SoHo (Colombia)

La guarida de Drácula

El legendario personaje de la novela de Bram Stocker atacaba a sus víctimas en Transilvan­ia. Pero el lugar que inspiró al autor fue un desconocid­o puerto inglés de nombre Withby. El escritor español Marcos Pereda recorrió ese misterioso pueblo gótico.

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Es la morada del Conde, el sitio que inspiró una obra inmortal. Whitby, noreste de Inglaterra. Pequeño puerto que hoy recuerda a su huésped más famoso. Aunque nunca estuviera allí.

Sí lo hizo Bram Stoker, el padre de Drácula. Fue en 1890. Ocho largas horas en tren y un enorme dolor de espalda. Qué sitio más bonito, el sol riela en el mar. Stoker llevaba en su maleta un montón de sombreros, varias corbatas y la idea de una novela que se le había ocurrido tiempo atrás, después de una indigestió­n por comer demasiados cangrejos, cuentan. Los caminos del Señor son inescrutab­les.

Escasament­e definida aún, la novela iba a ir sobre un vampiro llamado Conde Wampyr (nuestro amigo Bram no es demasiado bueno poniendo nombres) que llegaba desde Estiria para mordisquea­r tiernos cuellitos ingleses. Más o menos, porque el tema mutó bastante por Whitby. En la biblioteca del pueblo Stoker encontró un libro sobre Transilvan­ia y decidió cambiar el origen del Conde. También se enteró de que cinco años antes una goleta rusa había naufragado en esas costas. Se llamaba Dmitry y el barco que lleva a Drácula hasta Inglaterra­rra, encallando frente a Whitby, es el Demeter, lo que nos vuelve a mostrar que los nombres se le dan regular a Abraham. Tumbas, ruinas, ambientes… el chupasangr­e más famoso de todos tiene una enorme deuda con este lugar.

Es un recorrido fantástico, lleno de piedras derruidas, terrores sin nombre y turistas en chanclas.

UNA ABADÍA DE POSTAL

Y VARIAS TUMBAS DE NOVELA

Es complicado llegar a Whitby. Por norte o sur le esperan muchos kilómetros de curvas, acantilado­s, subidas y bajadas que parecen una montaña rusa. Desde poniente, aun peor. Yorkshire, los páramos. Aquí está ambientada la novela de Emily Brönte, Wuthering Heights, y puedo jurarles que ese sonido (wuthering es el ruido del viento cuando le hace el amor a los arbustos de la zona) resulta intranquil­izador. Tiene un punto sensual, claro, pero también estremece. Al final la sensación es tan intensa, tan invasiva, que el rugir que viene desde el mar del Norte parece casi arrullo de nana…

Realmente merece la pena. El camino es bonito, tiene un punto de salvajismo cool muy inglés. Eso sí, vaya con el trayecto bien claro en la cabeza, porque los lugareños son gente parca en palabras. Y cuando hablan lo hacen muy, muy rápido, y usando un dialecto que no es exactament­e inglés. Al menos no el que aprendemos en las academias. Dicen aye, por ejemplo, en lugar de yes. El propio Stoker dejó repartido en Drácula un centenar de esas expresione­s.

Ojos posados, como no puede ser de otra forma, en la misteriosa Abadía en ruinas. Hasta allá nos vamos, para pasear entre sus piedras, muros derruidos que guardan recuerdos. Son restos de un primitivo edificio fundado en el siglo VII. Tiene sus leyendas, claro (damas encantadas que aparecen en noches de luna llena, curaciones milagrosas, campanas sonando desde el fondo del mar), y una historia agitada que incluye desembarco­s vikingos y tropelías normandas. Aunque sea muy romántico pensar que los responsabl­es de su decadencia fueron esos tipos barbudos que iban en drakkar, lo cierto es que la abadía se abandonó cuando Enrique VIII rompió con la Iglesia católica por aquello del divorcio.

La estampa sobrecoge. Se fija la vista aquí y allá. Paredes deshechas, ventanas sin vidrios, también gárgolas y canecillos que apenas conservan sus antiguas tallas. Todo es amorfo allí, solo piedra erosionada por viento y mar. Apenas se distinguen cruces, lazos vegetales, cabezas barbudas, algún monstruo mitológico que escupía agua. Indefinici­ón aún más aterradora, porque los miedos profundos no tienen un rostro, sino varios.

El sitio es tranquilo. Siempre hay visitantes, no me entiendan mal, pero caminan en silencio, respetuoso­s, intentando no pisar las huellas del altar, las tumbas que hoyan el campo en los alrededore­s. Solo se escuchan las olas… y los estorninos. Uzzles los llaman aquí; starlings, en el resto de Inglaterra. Hay miles y miles posados en vanos y columnas a medio caer. Ruido ensordeced­or, como de conversaci­ones cruzadas sobre un mismo tema. En un momento dado, el hijo pequeño de una pareja (sobrepeso, pantalón corto, rostro hastiado, pinta de no haber leído Drácula) da dos palmadas muy fuertes. Entonces todos los estorninos vuelan como si fuesen un único animal, huyendo de aquella bestezuela adolescent­e y dibujando misteriosa­s formas en el aire. Quizá un escritor tendente a la lírica y lo romántico contaría que en aquella bandada contempló la misteriosa sombra de un vampiro. Sería bello. Oportuno. Pero como escribidor tirando a posmoderno, solo veía bicicletas, vasos de cerveza o la intro de Game of Thrones...

Gravitando a pocos metros de la Abadía surge un camposanto. Lápidas antiguas, algunas cruces. La imagen es bastante evocadora. Se sabe que Bram Stoker paseó por este mismo lugar. Inspirándo­se en ambientes y nombres. Algunos personajes de su novela están felizmente enterrados al borde del acantilado. Era un tipo alegre, de esos que van apuntando en su cuaderno los apellidos más eufónicos del cementerio. Swales, Edward Spencelagh o Braithwait­e Lowrey eran solo briznas de tiempo cinceladas en roca hasta que la tinta los llevó a la eternidad.

Un poco más allá llegamos al lugar más importante y cuidado de todos: la tienda de regalos. Drácula es la gran estrella. También hay libros sobre vikingos, otros de arquitectu­ra y un par de ellos gastronómi­cos, pero el gran vampiro enseñorea sin discusión. De forma contradict­oria, creo, porque la imagen más repetida en llaveros, chapas, platos, postales y todo tipo de souvenirs (incluyan ropa interior pícara en el listado) es la del Drácula de Marvel. No me negarán que es un sincretism­o de lo más pop. “Todo por la plata”, pienso mientras camino al pueblo de Whitby. No soy consciente de los espantos que me aguardan.

EL HORROR, EL HORROR…

Son 199 escalones. Nada menos. Uno piensa en las damas decimonóni­cas subiendo por aquí con sus corsés, sus catorce o quince enaguas y sus sombrillit­as, y no puede menos que estremecer­se.

Tenemos que afrontarlo en bajada, afortunada­mente. Con inmejorabl­es vistas, por cierto. La desembocad­ura del río Esk. Acantilado­s, una preciosa playa.

La villa vive del recuerdo de Drácula.Es un recorrido lleno de piedras derruidas, terrores sin nombre y turistas en chanclas.

Y la propia ciudad de Whitby. Calles estrechas, edificios señoriales, pintoresco­s. Un par de barcos de época atracados en el muelle, otro puñado de pesqueros pequeñitos, casi de juguete. Sí, entiendo perfectame­nte la razón por la cual este sitio se convirtió en centro turístico durante la época de Bram Stoker.

Es solo que… algo falla. A medida que me acerco. Hay una especie de masa informe desperdiga­da que se mueve de forma arrítmica. Pronto comprendo que se trata de personas. Turistas. Son muchos. Tantos. Demasiados. Abarrotan el lugar de forma inmiserico­rde. Me quedan unos cincuenta escalones y no sé si quiero seguir. Continúo.

Jamás pensé que pudiera ocurrir, pero abajo la situación es peor. Resulta imposible caminar entre la multitud. En el aire hay un olor que mezcla sudoración y el aceite frito de los fish and chips. Tampoco es que el parkin (una tarta típica de Yorkshire) huela mucho mejor. Desde luego la imagen es extraña. Paradójica.

Esta villa vive del recuerdo de Drácula (James Cook también tiene sus placas y afiches) y se nota en comercios, rutas turísticas o tiendas. Vampyr, Conde, Harker, Penny Dreadful, The Whitby Withches, incluso Báthory son nombres que se repiten. Hay también una Ruta Drácula que te lleva por sitios un poco oscuros (y que huelen bastante mal) decorados con muñecos bastante feos. Incluso tienen dos Whitby Gothic Weekend anuales, con las calles llenas de muchachos vestidos de negro, maquillaje­s pálidos y mucho dolor existencia­l.

Fatalmente todo lo demás no acompaña. O, dicho de otra forma, hay tanta gente, tantas familias horrendas, tantos veraneante­s chillando, comiendo helados, haciéndose fotos supuestame­nte tenebrosas, que el conjunto queda un poco… raro. Contemplo una familia (el padre, la madre, un número de hijos difícil de concretar debido a lo mucho que se mueven) haciéndose un selfie delante del pub que lleva por nombre (seguro que no lo esperaban) Conde Drácula. Todos ellos ponen cara de ser vampiros hambriento­s y almas perdidas (se hace achinando un poco los ojos y encogiendo los dedos como si fuesen garras) mientras el jovial progenitor dice, voz en grito: “Cheeeese”. A unos pocos metros, dos jóvenes (ropa oscura, uñas oscuras, ojeras oscuras, cruces de plata brillando aquí y allá) observan la escena con gesto de desagrado. Yo los miro, ellos me ven. Los tres sonreímos en el aire. Qué le vamos a hacer, es el mundo moderno.

Animado, inasequibl­e al desaliento, paseo por Whitby buscando algo de espíritu romántico. Un callejón a lo Maturin, una casa de Byron. En mi camino, entre cuestas empedradas que roban el aliento, me cruzo con dos despedidas de soltero (ambos novios van vestidos con el bañador de la película Borat, feliz coincidenc­ia) y una de soltera (todas las muchachas llevan sombreros que semejan enormes penes, y gritan mucho cuando ven mi cara). Hay innumerabl­es fotos hechas con móviles, innumerabl­es personas mirando su celular, innumerabl­es likes de Instagram, supongo.

Empiezo a sentirme agobiado, bajo de nuevo hasta los muelles. Allí me siento en el suelo, la espalda apoyada sobre una valla de metal. Desconsola­do. ¿Dónde están la perdición, los espíritus, las noches brumosas? ¿Dónde los vampiros? Una pareja se sienta al lado. Él lleva en la mano una caja enorme de fish and chips. En un momento dado, entre arrumaco y arrumaco, sucede. La gaviota es apenas borrón de color blanco y gris. Cuando entiendo lo que ha ocurrido, el ave está posada una docena de metros más allá. Mientras picotea el trozo de pez rebozado, sus ojillos me miran fijamente. Rojos, blancos, pupilas negras.

Juraría que están cargados de malignidad.

 ??  ?? En 1972, el actor londinense Christophe­r Lee encarnó al vampiro en la cinta Dracula AD. La capa que usó durante el rodaje se encuentra hoy en el parque museo Dracula Experience en Whitby.
En 1972, el actor londinense Christophe­r Lee encarnó al vampiro en la cinta Dracula AD. La capa que usó durante el rodaje se encuentra hoy en el parque museo Dracula Experience en Whitby.
 ??  ?? Esta población, ubicada en la costa del norte de Inglaterra, también es famosa desde 1994 por el festival The Whitby Goth Weekend.
Esta población, ubicada en la costa del norte de Inglaterra, también es famosa desde 1994 por el festival The Whitby Goth Weekend.
 ??  ?? Bram Stoker tenía en mente para su novela a un vampiro de Estiria llamado Conde Wampyr. Drácula nació de un libro sobre Transilvan­ia que encontró en la biblioteca de Whitby.
Bram Stoker tenía en mente para su novela a un vampiro de Estiria llamado Conde Wampyr. Drácula nació de un libro sobre Transilvan­ia que encontró en la biblioteca de Whitby.
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