SoHo (Colombia)

El poder de una mentira

Si quiere comprender cuándo comenzaron los enredos de la política latinoamer­icana actual y las intromisio­nes de la CIA, puede comenzar por leerse la última novela de Vargas Llosa, uno de los cinco libros más vendidos en los países de habla hispana.

- POR ALEJANDRO MORENO SARMIENTO

Antes de aquella cena en Santo Domingo, Mario Vargas Llosa jamás hubiera pensado escribir una novela situada en Guatemala. Sin embargo, esa noche, cuando esperaba la oportunida­d para salir con discreción de la reunión en casa de la editora Patricia de Moya, uno de los invitados lo atajó: “Mario, tengo una historia para que la escribas”. El nobel peruano escuchó descreído, como siempre que alguien lo aborda con materiales y fuentes para una nueva obra, pero pronto el relato captó su atención.

El poeta Tony Raful le habló del plan con que la CIA derrocó al presidente guatemalte­co Jacobo Árbenz, elegido

ANTE EL AGRESIVO ATAQUE DE LA CIA EN GUATEMALA, FIDEL CASTRO SE RADICALIZÓ Y BUSCÓ EL APOYO DE LA UNIÓN SOVIÉTICA, CONCLUYE EL NOBEL.

en 1950, y puso en el poder al militar Carlos Castillo Armas, cuatro años después. Raful mencionó el apoyo que la operación recibió del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, el generalísi­mo, sobre quien Vargas Llosa escribió La fiesta del Chivo. Ahora, evoca que él era el hombre de confianza de los estadounid­enses en la región para la lucha anticomuni­sta, y ofreció su ayuda para que Castillo Armas triunfara. Pero, tres años después del golpe, participó en su asesinato, en circunstan­cias nunca esclarecid­as.

Vargas Llosa sabía una parte de la informació­n que recibía, pero otra era completame­nte iluminador­a y no pudo evitar caer inmerso en una investigac­ión que culminó con la publicació­n de Tiempos recios, en octubre del año pasado. Hoy se mantiene en los listados de libros más vendidos en varios países de América Latina y España.

La novela relata cómo la United Fruit Company se sintió amenazada por el programa de gobierno de Árbenz, que mediante una reforma agraria y laboral pretendía revertir las enormes desigualda­des sociales de un país que a mediados del siglo XX vivía inmerso en un sistema feudal. Sam Zemurray, presidente de la compañía bananera, que en Colombia se vio relacionad­a con la masacre de obreros en el Magdalena en 1928, contrató entonces a Edward L. Bernays, el pionero de las relaciones públicas. Él creía que con propaganda y publicidad a la gente se le podía hacer creer cualquier cosa y a punta de intrigas hizo que calara muy hondo la versión de que Árbenz pretendía hacer de Guatemala un bastión socialista en Centroamér­ica.

Pero no era cierto. El proyecto del presidente estaba más inspirado en la Revolución mexicana que en los ideales de la entonces Unión Soviética. Cuando se posesionó, una minoría mestiza dominaba el país y era dueña del 90 por ciento de las tierras productiva­s, que en gran parte

no eran explotadas. A pesar de que el Decreto 900, con el que quiso implementa­r los cambios, hablaba claramente del desarrollo de una “economía capitalist­a campesina”, la campaña de Barneys hizo mella, y al poco tiempo la prensa de Estados Unidos comentaba al unísono los riesgos de una revolución marxista en el continente. En plena Guerra Fría, no resultaba extraño que la versión fuera aceptada en el país del norte, de cuyo miedo se contagiaro­n sus vecinos al sur, que apoyaron al presidente Dwight D. Eisenhower cuando invadió aquel país.

Vargas Llosa señala los efectos devastador­es que la intervenci­ón de la CIA tuvo en Guatemala y en la historia de América Latina. Con la violenta reacción de Washington ante una sociedad que solo pretendía convertirs­e en una verdadera democracia, miles de jóvenes, incluido él, empezaron a ver con malos ojos a la central de inteligenc­ia y a simpatizar con la lucha armada. Para no ir más lejos, el Che Guevara se encontraba en Guatemala la noche del golpe, y Fidel Castro, que recienteme­nte había dirigido la toma del Cuartel Moncada con un discurso más bien moderado, se volcó hacia el comunismo y empezó a pensar en buscar, ahora sí, una alianza con los soviéticos, cuando entró triunfante con sus barbudos en La Habana en 1959. Los ecos de ese desenlace, fruto de mentiras fabricadas, aún dividen al continente.

Los hechos históricos dan a Tiempos recios un marco que Vargas Llosa completa con personajes y escenas de ficción, que le sirven para imaginar y especular en los límites de la verosimili­tud. Otros, salieron de la realidad, como la enigmática Marta Borrero Parra, apodada “Miss Guatemala” por su legendaria belleza. Ella aún vive y la entrevista que le hace el autor sirve de epílogo a la obra. Y aunque no sea su protagonis­ta, la novela también reivindica la figura de Jacobo Árbenz, aún controvers­ial en Guatemala. Tras su caída, fue condenado al exilio y sufrió una tragedia tras otra. De joven había lidiado con el alcoholism­o, pero se mantuvo sobrio en su mandato. En 1965, lloró la muerte de su hija, la actriz Arabella Árbenz, que tras una discusión con su pareja, el torero Jaime Bravo, se suicidó en un restaurant­e en Bogotá. El exmandatar­io jamás pudo volver a poner un pie en su patria y murió en 1971, a los 57 años, víctima de un infarto en una tina de baño, en Ciudad de México.

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Mario Vargas Llosa concluye su novela con una entrevista a la misteriosa Marta Parra,“Miss Guatemala”, inspiració­n de uno de los personajes de la obra.
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En 1954, Juan Jacobo Árbenz Guzmán fue el primer presidente derrocado por la intervenci­ón de la CIA en América Latina. Alcohólico, murió en una tina de baño por infarto en 1971 en Ciudad de México. Algunos sospechan que se quitó la vida.
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La actriz Arabella Árbenz, hija del mandatario, se suicidó en Bogotá hace 55 años, tras una pelea con su novio, el torero mexicano Jaime Bravo.

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