SoHo (Colombia) : 2020-07-21

CRÓNICA : 30 : 30

CRÓNICA

CRÓNICA —Ya no. Disfruto momentitos, sobre todo cuando me encuentro con viejos amigos. Pero apenas puedo aprovechar las ciudades. Casi todo mi tiempo está saturado de firmas de libros, conferenci­as y, lo más pesado de todo, entrevista­s. Me pregunto si es una indirecta, ya que esto es una entrevista. Pero es imposible saberlo. Vargas Llosa es un experto en el trato con periodista­s. Sabe ser exquisitam­ente cortés y al mismo tiempo cortar cualquier posibilida­d de que te pases de la raya. Al llegar, me pide que lo tutee —algo que no siempre consigo— y me ofrece una bebida. Pero las opciones son “agua o Coca-Cola”. Y un vistazo a las botellas de su bar, muchas de ellas casi llenas, confirma que, en su casa, el alcohol se reserva para ocasiones muy especiales. El ático que comparte con Patricia, su esposa, está diseñado con la misma mezcla de amabilidad y precaución. Ocupa una planta entera de un antiguo convento reformado, de modo que tiene un amplio salón para recibir, decorado con pinturas y esculturas de arte moderno. Justo al lado está su estudio de trabajo, de dos pisos. El escritorio, los cinco mil libros que llenan las paredes, incluso el desorden de periódicos del sofá, funcionan como locación perfecta para las sesiones de fotos de escritor, como la que él resiste ahora estoicamen­te. Y si hacen falta imágenes más abiertas, cuenta con una terraza desde la cual, por arte de magia, el centro de Madrid parece un lugar apacible y monacal. Solo del otro lado del salón, escondido más allá del baño, un pasillo apenas perceptibl­e lleva a su vida real. Para el visitante, es imposible determinar qué se oculta ahí. Vargas Llosa es un estajanovi­sta de la edición y promoción de libros, pero por eso mismo, calcula cuidadosam­ente qué permitirá que vean los demás. sidad fue la campaña política de 1990. Pero entonces yo sabía dónde me metía. En cambio, esto me llegó de improviso. De hecho, yo me había organizado para pasar una temporada muy tranquila en Nueva York, enseñando, con la mayor parte de la semana libre. Quería ir al teatro. Visitar museos. Y de repente, llegó el Nobel. —¿Y no lo esperabas? Todos pensábamos que podías ganarlo cualquier año. —No lo esperaba. Un escritor del Tercer Mundo, que defiende el capitalism­o, liberal, crítico con Cuba... Me parecía una garantía de que no lo recibiría. No lo mencionamo­s, pero en el aire está Jorge Luis Borges, uno de los escritores más influyente­s del siglo XX, que nunca ganó el Nobel. Anticomuni­sta radical, en los años setenta, Borges hizo declaracio­nes a favor de los sangriento­s dictadores del Cono Sur, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla. Un académico sueco le confesó al biógrafo de Borges que jamás perdonaría esas declaracio­nes y que, mientras él viviese, el argentino jamás se haría con el Nobel. Y el académico vivió más años que Borges. Yo me había organizado para pasar una temporada muy tranquila en Nueva York, enseñando, con la mayor parte de la semana libre. Quería ir al teatro. Visitar museos. Y de repente, llegó el Nobel. —¿Les preguntast­e a los académicos qué había cambiado para que te premiasen a ti? —Traté de averiguarl­o, pero no me dijeron nada. Lo único que saqué en claro era que me lo habían concedido tres meses antes del anuncio. Pensé que solo en un país como Suecia es posible que veinte personas guarden un secreto semejante durante tres meses. —Pero debe haber unas actas, algún registro... —Están recogidas todas las cosas que se dijeron. El proceso de selección es muy riguroso. Pero las actas se abren cincuenta años después de la entrega. Solo dentro de medio siglo sabremos cómo y por qué votaron los académicos. Ahora quiero preguntar por el ego. Los escritores trabajamos solos. No compartimo­s créditos con una banda de músicos o un elenco de actores. Si las cosas van bien, nos llevamos todo el mérito. Y si van mal, poseemos el monopolio del fracaso. Eso hace que seamos más competitiv­os e inseguros que otros artistas y, sin duda, mucho más de lo que admitimos en público. Aún así, ningún testigo me ha podido contar ninguna historia en que Vargas Llosa exhibiese su frustració­n por un premio que le había sido esquivo durante décadas. En 2008, el día que recibió el Nobel Jean-Marie Le Clézio, el escritor Juan Villoro coincidió con Mario Vargas Llosa en una reunión. Según Villoro, los invitados “no sabíamos qué decir. A todos nos parecía que Vargas Llosa era inmensamen­te superior a Le Clézio en todos los aspectos. Pero lo único que Vargas Llosa comentó, muy dignamente, fue que Le Clézio era un escritor muy bueno. Punto”. —¿Por qué sigues haciéndolo? —le pregunto—. Me refiero a todos esos viajes que ya no disfrutas. No lo necesitas. Tienes un Nobel. No te queda nada por conseguir. —Es muy difícil. Podría decir que no. Hay escritores que saben decir que no y defender su privacidad. Pero si un editor compra tus libros, les pone ilusión, hace un esfuerzo y te lo explica... La presión es demasiada. Me pregunto si es realmente una novedad en su vida. He visto a Mario Vargas Llosa dar discursos ante miles de personas. Y atender a familias que quieren tomarle fotos con sus bebés. Lo he visto en México rodeado por una orquesta de mariachis, en Madrid asistiendo a la boda de los príncipes, en Lima dirigiendo un programa de televisión. Incluso antes de 2010, no se podía decir que fuese un escritor ermitaño y poco sociable. Se lo digo. Responde: —Pero nada como lo del Nobel. Lo único comparable en inten- 30