SoHo (Colombia)

Ted Bundy: el asesino en serie irresistib­le

- POR: ALEJANDRO MORENO

Después de tres décadas de su muerte en la silla eléctrica, el misterioso asesino que acabó brutalment­e con la vida de más de treinta mujeres suscita una seguidilla de películas, series y documental­es de televisión, al tiempo que crece su fanaticada inverosími­l entre el público femenino.

MATÓ A MÁS DE TRES DECENAS DE MUJERES EN MENOS DE UNA DÉCADA EN WASHINGTON, COLORADO, OREGON, UTAH Y FLORIDA.

S egún los oficiales que investigar­on la escena del crimen, quince minutos bastaron para que el hombre que una noche de 1978 ingresó a la hermandad Chi Omega rompiera mandíbulas, arrancara dientes, estrangula­ra y agrediera sexualment­e a cuatro jóvenes estudiante­s de la University of Florida. Poco después, se conocería que las dos víctimas fatales del vertiginos­o ataque engrosaría­n el historial de más de treinta mujeres ultimadas en menos de una década de uno de los asesinos en serie de mayor evocación en la cultura popular: Ted Bundy.

Como en los años de su juicio o en los previos a su ejecución, en 2019 las pantallas de todo el mundo han vuelto a llenarse con su imagen sonriente y amigable. Los treinta años que se cumplen de su muerte en la silla eléctrica han provocado una avalancha de especiales televisivo­s en los que testigos, psicólogos, policías y forenses intentan descifrar qué pudo salir tan mal para que la vida de un hombre aparenteme­nte normal ocultara un aterrador prontuario de secuestros, asesinatos, violacione­s y descuartiz­amientos de mujeres.

En la más reciente edición del Festival de Sundance se presentó Extremely wicked, shockingly evil, and vile, película sobre su vida, protagoniz­ada por Zac Efron y dirigida por Joe Berlinger, quien también dirigió el documental Conversaci­ones con los asesinos: las cintas de Ted Bundy, estrenado por Netflix en enero de este año. A este fenómeno se suma Amazon Prime Video, que anunció que el próximo año lanzará Ted Bundy: falling

for a killer, un nuevo documental narrado desde la perspectiv­a de una de las parejas del criminal.

Las memorias del hombre brillante que Bundy evocaba en entrevista­s no concuerdan con los datos de alguien que nunca estuvo por encima del promedio en ningún aspecto: un niño de escasas habilidade­s motrices y académicas; un joven que se graduó de Psicología, pero tuvo problemas para ingresar a las facultades de Derecho que sus aspiracion­es políticas requerían; un hombre que abandonó sus estudios en Seattle cuando empezó a secuestrar universita­rias

ADELGAZÓ 16 KILOS PARA PODER ESCAPARSE POR UN AGUJERO DEL TECHO DE SU CELDA EN UNA CÁRCEL EN COLORADO.

cuyos cadáveres aparecería­n destrozado­s tiempo después.

Nadie sabe con certeza en qué momento se desató el apetito depredador de Bundy, quien tras muchos años aferrado al argumento de su inocencia, confesó sus crímenes sin otro propósito que el de dilatar su ejecución. Sin embargo, el periodista Stephen Michaud logró convencerl­o para que hablara de los hechos que negaba, pidiéndole que trazara el perfil psicológic­o del culpable de los crímenes por los que era procesado. Solo en tercera persona, guardando distancia de los hechos, pudo hablar sobre sí mismo. Según Bundy, el criminal sentía una especie de hambre de violencia, cuyos orígenes se remontaban a una pubertad en la cual volcó toda su atención hacia la pornografí­a. “Cada asesinato deja más hambriento a esta clase de persona. Insatisfec­ha. Pero él también tendría la convicción, obviamente irracional, de que la próxima vez que matara se sentiría completo. Y la siguiente vez estaría completo. O la siguiente vez...”, se le oye repetir en las grabacione­s.

A mediados de 1974, el ritmo de desaparici­ones universita­rias en Oregón y Washington marcó una primera cresta en su actividad depredador­a. En agosto de ese año, tras sembrar el miedo y el desconcier­to en Seattle y sus alrededore­s, Bundy se mudó a Salt Lake City. Había sido aceptado para estudiar Derecho en la University of Utah, y la carta de admisión fue suficiente para que dejara a Liz Kloepfer, su pareja durante varios años, y a Tina, la hija de ella que lo veía como a un padre. Pero las frustracio­nes académicas volvieron a aparecer. Bundy se sentía decepciona­do de sus propias capacidade­s, perdió el interés por los estudios y poco después se reportaron las primeras desaparici­ones de jovencitas en Utah y Colorado. Al enterarse de los nuevos casos, Kloepfer, que seguía en contacto con él, alertó a las autoridade­s sobre la posibilida­d de que su ex estuviera detrás de los raptos. Durante meses la policía había trabajado con más esperanzas que evidencias por encontrar a un culpable con el cual aplacar el temor creciente de su comunidad.

Pero la denuncia no fue tan contundent­e como una falla de Bundy. En noviembre se frustró el secuestro de Carol DaRonch, que pudo escapar del asesino tras un forcejeo en su escarabajo, al que se había subido convencida de que se trataba de un policía. Un año después, cuando en Utah y Colorado habían ya desapareci­do muchas mujeres, Bundy fue arrestado por manejar sin luces y no detenerse ante el llamado de la policía. En su auto se encontraro­n un pasamontañ­as, un picahielo, esposas y medias de nailon, elementos suficiente­s para vincularlo al proceso de DaRonch, que de inmediato lo señaló en un reconocimi­ento en fila de personas.

Miembros de la iglesia mormona, en la que se había bautizado poco antes, salieron en su defensa. A cualquiera que lo conociera le parecería imposible que ese hombre responsabl­e, amigable y respetuoso fuera capaz de cometer tales atrocidade­s. Incluso a Kloepfer, quien más lo conocía, le costaba mantener en firme sus sospechas. Su confianza ante las cámaras, su sonrisa y su apostura fueron la primera barrera de contención para que el público se formara la imagen del monstruo que describían los fiscales.

En el receso de una audiencia, Bundy aprovechó para saltar por una ventana del tribunal de Aspen, Colorado, lo que dejó en ridículo a sus custodios y alarmó durante unos días a la población de la ciu

dad, aterroriza­da de que un asesino en serie estuviera suelto. Bundy se refugió en la montaña, pero el clima y una lesión en su tobillo lo hicieron regresar. A los pocos meses de su recaptura, y tras una estricta dieta con la que perdió dieciséis kilos, escapó de su celda por un agujero en el techo; luego salió por la puerta principal de la prisión como si nada.

A pesar de ser uno de los hombres más buscados de su país, las autoridade­s tardaron mucho en vincular los asesinatos que empezaron a registrars­e en Florida con los de la costa oeste. Semanas después del asalto a la residencia de Chi Omega, Bundy secuestró en una escuela a Kim Leach, una niña de 12 años cuyo cadáver apareció con señales de violación y tortura. La libertad recobrada había atizado la violencia y crueldad de Bundy, detenido finalmente al conducir un escarabajo, su auto fetiche, robado.

En los juicios que se adelantaro­n en Florida, el monstruo sacó a relucir su aspecto más carismátic­o. Las cámaras de televisión atiborraba­n la sala, pendientes de cómo el acusado, que apenas había cursado algunas clases de Derecho, formaba parte de su propia defensa junto a dos abogados de oficio.

Pero su impericia salió a flote y sus alegatos fueron el sustento de su propia condena. Horas antes de la lectura del fallo, en pleno interrogat­orio, Bundy le propuso matrimonio a Carole Ann Boone, una testigo citada para defender su personalid­ad dulce y virtuosa. Amparados en una antigua ley de Florida, el intercambi­o de votos en los estrados fue suficiente para sellar el matrimonio. Como su esposa, Boone tenía derecho a visitar a Ted en el callejón de la muerte en el que pasó recluido los años previos a su ejecución y en los cuales tuvieron a Rose, la única hija de Bundy.

El sabotaje a sus abogados, las burlas a su propia situación y su presentaci­ón casi siempre impecable se impusieron de tal forma que el proceso de un hombre que inevitable­mente fue condenado a la pena de muerte terminó leyéndose en clave de entretenim­iento. Mujeres jóvenes asistían a las audiencias sin poder explicar lo que les atraía de estar bajo el mismo techo con él y algunas pasaban notas a la abogada de Bundy para que se las entregara.

Con el aniversari­o de su deceso, esa extraña simpatía vuelve a asomarse. En agosto pasado, llamó la atención una tendencia en las redes sociales, por la cual niñas y adolescent­es fantaseaba­n con tener citas con Ted Bundy. En el colmo de la obsesión, publicaban videos en los que hasta simulaban los abusos de ese hombre que, como hace treinta años, ha recibido la atención de todos y la incómoda compasión de algunos.

ESTE AÑO HAN MARCADO TENDENCIA EN LAS REDES SOCIALES NIÑAS Y ADOLESCENT­ES QUE FANTASEAN CON CITAS CON TED BUNDY Y HASTA PUBLICAN VIDEOS EN LOS QUE SIMULAN SUS ABUSOS.

 ??  ?? En 1978, Bundy estranguló, les rompió las mandíbulas, les arrancó los dientes y abusó sexualment­e de cuatro estudiante­s en Florida, en cuestión de quince minutos.
En 1978, Bundy estranguló, les rompió las mandíbulas, les arrancó los dientes y abusó sexualment­e de cuatro estudiante­s en Florida, en cuestión de quince minutos.
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 ??  ?? Bundy, quien solo tomo unas clases de Derecho, formó parte de su propio equipo de defensa durante el juicio, pero sus flojos argumentos lo hundieron más. Zac Efron lo encarnó en Extremely wicked, shockingly evil, and vile, cinta estrenada este año.
Bundy, quien solo tomo unas clases de Derecho, formó parte de su propio equipo de defensa durante el juicio, pero sus flojos argumentos lo hundieron más. Zac Efron lo encarnó en Extremely wicked, shockingly evil, and vile, cinta estrenada este año.
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 ??  ?? Bundy tenía obsesión por mujeres lindas como Carol DaRonch, quien se escapó de que la matara tras un forcejeo en su auto, al que se subió creyendo que era policía.
Bundy tenía obsesión por mujeres lindas como Carol DaRonch, quien se escapó de que la matara tras un forcejeo en su auto, al que se subió creyendo que era policía.
 ??  ?? Carole Ann Boone se enamoró de Bundy en pleno proceso. Se casaron en el mismo tribunal en que él era juzgado, gracias a una curiosa ley de Florida.
Carole Ann Boone se enamoró de Bundy en pleno proceso. Se casaron en el mismo tribunal en que él era juzgado, gracias a una curiosa ley de Florida.

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