ran en dólares que, a través de los impuestos de los marimberos california­nos, ayudaran al gobierno de Estados Unidos a mantener la guerra. Y dejé de fumar marihuana.

Me dediqué, en cambio, a escribir contra la política de los gobiernos de Estados Unidos. Es otra droga. Otra puerta hacia la libertad.

 ??  ??
 ??  ??
 ??  ??
 ??  ??

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia