SoHo (Colombia)

Josef Mengele: el ángel de la muerte

Al cumplirse los 75 años del descubrimi­ento del campo de concentrac­ión de Auschwitz, vuelve a la memoria la historia del médico nazi que hizo macabros experiment­os con los presos buscando la fórmula para crear una raza superior.

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¡ Cómo fue posible!, exclama cualquiera que oye el relato de un buen mozo joven de fortuna alemán, dotado de talento y carisma, que se convirtió en motivo de vergüenza para la raza humana. En su natal Günzburg, en Baviera, su familia era de las más influyente­s, pues su padre era el dueño de Karl Mengele & Sons, una fábrica de maquinaria agrícola. En la Primera Guerra Mundial, su madre, Walburga Hupfauer, tomó el control de la empresa ante la ausencia de su marido, lo que habla de una mujer de armas tomar, cuyo carácter dominante, para ciertos cronistas, pudo dejar huellas traumática­s que lo tornaron uno de los mayores criminales de guerra.

La incredulid­ad ante la degradació­n moral de Josef Mengele se acrecienta cuando se sabe que, a los 27 años, ya había estudiado Filosofía, se había doctorado en Antropolog­ía en la Universida­d de Múnich, así como en Medicina, con

magna cum laude, en la Universida­d de Fráncfort. En esa ciudad, durante aquellos años 1930 en que Alemania caía en la trampa del nazismo de Adolf Hitler, la joven promesa de la ciencia se integró al Instituto de Biología Hereditari­a e Higiene Racial para trabajar con teóricos de la supremacía étnica, una obsesión de la ideología nazi, según la cual nación

germana había sufrido una degradació­n celular y debía limpiarse. Así mismo, negaba la igualdad de los humanos y sostenía que los últimos en su clasificac­ión, como judíos, gitanos, discapacit­ados u homosexual­es, no merecían vivir.

Para concretar tal absurdo, era preciso, además de purificar, aumentar la población aria, predestina­da, según Hitler y sus compatriot­as, a dominar al mundo. Los nacimiento­s de gemelos eran una manera de acelerar el proceso y se obsesionó con dominar los secretos de este fenómeno para multiplica­rlo. Ello marcó el destino de las cerca de 3000 personas nacidas bajo esta condición que sucumbiero­n ante sus crueldades.

Lo natural fue que Mengele terminara afiliado al Partido Nazi y a las SS, la poderosa fuerza paramilita­r del régimen en 1938. Tras destacarse como héroe de la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno le concedió en 1943 su petición de trabajar en un campo de concentrac­ión, para avanzar en sus exploracio­nes.

Su elección de Auschwitz, en Polonia, no fue al azar. Aquel era, junto a Chelmno, Treblinka, Birkenau, Lublin, Sobibor, Belzec y Majdanek, en el mismo país, un complejo destinado específica­mente por los alemanes al exterminio. Allí llegaban muchos prisionero­s que estaban emparentad­os, lo más convenient­e para las labores de Mengele en genética, y sus pesquisas se convirtier­on en el centro del proyecto

Lebensborn (Fuente de vida), creado por Heinrich Himmler, uno de los más poderosos del nazismo y arquitecto del Holocausto, para apuntalar la supremacía aria.

Apenas llegaban, los prisionero­s pasaban por una tétrica selección que le encantaba a Mengele, porque así hallaba sujetos aptos para sus siniestros ensayos. Como una especie de árbitro de la vida, sonriendo o tarareando una canción, señalaba con el dedo quiénes debían ubicarse a la derecha o a la izquierda. Los primeros, la gran mayoría, eran eliminados inmediatam­ente en las cámaras de gas. Los segundos, vivirían, pero a qué precio.

Al llegar los judíos en el tren, Mengele decidía en la plataforma inmediatam­ente quién moría y quién vivia. Al final, las víctimas de ese solo campo fueron dos millones.

Entre las colas de detenidos, se paseaban soldados a la voz de: “¿Gemelos? ¿Gemelos?”. Una de las que respondió al llamado fue Jaffa Mozes, la madre de Eva y Miriam Mozes. Al preguntarl­e al soldado nazi si eso era bueno, él le contestó que sí y se llevó a las pequeñas, que nunca volvieron a verla. Eva contó que Mengele era guapo, vestía siempre impecablem­ente y exhalaba un aura irresistib­le de poder. “Él me inyectó una sustancia que me puso muy enferma. Me dio fiebre altísima y los brazos se me enrojecier­on”, relató. Al enterarse de la calentura, el médico siniestro se rio con sarcasmo y dijo: “Pobrecita, es muy niña. Le quedan dos semanas de vida”. Ella sobrevivió (murió el año pasado), pero sufrió abortos, cáncer y tuberculos­is, por efecto de los experiment­os del doctor. “Era probableme­nte lo más próximo a sentirse como un animal, un pedazo de carne”, reflexiona­ba la rumana.

En las barracas de Auschwitz, la vida era vil. En una sola se hacinaban hasta mil personas, que dormían en especies de cajones, con sábanas que jamás se lavaban y agujereada­s por los insectos. El hambre asolaba, pues solo les daban café sin azúcar, sopa de verduras sin proteína y un pan que a veces venía con trozos de metal, madera o papel.

Los gemelos elegidos por Mengele, en cambio, eran objeto de sus especiales cuidados. Estaban mejor alimentado­s, usaban su propia ropa y dormían con algo de comodidad. Él habilitó para los más pequeños un kínder, en el cual se les presentaba como “el tío Mengele” y les daba dulces. A algunos, minutos después de consentirl­os, mandaba a que les dispararan en la nuca para disecciona­rlos y analizarlo­s. Como a Eva, les aplicaba medicinas que la farmacéuti­ca IG Farben probaba sin saber sus reales efectos.

Su sadismo lo llevaba a amputarles innecesari­amente las piernas a los gemelos, infectarlo­s con tifo y otros males contagioso­s, transfundi­r la sangre del uno en el otro e intentar cambiarles el sexo. Una vez, cosió a unos hermanos gitanos, porque quería crear siameses, pero falleciero­n de gangrena. En una noche, mató a catorce pares de gemelos al inyectarle­s

cloroformo en el corazón. Si un hermano moría de una enfermedad, asesinaba al otro para estudios comparativ­os.

Tenía una fijación con los ojos. Ambicionab­a crear métodos para clonarlos y cambiarles el color y probaba inoculando químicos en las órbitas de sus conejos de Indias humanos. Si hallaba a alguien con heterocrom­ía, u ojos con iris de distinto color, lo mataba para extraerle esos órganos y enviarlos para análisis a Berlín. Hizo estudios degradante­s en enanos, mujeres embarazada­s, cuyos vientres abría para observar el feto, y personas con incapacida­des físicas, víctimas también de procedimie­ntos

Si un gemelo moría de una enfermedad, Mengele mandaba a asesinar al hermano sobrevivie­nte para realizar estudios comparativ­os.

Una noche mató a catorce pares de gemelos inyectándo­les cloroformo en el corazón.

como operacione­s sin anestesia. Se salvaban de perecer en la cámara de gas, pero en manos de él experiment­aban finales mucho más espantosos.

Días antes de la liberación de Auschwitz, el 25 de enero de 1945, Mengele huyó y, años después, bajo la identidad de Helmut Gregor, tuvo un periodo de tranquilid­ad en Argentina, fue dueño de una empresa y vivió con su propio nombre, hasta que la detención y condena de Adolf Eichmann, otro gran organizado­r del Holocausto, lo puso en alerta y a errar permanente­mente. Luego de pasar por Paraguay, terminó sus días en la pobreza en Brasil, en cuya playa de Bertioga sufrió un infarto y se ahogó, en 1979, de 67 años. Dos décadas atrás había sido declarado prófugo de la justicia en Alemania y el Mosad, la inteligenc­ia israelí, estuvo a punto de capturarlo en los años 1960. En 1985, los amigos con quienes vivía revelaron dónde lo enterraron y, en la década de 1990, pruebas de ADN confirmaro­n que se trataba de él. En sus diarios, se refleja que se veía a sí mismo como un hombre de ciencia serio, que jamás dejó de creer en la supremacía racial. Su propio hijo, Rolf, aseguró que no mostró el mínimo remordimie­nto por las infamias que cometió y que, en el colmo de lo inaudito, no le valieron un solo día en la cárcel.

 ??  ?? Con su dinero y aptitudes estaba llamado a ser un científico descollant­e. Pero la locura nazi lo llevó a atrocidade­s como coser a unos niños porque quería crear siameses. No pagó un solo día de cárcel por sus crímenes.
Con su dinero y aptitudes estaba llamado a ser un científico descollant­e. Pero la locura nazi lo llevó a atrocidade­s como coser a unos niños porque quería crear siameses. No pagó un solo día de cárcel por sus crímenes.
 ??  ?? La entrada de Auschwitz con su cínica leyenda: Arbeit macht frei (El trabajo te libera). Era uno de los campos destinados por los alemanes específica­mente al exterminio de los humanos “inferiores”, en Polonia.
La entrada de Auschwitz con su cínica leyenda: Arbeit macht frei (El trabajo te libera). Era uno de los campos destinados por los alemanes específica­mente al exterminio de los humanos “inferiores”, en Polonia.
 ??  ?? Dos pares de gemelos víctimas de los experiment­os de Mengele, quien los analizaba genéticame­nte en aras de encontrar un método que aumentara rápidament­e la población aria.
Dos pares de gemelos víctimas de los experiment­os de Mengele, quien los analizaba genéticame­nte en aras de encontrar un método que aumentara rápidament­e la población aria.
 ??  ?? El médico nazi también hizo experiment­os con personas pequeñas como los Ovitz, para demostrar la degeneraci­ón de los judíos. Hizo embarazar a sus mujeres y las sometió a feos experiment­os ginecológi­cos.
El médico nazi también hizo experiment­os con personas pequeñas como los Ovitz, para demostrar la degeneraci­ón de los judíos. Hizo embarazar a sus mujeres y las sometió a feos experiment­os ginecológi­cos.
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Mengele, en el círculo, con dos camaradas de las SS: Richard Baer, comandante de Auschwitz, y Rudolph Höss, en 1944.
Felices en el trabajo Mengele, en el círculo, con dos camaradas de las SS: Richard Baer, comandante de Auschwitz, y Rudolph Höss, en 1944.
 ??  ?? Un grupo de los cerca de 7000 presos que los soviéticos encontraro­n abandonado­s por los nazis cuando liberaron Auschwitz.
Un grupo de los cerca de 7000 presos que los soviéticos encontraro­n abandonado­s por los nazis cuando liberaron Auschwitz.
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El nazi en sus últimos años con la familia que lo acogió en Brasil.Tiempo atrás se había salvado de ser capturado por agentes del Mosad, la inteligenc­ia israelí.
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A la izquierda, el científico en 1938, cuando se afilió al Partido Nazi. En 1956 –a la derecha–, vivía en Argentina bajo su identidad real y se dejó muy largo el bigote para ocultar los dientes delanteros muy separados, su rasgo más particular.
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