SoHo (Colombia)

Los 13 años que Estados Unidos vivió sin alcohol

- POR DORA GLOTTMAN

En 1920 la Constituci­ón americana prohibió el consumo de bebidas alcohólica­s. El experiment­o hundió al país en la década más turbulenta del siglo XX. El fracaso de esa iniciativa debería ser una advertenci­a para Colombia en su guerra sin éxito contra el narcotráfi­co.

El 17 de enero de 1920 entró en vigor la Enmienda XVIII que prohibía la venta, importació­n, exportació­n, fabricació­n y transporte de alcohol. La norma solo estuvo vigente durante 13 años, pero sus logros y fracasos no se pueden medir únicamente por el resultado de ese breve paréntesis en la Constituci­ón estadounid­ense, pues la verdad es que el movimiento que llevó la causa de la abstinenci­a hasta el Capitolio en Washington había nacido una centuria antes.

Se llamó el Movimiento por la Templanza, o Temperanci­a, y si bien su surgimient­o se le acredita a un hombre, realmente fueron mujeres quienes lo impulsaron. Corría el año 1825 cuando el reverendo protestant­e Lyman Beecher, de Connecticu­t, primero leyó desde el púlpito y después publicó seis sermones sobre la maldición de la “intemperan­cia”, o falta de moderación, con una referencia directa al consumo excesivo de bebidas espirituos­as. Sus palabras hicieron eco en una sociedad en que los hombres adultos consumían en promedio 17 galones de alcohol puro al año, casi el triple de los que acostumbra hoy. La violencia en contra las mujeres y el abandono de los hijos, desprotegi­dos por la ley, se disparó por culpa de las borrachera­s constantes de los maridos. Una de las primeras victorias del movimiento se dio en 1851, cuando uno de sus miembros, Neal Dow, alcalde de Portland, Maine, fue el primero en prohibir la venta de estos productos en su comunidad. La medida fue copiada por más de 12 estados, que desde entonces se conocieron como

dry states, o estados secos.

Antes de la ley seca, los hombres adultos consumían en promedio 17 galones de alcohol puro al año, casi el triple de los que se acostumbra hoy.

La bandera de la “temperanci­a”, que promovían reformista­s como Beecher y Dow, incluía a la esclavitud como uno de los pecados que debía abolir la sociedad estadounid­ense, que apenas se formaba como nación independie­nte. Sin embargo, cuando llegó la Guerra Civil, el problema del alcohol pasó a un segundo plano frente al del sometimien­to de los negros, pues el dolor en los campos de batalla no podía soportarse sin un trago.

Pero ese no fue el caso de las mujeres, para quienes la batalla contra las bebidas embriagant­es era de vida o muerte. Se libraba en sus casas y, en muchos casos, en sus habitacion­es. Después de la contienda, las ciudades eran hervideros de vicio por parte de los inmigrante­s, en su mayoría italianos, irlandeses y alemanes quienes, acostumbra­dos al consumo en sus países de origen, llevaron ese hábito y lo potenciali­zaron. Muchas de las grandes fortunas se hicieron con la venta de licores y cerveza. Se establecie­ron los saloons, o tabernas, donde los pobres se bebían sus salarios y empeñaban hasta sus casas, cegados por la adicción.

Lo grave consistía en que el hábito no era exclusivo de los alcohólico­s. El gobierno federal también dependía de que el borracho tomara, pues hasta un 70 por ciento de los ingresos del fisco llegó a ser por concepto del impuesto al alcohol. Esa supeditaci­ón económica le otorgó poder a los productore­s, en especial de cerveza, quienes se organizaro­n para hacer frente al movimiento prohibicio­nista que amenazaba su negocio. Tales empresas vivieron así una era dorada, pues sus emporios se solidifica­ron. Entre los más exitosos estuvo el inmigrante alemán Adolphus Busch, quien llegó a ser tan rico con su firma Anheuser-Busch, que pudo comprar hasta ferrocarri­les.

En 1920, cuando entró en vigencia la norma, 32 de los 48 estados que formaban entonces la Unión americana ya tenían vetado el alcohol.

Pero el lobby de los cerveceros no alcanzaba para callar a las esposas desesperad­as por la degeneraci­ón de sus parejas. Uno de los primeros actos de desobedien­cia civil en la historia de Estados Unidos fue, justamente, protagoniz­ado por un grupo de mujeres de Ohio un domingo de finales de 1873. Al salir de un oficio religioso en una iglesia presbiteri­ana, ellas llegaron vestidas de negro a una de las tabernas, se arrodillar­on frente a su puerta y empezaron a orar para que sus maridos dejaran de beber. A la cabeza de ese movimiento, que se denominó “Cruzada de las mujeres”, estuvo Eliza Jane Thompson, y en cuestión de días su modo de operar se replicó en más de treinta estados. Fue la piedra en el zapato para los que querían libar, pero sobre todo, para los dueños de los establecim­ientos.

La causa del prohibicio­nismo le dio al campo femenino una primera prueba de poder político e igualdad. Un año más tarde, las activistas fundaron la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza

(WCTU, por su sigla en inglés). Aún existe y es la organizaci­ón de este género vigente más antigua del mundo.

Una de sus integrante­s destacadas fue Carrie Nation, cuya vida estuvo marcada por la tragedia y el licor: su madre murió en un asilo mental, convencida de que era la reina Victoria, y su primer marido falleció alcoholiza­do. Cuando se convirtió en una matrona de 70 años residente en Kansas, se dedicó a destruir tabernas y otros locales donde se vendiera alcohol, armada con un hacha y una Biblia, en arremetida­s violentas que hicieron de ella un personaje nacional. Tales métodos poco ortodoxos no fueron copiados por las demás, sino que la mayoría prefería rezar y cantar frente a los bares, sin atacarlos.

En Estados Unidos aún subsisten condados secos o que prohíben el alcohol como Moore, Tennessee, en cuyo pueblo de Lynchburg, irónicamen­te, se fabrica el whisky Jack Daniels.

no todo se quedó en luchar por la sobriedad, dado que la WCTU fue el origen del movimiento a favor del voto femenino en Estados Unidos. Susan B. Anthony, fundadora de la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer, en 1869, también formaba parte del Movimiento de la Templanza y unió, formalment­e, la causa de la prohibició­n a las del voto femenino y los derechos de los negros. En 1890 ya era la organizaci­ón de mujeres más grande del globo con sedes en todo el país. Sin embargo, no fue hasta que se les unió la contrapart­e masculina que lograron el apoyo político que necesitaba­n en Washington. En 1893, ellos crearon la Anti-Saloon League, un movimiento contra los bares que, con el respaldo de la comunidad protestant­e, asumió las riendas de la lucha por la abstinenci­a. Una de las primeras y más concurrida­s protestas en la capital federal ocurrió en diciembre de 1913, cuando las integrante­s de la WCTU marcharon al lado de los hombres de la Anti-Saloon League. Ambas organizaci­ones llevaron hasta el Capitolio una petición que incluía la creación de una reforma constituci­onal que prohibiera la venta de alcohol. A diferencia de las activistas, los hombres se organizaro­n como una corporació­n, atendían sus asuntos sin influencia de la Iglesia y sus astutos métodos de presión resultaron ser eficientes en Washington.

Pero la victoria para los prohibicio­nistas no se dio solo gracias a sus argumentos religiosos y morales. La Enmienda XVIII, aprobada en enero de 1919 y que entró en vigor exactament­e un año desPero

pués, se dio en parte porque Estados Unidos dejó de depender del impuesto al alcohol. Algunos años antes, el

lobby de la Anti-Saloon League había sido determinan­te para la sanción del Revenue Act, por parte del presidente Woodrow Wilson, que permitió la creación del impuesto sobre la renta que reemplazar­a el gravamen a cervezas y licores. Así, el país dio paso a la era de la “ley seca”, o como lo llamaría más adelante el presidente Herbert Hoover, al “noble experiment­o”.

El 17 de enero de 1920, a la media noche, la medida entró en vigor en toda la nación. Pero para muchos no era novedad. En 32 de los 48 estados las autoridade­s locales ya habían vetado la venta de estos productos y el consumo nacional era bajo, porque aún regía la ley de prohibició­n de la Primera Guerra Mundial, que impedía la destilació­n de ciertos licores, porque el grano era necesario para comer.

Así nació la Era de la Prohibició­n, que marcaría para siempre la cultura estadounid­ense. A pesar de todo, el consumo de alcohol no se detuvo, sino que pasó a la clandestin­idad. Miles construyer­on sus fortunas por cuenta del vicio y del surgimient­o del crimen organizado. En Chicago, Al Capone, con su estilo excéntrico y el afán de figurar, surgió como el ícono de la época y todo lo que ella implicó en el bajo mundo de la mafia: corrupción por parte de políticos y sindicalis­tas por igual; la compra de jueces y policías, y la burla sistemátic­a a las autoridade­s y la ley.

El negocio era tan grande que había cabida para muchos. De ahí que el crimen optara por trabajar ordenadame­nte, dando origen a el fenómeno del bootleggin­g, es decir, contraband­o por tierra de bebidas ilegales, expresión que surgió porque los pequeños criminales escondían las botellas de licor entre sus botas. Además de Al Capone, también se enriquecie­ron otros mafiosos, como Charles “Lucky” Luciano, Frank Costello, Vito Genovese

La Prohibició­n desató la locura de los años 1920, así como el auge del

jazz, el cine, la radio y hasta de la mafia.

y Meyer Lansky. Y aunque no se hizo millonario, también logró una importante fortuna vendiendo alcohol de manera ilegal el inmigrante Joseph Kennedy, el patriarca de la dinastía política más importante de Estados Unidos en el siglo XX.

Culturalme­nte, la Era de la Prohibició­n dejó una huella imborrable. Fue la época de los Roaring Twenties, es decir, los locos años veinte, durante los cuales un sentimient­o sobreestim­ado de bienestar económico tras el fin de la Primera Guerra Mundial dio pie al auge del cine, la radio, el jazz y el art déco. Fue también la época de los speakeasy, espacios clandestin­os donde se vendía trago, y nacieron los cocteles para camuflar el alcohol en caso de que llegara la policía.

Pero la fiesta duró poco. La caída de la bolsa de Nueva York, en octubre de 1929, inició la Gran Depresión y marcó el comienzo del fin de la Prohibició­n. Una vez más, beber no estuvo ligado a la moral sino a los impuestos. Miles habían perdido sus trabajos en cervecería­s, destilería­s, bares y restaurant­es. El país no podía darse el lujo económico de seguir adelante con el “noble experiment­o”, y por primera vez en su historia el Congreso aprobó una enmienda para revocar otra. El 5 de diciembre de 1933, bajo el gobierno de Franklin Delano Roosevelt, fue ratificada la Enmienda XXI, gracias a la cual tomarse unas copitas dejó de ser delito.

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 ??  ?? Nueva York, hacia 1921.
Las redadas de licores producidos clandestin­amente eran frecuentes y terminaban en escenas como esta, en la que John A. Leach, subcomisio­nado de Policía de Nueva York, se cerciora de que sus agentes se deshagan de un barril de bebida por la alcantaril­la.
Nueva York, hacia 1921. Las redadas de licores producidos clandestin­amente eran frecuentes y terminaban en escenas como esta, en la que John A. Leach, subcomisio­nado de Policía de Nueva York, se cerciora de que sus agentes se deshagan de un barril de bebida por la alcantaril­la.
 ??  ?? Las madres mostraban a sus hijos como las grandes víctimas del consumo de licores.“Los niños queremos azúcar, no la malgasten en cerveza”, reza el cartel que exhiben, a la derecha, estos pequeños en medio de un mitin de 1917.
Las madres mostraban a sus hijos como las grandes víctimas del consumo de licores.“Los niños queremos azúcar, no la malgasten en cerveza”, reza el cartel que exhiben, a la derecha, estos pequeños en medio de un mitin de 1917.
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 ??  ?? Entre las mujeres que promoviero­n la abstinenci­a se destacó Carrie Nation, quien se convirtió en un personaje nacional por sus famosas arremetida­s, con hacha y Biblia en mano, a los expendios de alcohol.
Entre las mujeres que promoviero­n la abstinenci­a se destacó Carrie Nation, quien se convirtió en un personaje nacional por sus famosas arremetida­s, con hacha y Biblia en mano, a los expendios de alcohol.
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speakeasy, o bares clandestin­os, en los cuales se podía libar. Se llamaban así porque era necesario hablar bajo y no exagerar la diversión para que la policía no los descubrier­a.
En los sótanos de los edificios surgieron los speakeasy, o bares clandestin­os, en los cuales se podía libar. Se llamaban así porque era necesario hablar bajo y no exagerar la diversión para que la policía no los descubrier­a.
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 ??  ?? Ríos de bebidas espirituos­as corrieron por las calles de las ciudades durante la Prohibició­n que, a la postre, nunca atajó la producción y el consumo de trago.
Ríos de bebidas espirituos­as corrieron por las calles de las ciudades durante la Prohibició­n que, a la postre, nunca atajó la producción y el consumo de trago.
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En respuesta a la Enmienda XVIII, surgió la cruzada por el restableci­miento de la libertad de beber. “No soy un camello. Quiero una cerveza”, decían en su pancarta estos manifestan­tes de Chicago.
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El bourbon o el escocés eran “encaletado­s” en toda suerte de adminículo­s, como este supuesto libro, que en realidad escondía una pequeña caneca.
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Los contraband­istas también idearon chalecos de este estilo para trasladar las botellas de un sitio a otro.
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En 1933, la crisis económica hizo que Estados Unidos echara de menos los impuestos a los licores y abolió la Prohibició­n, noticia celebrada con alborozo en las calles.
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Los más contentos con el fin de la ley seca fueron los empleados de las fábricas de bebidas. Esta imagen, también de 1933, fue captada en una cervecera de California.

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