De ve­llos re­bo­san­tes Por Fá­ti­ma Vé­lez

POR FÁ­TI­MA VÉ­LEZ RE­TRA­TO: ÁLVARO TA­PIA HI­DAL­GO

SoHo (Colombia) - - SOMMAIRE -

CUAN­DO ME SIEN­TO a tra­ba­jar, cuan­do es­toy so­la, cuan­do to­dos se han ido, de pier­nas cru­za­das, mi cuer­po se re­sis­te; su re­sis­ten­cia em­pie­za con una efer­ves­cen­cia, unas cos­qui­llas que pa­re­cían es­tar es­pe­ran­do la quie­tud pa­ra as­cen­der. An­te es­ta ma­ni­fes­ta­ción, pier­do po­si­bi­li­dad de quie­tud; el cuer­po to­ma su mano y la po­ne en­tre las pier­nas. Di­go “bas­ta”, pe­ro es­te y sus cos­qui­llas y la in­quie­tud no se de­tie­nen, así que, re­sig­na­da, me­cá­ni­ca, el cuer­po me le­van­ta, su­be las es­ca­le­ras, lle­ga has­ta el cuar­to, va al cló­set y le ayu­do a bus­car el vi­bra­dor, o a ve­ces ni si­quie­ra; nos acos­ta­mos en la ca­ma, o a ve­ces ni si­quie­ra, y re­con­ci­lián­do­nos (por­que eso de la se­pa­ra­ción del cuer­po y es­ta pri­me­ra per­so­na ya sa­be­mos que no es más que una fic­ción) ima­gi­na­mos una es­ce­na, ca­si siem­pre or­gías, sin con­dón, re­gue­ros de se­men, una mu­jer, die­ci­séis hom­bres.

Pe­ro, tris­te­men­te, tam­bién pa­sa que, sin que­rer­lo, por una te­rri­ble per­ver­sión que se nos sa­le de las ma­nos, ex­trae­mos pla­cer de ex­pe­rien­cas trau­má­ti­cas; por ejem­plo, cuan­do me enamo­ré de mis ami­gos ho­mo­se­xua­les y su­fría por­que ellos no que­rían es­tar con­mi­go por ser mu­jer; ima­gi­na­ba es­ce­nas de hom­bres en un bos­que to­cán­do­se, mas­tur­bán­do­se, pe­ne­trán­do­se, y era en ese mo­men­to lo úni­co que me ex­ci­ta­ba. En esa épo­ca mi ima­gi­na­ción te­nía que fun­cio­nar en su má­xi­ma po­ten­cia por­que vi­vía­mos en una fin­ca, le­jos de to­do, le­jos del porno, por lo me­nos. Y yo te­nía que crear es­tas es­ce­nas de hom­bres a pa­lo se­co. Aho­ra, el te­ma que me ob­se­sio­na es el de mi no­vio y los ca­chos que me pu­so con una ga­lle­ga que to­da­vía no sé si es bo­ni­ta o no, pe­ro el ca­so es que no hay na­da que me ex­ci­te más que ima­gi­nar a esos dos re­vol­cán­do­se. Co­mo me­di­da de sa­na­ción, vuel­vo a las or­gías, y co­mo mi ima­gi­na­ción es­tá un po­co atro­fia­da por eso del do­lor de los ca­chos, vuel­vo al porno, tan ac­ce­si­ble, tan al al­can­ce.

You­porn, por lo ge­ne­ral. Pe­ro es­toy can­sa­da de lo ge­ne­ral. Es­toy can­sa­da, por ejem­plo, de ver porno, mas­tur­bar­me y vol­ver a lo que es­ta­ba ha­cien­do me­dio ma­rea­da y co­mo ha­bien­do per­di­do vein­te neu­ro­nas. Me pre­gun­to si hay pla­cer ahí. Lo ha­blo con mis ami­gos hom­bres. Uno de ellos me cuen­ta que su adic­ción al porno es­ta­ba a pun­to de lle­var­lo al sui­ci­dio has­ta que des­cu­brió el porno ita­liano de los años se­sen­ta, en el que las mu­je­res aún no te­nía­mos esa ob­se­sión por afei­tar­nos. Y yo que lo ha­go y ni si­quie­ra sé muy bien por qué; su­pon­go, en par­te, pa­ra sa­tis­fa­cer unos de­seos mas­cu­li­nos de es­ta épo­ca, que no es que sea una épo­ca de unos de­seos y una es­té­ti­ca muy re­fi­na­dos, pues, pen­se­mos, ¿qué es lo que tan­to pla­cer pro­du­cen es­tas va­gi­nas lam­pi­ñas co­mo las de una ni­ña?

Pe­ro vol­vien­do a mi ami­go y al porno ita­liano vin­ta­ge, me di­jo que lo que más le in­tere­sa de es­te son dos co­sas. Una, esa que ya men­cio­né, los es­plén­di­dos ve­llos va­gi­na­les. De re­pen­te, mi ami­go des­cu­brió una fi­ja­ción que no sa­bía que te­nía y que, di­ce, le pro­du­ce un pla­cer que no sa­bía que el porno po­día pro­du­cir. Por otra par­te, la len­ti­tud. Hay que ver, ade­más del ali­vio es­té­ti­co que ge­ne­ran los co­lo­res y las tex­tu­ras de los se­sen­ta, lo que pro­du­ce la len­ti­tud con que la mu­jer ru­bia, de te­tas con pe­zo­nes pa­ra­di­tos y va­gi­na de ve­llos re­bo­san­tes, mas­tur­ba al hom­bre en la du­cha, có­mo co­rre el agua so­bre sus cuer­pos, y ella, con la pun­ta de la len­gua, le la­me con tan­ta sua­vi­dad y en­tre­ga la pun­ta del pe­ne y con una es­pon­ja ama­ri­lla lle­na de ja­bón le res­trie­ga el pla­cer del mun­do so­bre el pe­cho..

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