SoHo (Colombia) : 2020-07-21

CRÓNICA : 13 : 13

CRÓNICA

Edición de ANTOLOGÍA L a primera vez que fume marihuana fue… ¿cuándo fue? No me acuerdo. La marihuana destiñe la memoria: no deja más que unos borrones blanquecin­os, vagos como nubes, signos con tiza desdibujad­os sobre un tablero negro de pizarra. Pero sí sé que la primera vez que fumé marihuana no era marihuana, sino o hachís, o kif, como lo llaman en Marruecos, de donde provenía el de mi ceremonia iniciática. El haschisch de los moros es la misma sustancia que en India llaman “charas”, y es más potente que la y que el simple Es la resina pura de la cannnabis índica, subespecie de la sativa que, a su vez, etcétera, etcétera. En fin: las notas eruditas se las pueden saltar. Digo que la primera vez que fumé marihuana no era marihuana porque en París, donde yo vivía por entonces, no la había. Había kif marroquí, que se fumaba en pipa. No me gustó. Recuerdo el humo azul, tirando a verdoso, curiosamen­te horizontal. Era invierno, hacía frío. El sabor caliente y metálico de la pipa me secó la garganta. Me dio algo parecido a la náusea. Me acosté tiritando. Meses más tarde, en Colombia, fumé marihuana de verdad, hierba de la Sierra Nevada. O sea —nota erudita—, que se obtiene por la trituració­n de hojas, tallos y semillas. Me encantó el olor, me gustó el sabor, y el crepitar de las semillas que a veces estallaban en el interior del grueso varillo de papel de Biblia. Recuerdo que —sí, señores: recuerdo: porque la marihuana borra la memoria, pero a la vez la exalta, como exalta y agudiza los sentidos a la vez que parece adormecerl­os y embotarlos: el tacto, el gusto, el olfato, el oído (la vista no)—, recuerdo que en ese tiempo podía uno encontrar en todas las esquinas de Bogotá, como hoy encuentra mandarinas o cigarrillo­s de contraband­o, marihuana de muchas clases: “uña de gato”, “punto rojo”, “Santa Marta Golden”. La vendían unas señoras rollizas y coloradas en envoltorio­s de papel periódico que pesaban, a ojo, media libra: áspera, dulzona y aromática. Me gustó, ya digo. Pero más que por el placer directo del sabor, el aroma y el color del humo, porque daba acceso a otros placeres. Como todas las drogas más o menos alucinógen­as, la marihuana es una puerta. (Las puertas de la percepción), tituló Aldous Huxley un libro que fue famoso en aquellos años en el que contaba sus experienci­as con drogas psicoactiv­a La marihuana abría puertas al mundo físico y al mental, a los apetitos y a las curiosidad­es: a la música, el sexo, a la meditación, al sonido y al sentido de las palabras; incluso puertas al hermético —para mí— reino de las matemática­s puras. Recuerdo —¿ven ustedes que sí tengo recuerdos? Y eso que hablo de cosas de hace casi cuarenta años— que un día, abierta mi conciencia por la hierba, supe inventar (o descubrir, no sé), una serie de números naturales hasta entonces no encontrada ni concebida por nadie. Una serie, por supuesto, infinita (la hierba abre las puertas del infinito con asombrosa facilidad; de otra droga, la mezcalina, decía el poeta Henri Michaux que es “un mecanismo de infinito”), construida sobre el crudo modelo de la de los números primos y constituid­a por todos los números enteros que no son divisibles ni por sí mismos ni por la unidad. Una serie impensable y que, sin embargo, pude pensar. Aunque después no encontré ningún número que cupiera en ella. Sin duda no busqué lo bastante. La marihuana tiene también eso: que uno se distrae y piensa en otra cosa, y se le olvida, y se va. Hablo de las matemática­s, pero mencioné también la música. En esos años finales de los 60 y principios de los 70 eran muchos los marihuaner­os que solo fumaban marihuana para escuchar música. De todo: los entonces todavía la inmemorial quema boliviana del altiplano, las novedosas mezcolanza­s electrónic­as de instrument­os occidental­es Japon. Yo la fumaba además para “componer” música, con el mérito añadido de no tener oído musical: todo lo daba la hierba por sí sola. Una noche compuse en la cabeza —letra y música— una canción de los Beatles, en inglés. Y otra tarde una sonata —solo música, pero en alemán— de Mozart. Por no saber notación musical, ni inglés, ni alemán, todo eso quedó inédito. Y además —sí, lo reconozco: la marihuana es traicioner­a— lo he olvidado. haschisch, ganja bhang. bhang, made in SOLO YERBA Con la marihuana se ganan cosas, y otras se pierden para siempre. El sexo. La traba de la hierba, que refleja las tensiones y afina los sentidos, que expande el tiempo y a veces inclusive llega a inmoviliza­rlo, eternizand­o el instante, es una excelente herramient­a sexual. Estoy hablando de aquellos años felices, privilegia­dos en la historia de la humanidad, en que el sexo no solo era The doors of perception 13