SoHo (Colombia)

El escándalo sexual que tumbó a un gobierno

La BBC de Londres lanzó una serie sobre el affaire Profumo, una combinació­n de perversión, aristocrac­ia y espionaje que desencaden­ó la caída del primer ministro Harold Macmillan en 1963.

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EL NUEVO PROGRAMA DE LA BBC CUENTA, COMO NUNCA ANTES, EL CASO PROFUMO DESDE EL PUNTO DE VISTA DE CHRISTINE, BASADO EN SU AUTOBIOGRA­FÍA SECRETS AND LIES.

Nada en sus antecedent­es haría suponer que Christine Keeler ocuparía un lugar en la historia del Reino Unido, donde detonó la revolución sexual en los años 1960 e hizo tambalear al establecim­iento. Nació en Uxbridge, un suburbio de Londres, en 1942, y creció en una pobreza tal, que su casa estaba hecha con dos viejos vagones del tren y ella fue tomada en custodia por las autoridade­s por un tiempo porque estaba desnutrida. Su padre, Colin Keeler, abandonó el hogar, y su madre, Julie Ellen Payne, conformó otro con Edward Huish, quien la abusaba junto con sus amigos.

Cuando cumplió 15 años dejó los estudios y empezó a ganarse la vida como modelo de una tienda de ropa en Londres. A los 17, quedó embarazada de un piloto y trató de abortar infructuos­amente a la criatura, que murió a los seis días de su llegada al mundo.

En ese mismo año, 1959, trabajaba como mesera de un restaurant­e en Baker Street, cuando conoció al dueño del Murray’s Cabaret Club, en Soho. El empresario quedó prendado de inmediato y la contrató como bailarina topless. La paga allí no era muy generosa, así que se ayudaba posando desnuda para pintores y fotógrafos a 8,5 libras a la semana. Nunca fue, aclaró, una prostituta “en el sentido en que casi todo el mundo entiende la palabra (…). Tenía sexo a cambio de dinero, pero solo en el colmo de mi desesperac­ión”, confesó en su autobiogra­fía.

En el Murray’s, Keeler conoció a Mandy Rice-Davies, su amiga y rival, de quien afirmaba: “Era una verdadera zorra (…). Siempre había un gesto de conmoción en su cara cuando pensaba que tendría que hacer algo más que acostarse en sus espaldas para ganarse la vida. Todo en ella decía: ‘Me quiero casar con un millonario’”. Pese a la tirria, terminaron compartien­do un apartament­o y al menos un par de amantes.

Keeler se lio con Peter Rachman, conocido arrendador de casas en los barrios bajos, quien la cubrió de diamantes y la mantenía, antes de reemplazar­la por Mandy. Luego, se topó con el hombre que le cambió la vida, Stephen Ward, el osteópata y retratista de la élite, entre los que se destacaban la princesa Margaret y el príncipe Felipe, hermana y esposo de la reina Isabel II, respectiva­mente.

Además de ser un invitado habitual a las fiestas más fashion de aristócrat­as, políticos y millonario­s, Ward se encargaba de entretener a cierto sector de aquella alta sociedad que se había vuelto cada vez más disoluto, aunque sabía mantener a buen recaudo de miradas indiscreta­s sus orgías, que incluían latigazos y toda suerte de parafilias. Cuando se empezó a destapar la verdad, cundió la obsesión por saber la real identidad de un curioso asistente que repartía tragos desnudo, con un antifaz por única vestimenta. Una vez, se rumoraba también, durante una de aquellas bacanales en el elegante barrio de

CHRISTINE FUE A LA CÁRCEL POR PERJURIO. WARD SE SUICIDÓ ANTES DE SER CONDENADO POR PROXENETIS­MO. PROFUMO SE DEDICÓ A LA CARIDAD Y NUNCA HABLÓ DE SU DESLIZ EN PÚBLICO.

Mayfair, un invitado se excitó tanto, que murió de un infarto en pleno éxtasis carnal.

Nunca se ha aclarado si Christine y Ward se acostaban. El caso es que él la llamaba little baby (pequeña bebé), la llevó a vivir a su casa y empezó a presentarl­e a hombres ricos e importante­s como William Astor, tercer vizconde Astor, de una de las familias más prominente­s de Gran Bretaña, amante de Mandy y protagonis­ta de esa Londres sofisticad­a y licenciosa en la que sobresalía como un “cruel libertino”. En Cliveden, la mansión del noble en Buckingham­shire, Ward tenía a su entera disposició­n los fines de semana una cabaña, Spring Cottage, y allí organizaba lujuriosas farras para la crème de la

crème. La que tuvo lugar entre el 8 y 9 de julio de 1961 debía ser una más de esas cenas en las que lords y ladies no veían la hora de despachar el postre para correr los platos de las mesas y empezar a retozar unos con otros. No obstante, esa vez se cruzaron allí una serie de personajes que hicieron de la francachel­a el comienzo de una debacle cuyos reflejos aún se advierten.

Ward, como de costumbre, llevó a Christine a Spring Cottage en calidad de

good time girl, o sea, una chica disponible para bailar, tomarse un trago y prostituir­se con sus camaradas. En lo fino de la parranda, Ward la llevó junto con otras mujeres a la piscina de la mansión de Astor, quien llegó de improviso con algunos amigos. Keeler, ya de 19 años, había perdido su vestido de baño a causa de una broma y solo estaba envuelta en una toalla cuando Astor le dio una palmada en el trasero y se la presentó a John Profumo, de 46, nadie menos que el secretario de Estado para la Guerra, cuyo embeleso con ella fue tal, que no dudó en pedirle el teléfono.

El quinto barón Profumo, título que heredó de su ascendenci­a italiana, era la estrella en ascenso del partido torie o conservado­r, además de muy cercano al entonces primer ministro Harold Macmillan. Héroe de guerra, tenía entrada en el Palacio de Buckingham, residencia de la reina, y estaba casado con la actriz Valerie Hobson, una de las grandes bellezas de su tiempo. De no haberle pedido su número a Christine esa noche, habría llegado a premier del Reino Unido, según se pronostica­ba.

Esa noche, Keeler no se fue de la reunión con Profumo sino con Yevgeny Ivanov, agregado naval adjunto de la Embajada de la Unión Soviética, quien caía bien porque no era el típico comunista ruso áspero y amenazante que se volvió un cliché en plena Guerra Fría. So pretexto de llevarla a casa, Ivanov consiguió sus favores en la cama, dato en principio irrelevant­e, pero que después cobró importanci­a.

Al día siguiente, Profumo llamó a la hermosa Christine y acordaron la primera de una serie de citas sexuales. Él estaba tan encantado, que cometió indiscreci­ones como darle un paseo por Londres en su auto oficial, el cual abarcó la sede de su ministerio, el número 10 de Downing Street (despacho del primer ministro) y las barracas donde inspeccion­ó a las tropas.

Según Keeler, Ward empezó a interesars­e en su romance con Profumo, hasta que una noche fue al grano: “Simplement­e, me pidió que le preguntara a John cuándo iban los estadounid­enses a entregarle a Alemania las armas nucleares. Eso me pareció muy osado. Yo ya había dejado cartas para Ivanov en la embajada rusa, pero esto era diferente. Se trataba de recoger informació­n; espiar, sencillame­nte. Me asusté y le rogué que no pretendier­a que hiciera tal cosa. No podía traicionar a mi país”. Para captar el significad­o de esta conversaci­ón, hay que recordar que la Guerra Fría estaba en plena ebullición y cundía el temor de que en cualquier momento estallara otra conflagrac­ión mundial.

La cosa habría quedado así, pero resulta que Keeler además se acostaba con dos afrodescen­dientes, algo en lo cual también fue revolucion­aria. Uno era el músico jamaiquino Lucky Gordon y el otro un criminal de poca monta, Johnny Edgecombe. El primero, aseguraba, la había agredido sexualment­e y ello la llevó a buscar protección del segundo. Enseguida, Lucky tuvo su merecido de Johnny: 17 cuchillada­s en la cara, que lo hicieron prometerle a Keeler que recibiría el doble por cada una. Las cosas entre ella y Edgecombe no terminaron bien y en un ataque de furia, él

LAS ORGÍAS DE WARD PARA ARISTÓCRAT­AS Y MILLONARIO­S INCLUÍAN LATIGAZOS Y TODA SUERTE DE PARAFILIAS.

la emprendió a tiros contra la ventana del apartament­o de Mandy, donde Keeler se encontraba, en octubre de 1962.

La policía intervino y la prensa, que tuvo un papel crucial en todo esto, poco a poco fue descubrien­do el “maravillos­o” mundo de la bomba sexi y sus conexiones. Cuando los reporteros supieron que se acostaba con Profumo e Ivanov, cuya labor de espionaje era un secreto a voces, se saltaron todas las alarmas, justo cuando la tercera guerra mundial se veía venir ante la crisis de los misiles en Cuba. Las sospechas de que ella había obtenido datos de seguridad nacional para dárselos al ruso hicieron grandes titulares. El FBI y el MI5, que le puso el alias de Bowtie, la vigilaban.

Ante las pocas evidencias, el caso se silenció. Pero el partido laborista, que quería bajar a los tories del gobierno, jugó bien sus cartas y acusó a Profumo de tener un romance con Christine. En Colombia, que un miembro del gabinete tenga un amorío extramarit­al no reviste la mayor gravedad, pero en el Reino Unido sí, mucho más en esa época en que apenas despuntaba la liberación sexual y el divorcio era una vergüenza.

En marzo de 1963, Profumo fue forzado a declarar ante la Cámara de los Comunes, donde pronunció frases muy parecidas a las de Bill Clinton años después para negar su affaire con Monica Lewinsky. “No hubo nada inapropiad­o en mi amistad con la señorita Keeler”, dijo, pero nadie le creyó.

Semanas más tarde, Lucky Gordon fue arrestado por su agresión contra Christine, quien seguro tendría que responder preguntas sobre su relación con Profumo ante la corte. Por eso, el 5 de junio el secretario renunció y cuatro meses después lo hizo el primer ministro Macmillan, argumentan­do razones de salud, aunque era claro que las andanzas de su ministro desprestig­iaron su mandato. En adelante, Profumo se dedicó a la caridad, nunca volvió a hablar del asunto y luego fue reivindica­do por la primera ministra Margaret Thatcher. Stephen Ward fue procesado por proveer mujeres con fines sexuales, entre ellas Christine y Mandy, y se suicidó antes del veredicto. Ivanov se marchó a Rusia antes de que estallara el lío. Una investigac­ión oficial determinó que el enredo no puso en peligro la seguridad nacional

A Christine le duraron muy poco las cerca de 40.000 libras (una suma nada despreciab­le para la época) que cobró por vender su historia y pagó meses en la cárcel por perjurio en el caso de Gordon. Fracasó en sus dos matrimonio­s y terminó viviendo en un apartament­o del Estado, en un anonimato autoimpues­to que la llevó a cambiarse el apellido por Sloane. Solo volvió a aparecer ante cámaras algunas veces para hablar del escándalo e insistir: “Sé la verdad y es más impactante de lo que se le hizo creer al público. El sexo era un juego; el espionaje, un asunto serio. Resultaba mucho mejor pillar al establecim­iento con los pantalones abajo que robando secretos. Esa era la mentalidad”, afirmó en una entrevista.

Películas como Escándalo, de 1989, y el musical Stephen

Ward, de 2013, han contado la historia desde el punto de vista de los hombres que intervinie­ron. Ahora, The trial of Christine Keeler, serie estrenada recienteme­nte por la BBC, pretende hacerlo desde la mirada femenina con el acento del #MeToo. Ella no la verá, pues murió de una afección pulmonar en 2017, irreconoci­ble, entrada en kilos, pero rodeada del amor de sus hijos, uno de los cuales, Seymour Pratt, afirma que nunca logró deshacerse de la sombra del

affaire Profumo.

 ??  ?? Christine Keeler, a la derecha, la modelo y prostituta centro del escándalo, con Stephen Ward, el médico de la élite que se suicidó, y otras amigas.
Christine Keeler, a la derecha, la modelo y prostituta centro del escándalo, con Stephen Ward, el médico de la élite que se suicidó, y otras amigas.
 ??  ?? John Profumo era la estrella del gabinete del primer ministro Harold Macmillan, cuando se supo de su enredo con Keeler. Su esposa, la actriz Valerie Hobson, lo apoyó cuando cayó en desgracia por su infidelida­d.
John Profumo era la estrella del gabinete del primer ministro Harold Macmillan, cuando se supo de su enredo con Keeler. Su esposa, la actriz Valerie Hobson, lo apoyó cuando cayó en desgracia por su infidelida­d.
 ??  ?? Cuando se supo que se acostaba con el secretario de Guerra, John Profumo, y el espía ruso Yevgeny Ivanov, la modelo, bailarina topless y prostituta Christine Keeler se convirtió en la más odiada y admirada del Reino Unido.
Cuando se supo que se acostaba con el secretario de Guerra, John Profumo, y el espía ruso Yevgeny Ivanov, la modelo, bailarina topless y prostituta Christine Keeler se convirtió en la más odiada y admirada del Reino Unido.
 ??  ?? Yevgeny Ivanov, agregado naval adjunto de la Embajada de la Unión Soviética, pretendió recoger secretos sobre armas nucleares de Profumo a través de su romance con Christine.
Yevgeny Ivanov, agregado naval adjunto de la Embajada de la Unión Soviética, pretendió recoger secretos sobre armas nucleares de Profumo a través de su romance con Christine.
 ??  ?? La última foto de Christine, irreconoci­ble, antes de su muerte en 2017 por problemas pulmonares. Fue a la cárcel por perjurio, se divorció dos veces y se cambió el apellido por Sloane.
La última foto de Christine, irreconoci­ble, antes de su muerte en 2017 por problemas pulmonares. Fue a la cárcel por perjurio, se divorció dos veces y se cambió el apellido por Sloane.
 ??  ?? Mandy Rice-Davies, la otra showgirl del escándalo, con Christine por la época en que la polémica estaba en furor. Mandy también se prostituía y era amante de lord Astor.
Mandy Rice-Davies, la otra showgirl del escándalo, con Christine por la época en que la polémica estaba en furor. Mandy también se prostituía y era amante de lord Astor.

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