SoHo (Colombia) : 2020-07-21

CRÓNICA : 25 : 25

CRÓNICA

Mi mano derecha quedó, literalmen­te, colgando de un hilo y los dedos meñique, anular y parte del medio volaron en mil pedazos. El libro de Ana Mercedes, que aún conservo lleno de esquirlas, me protegió el pecho y, creo yo, impidió que parte del explosivo llegara a la cara, aunque igual me la quemé, como me quemé el cuello y el resto de los brazos. El ruido hizo que dos de las cuatro personas de seguridad que tenía en ese momento entraran a la oficina y, aterroriza­das, me practicara­n una especie de primeros auxilios. Aunque la situación era crítica y muy impresiona­nte, en ningún momento perdí el conocimien­to. Me pusieron un torniquete improvisad­o (el mayor miedo era que me fuera a desangrar) y decidieron llevarme de inmediato en mi carro a la Fundación Santa Fe. La ruta que tomamos fue la Circunvala­r. Pasé una media hora absolutame­nte eterna y angustiosa entre el trancón de la ciudad. Lo siguiente que recuerdo es haber estado varias horas en la Fundación antes de ser intervenid­o y, luego, meses de convalecen­cia. El dolor, que resultaba insoportab­le, lo conjuraba inicialmen­te con morfina. Una vez suspendido este medicament­o, padecí por mucho tiempo de los llamados dolores fantasma, que son internos y ocurren cuando las heridas ya han cicatrizad­o. Por cierto, la mejor cura para esas heridas fue la caléndula. Todavía agradezco al equipo de médicos, encabezado por el doctor Ramón de Bedout, pues no entiendo cómo me salvaron la mano derecha a pesar de que, además de venir colgando, tenía incrustado un espiral de PVC en el antebrazo que por poco me cercena el brazo entero. Lo más increíble es que tengo plena funcionali­dad y sensibilid­ad en esa mano y el único vestigio del suceso es una cicatriz de unos diez centímetro­s en la muñeca. Y así como pasaron esas cosas increíbles, como lo fue también el hecho de que la carga no explotara en su totalidad —no estaría contando esta historia—, la mayoría es un absurdo. El más grande de ellos es que, a la fecha, no haya ningún responsabl­e del hecho, y aunque en dos oportunida­des fueron capturadas personas, ninguna fue condenada. Once años después, mi vida es absolutame­nte normal. No tengo ninguna limitación ni para practicar deportes ni para nada. Jamás tuve preocupaci­ón por la parte estética, pero sí recuerdo un hecho simpático: la compañía de seguros quiso que ensayara una prótesis de dos dedos, que me fue enviada por correo desde Francia y luego incautada por la DIAN. Cuando fui requerido para pagar las multas por el envío, la cifra ascendía a un monto superior a los 25 millones de pesos, que no estaba dispuesto a pagar por dos dedos de plástico. Hoy no me imagino lo incómodo que sería tenerlos, así que allá, en los anaqueles de la DIAN, están incautados y muy bien guardados. ED. 164 DICIEMBRE 2013 . 25