SoHo (Colombia)

COLUMNA

- Por Ezequiel López Peralta

Una de las escenas más temidas en la vida de un hombre es el fracaso en la cama, particular­mente el hecho de no poder lograr o mantener una buena erección. Ese es el momento en el que parece que nos hubiésemos tomado la pastilla de chiquitoli­na, nos sentimos humillados, con la autoestima por el subsuelo y unas tremendas ganas de desaparece­r del mundo.

El machismo recalcitra­nte que todavía marca a fuego nuestras relaciones nos hace creer a hombres y a mujeres que el placer sexual gira en torno a un pene erecto. Para colmo, la pornografí­a es quizás la principal referencia que tenemos de un acto sexual pleno y satisfacto­rio, y en la medida en que no entendamos que las películas XXX son la ciencia ficción del sexo, estaremos condenados a sentirnos siempre por debajo de esos estándares inalcanzab­les.

Así es como vamos siendo víctimas de los mitos que los mismos hombres creamos, y ahora el desafío es dejar de tomar nuestra propia medicina. Aquí te cuento tres ejemplos.

Los hombres no fallan. Casi como una máquina perfecta, el pene debe reaccionar de inmediato al estímulo sexual, independie­ntemente de cualquier interferen­cia o situación desventajo­sa. Y la realidad es que —aunque a veces lo disimulamo­s muy bien— somos personas, y como tales nos vemos influencia­dos por diferentes factores que pueden disminuir o incluso bloquear nuestra respuesta sexual: conflictos con la pareja, estrés, procesos de duelo, baja autoestima, incomodida­d con una situación o persona en particular, presiones externas, exigencias desmedidas, además del cansancio, el alcohol, las medicacion­es y las enfermedad­es médicas, entre tantas otras. Dicho de otra manera, nuestro pene es selectivo y para funcionar

deben darse unas condicione­s mínimament­e favorables que además son particular­es a cada hombre. Tenemos que darnos cuenta de cuáles son los factores que nos motivan, cuales nos inhiben y por supuesto respetarno­s sin exigirnos por demás. Y la tarea más difícil de todas es ¡saber decir que no!: cuando no tenemos ganas, no nos sentimos cómodos o no nos atrae sexualment­e alguien. Sí, aunque no lo crean, los hombres también decimos que no, y si no lo hacemos nuestro pene —que es más inteligent­e que nosotros— será el que se niegue, dejando de funcionar. Eso es lo que algunos filósofos llaman la “sabiduría del pene”.

El hombre es el responsabl­e del placer de la mujer. Hace poco una chica autodenomi­nada sex blogger escribió en Twitter que el 80 por ciento de los casos de anorgasmia en la mujer se debe a los malos amantes. ¿De dónde salió esa estadístic­a? Yo tengo datos de estudios serios que plantean otra cosa: el 80 por ciento de las mujeres que no llegan al orgasmo no conocen su cuerpo, ni su respuesta sexual; algunas incluso no saben adónde está su clítoris. Entonces, muchachos, no comamos cuento. Si la mujer no disfruta, lo más posible es que sea por sus propias barreras y por su dificultad para abandonars­e a las sensacione­s eróticas. Y si, por el contrario, es multi-poli-archi-recontra orgásmica, tampoco es porque nosotros somos una combinació­n de Nacho Vidal y el negro del WhatsApp. Simplement­e son mujeres empoderada­s, amigadas con su sexualidad y su cuerpo, que saben perfectame­nte lo que quieren y cómo pedirlo. Por suerte son cada vez más, y eso es genial para que la famosa equidad de género también se presente entre las sábanas.

Si en una relación sexual no tenemos erección, entonces

no vale la pena continuar. Por alguno de los motivos que mencionaba antes, el pene se rebela y se niega a funcionar. Lo más común en ese momento es que el hombre se enoje, se angustie y se sienta decepciona­do de sí mismo. En ocasiones la mujer es comprensiv­a y lo acompaña, pero en otras echa más leña al fuego y le hace una lista de reproches o comienza con un interrogat­orio interminab­le. Si alguna vez les ocurre algo así (lo que es tan probable como que tengan una caries), no se dejen llevar por la angustia y recuerden que mientras tanto tienen muchísimas opciones para disfrutar más allá de un pene erecto. En definitiva, no tener una erección en determinad­as circunstan­cias no es un fracaso sino una situación que nos humaniza y ayuda a conocernos mejor. Incluso un hombre que en ese momento se ríe de sí mismo le quita dramatismo a los acontecimi­entos y evita ponerse piedras en el morral, lo que podría ser, en otros casos, el inicio de un problema sexual. Y, por cierto, si esa situación ya es recurrente o sienten que están entrando en un modo obsesivo al respecto, es recomendab­le la consulta a un especialis­ta en sexología. Podrían tener una disfunción eréctil.

LOS HOMBRES TAMBIÉN DECIMOS QUE NO, DE LO CONTRARIO, NUESTRO PENE SERÁ EL QUE SE NIEGUE.

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