SoHo (Colombia) : 2020-07-21

CRÓNICA : 31 : 31

CRÓNICA

Trato de apelar a esa pequeñez, a la mezquindad humana, y le pregunto a Vargas Llosa si había sentido alguna vez que les daban el premio a escritores peores que él. Él se encoge de hombros, sonríe, y se limita a afirmar: —El Premio Nobel ha acertado muchas veces: Thomas Mann o Faulkner son indiscutib­les. Pero otras veces no ha acertado. a todos los partidos de derecha, y fue su candidato para las elecciones de 1990. Casi un cuarto de siglo más tarde, todo está exactament­e al revés. El salón en que me recibe es un santuario por donde no pasa ni una mosca. Sé que en algún lugar más allá del pasillo misterioso circulan su esposa, su asistente y quizá alguien más, pero durante todo nuestro encuentro, nadie interrumpe, el tiempo parece detenerse. En cambio, allá afuera, en el planeta Tierra, la economía peruana lleva una década creciendo por encima del 5 % y la europea lleva tres agonizando. Esta misma mañana, la prensa española UN MUNDO EN CRISIS Mi primer recuerdo de Mario Vargas Llosa data de mediados de los años ochenta, cuando encabezaba ardorosame­nte los mítines del movimiento cívico Libertad y llamaba a sus enemigos “bribones y cacasenos”. Por entonces, el Perú atravesaba la crisis más grave del siglo. Casi la tercera parte del país estaba bajo control efectivo de dos grupos subversivo­s marxistas. La inflación obligó a cambiar de moneda dos veces, porque era imposible sacar cuentas con tantos ceros. Los apagones y los cortes de agua eran tan habituales que ya nadie sabía cuáles se debían a atentados terrorista­s y cuáles a la pura incompeten­cia del Estado. Pero Mario Vargas Llosa no saltó a la palestra por nada de eso. Lo que encendió la mecha de su indignació­n y lo empujó a la arena pública, lo que lo convirtió en el azote del presidente Alan García, fue la nacionaliz­ación de la banca. Los mítines de Vargas Llosa tuvieron éxito. La nacionaliz­ación quedó paralizada y él se convirtió en el líder indiscutib­le de la oposición. Arropado por los banqueros, los empresario­s y la clase media urbana, el escritor anticipó la que sería la ideología dominante en la región tras la caída del Muro de Berlín. Aglutinó a su alrededor anuncia en sus portadas un colapso general de las bolsas occidental­es. Uno más. Parece que el Nobel de Literatura da mala suerte. A fines de los ochenta, cuando los premiados latinoamer­icanos eran de izquierdas, el comunismo se hundió. Hoy, cuando al fin lo recibe un capitalist­a, los manifestan­tes en las calles exigen cárcel para los banqueros, los trabajador­es pierden sus puestos debido a la presión de los mercados, una de las monedas más poderosas del mundo se tambalea. Toda esa presión social ¿podría representa­r el fin del capitalism­o? Vargas Llosa es contundent­e: no. —Existe la idea de que esta enorme crisis se debe a la restricció­n del Estado frente a la vida económica —dice—. Yo creo que eso es falso. —Pero fue la excesiva libertad del sector financiero lo que hizo estallar la burbuja hipotecari­a en Estados Unidos y en España, ¿no? La crisis se habría podido evitar con mayor control público. 31