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La Nacion (Costa Rica) - Revista Dominical - - TINTA FRESCA -

alí una ma­ña­na ha­cia el Chi­rri­pó y ter­mi­né dur­mien­do den­tro de una igle­sia gua­na­cas­te­ca, ba­jo la úni­ca torre, arru­lla­do has­ta el ama­ne­cer por los chi­lli­dos de los mur­cié­la­gos, ra­ci­mos ala­dos de la oscuridad.

De­jé la ca­sa con los ojos pues­tos en la cum­bre del país y los ce­rré en Cu­ru­ban­dé, pue­blo con nom­bre de ca­ci­que cho­ro­te­ga.

Có­mo mi brú­ju­la gi­ró del sur al norte es una his­to­ria lar­ga y me­re­ce pa­la­bras apar­te, pe­ro si­go agra­de­ci­do con ese vi­ra­je tan ra­di­cal en el ma­pa de las aven­tu­ras.

Cer­ca de Cu­ru­ban­dé se re­nue­va a dia­rio el Rin­cón de la Vie­ja, lla­ma­do ha­ce ya mu­cho el Rin­cón de la Da­bai­ba. Allí el país es un be­bé milenario que jue­ga con burbujas de ba­rro y ga­tea sin prisa so­bre la alfombra del tiem­po. Na­da de­tie­ne la for­ma­ción del país. Cos­ta Vi­da es­tá in­con­clu­sa, mol­deán­do­se de aden­tro ha­cia afue­ra en­tre el fue­go y el agua de unos bos­ques don­de so­bre­vi­ven ce­pas de gua­rias mo­ra­das aún sin do­mes­ti­car.

La da­bai­ba –se­gún quien pin­te su re­tra­to– es una mu­jer con bra­sas por ojos y bo­ca ma­lo­lien­te con dien­tes de ja­guar o una be­lle­za pos­co­lom­bi­na. Se lla­ma­ba Cu­ru­ban­da y se enamo­ró del hom­bre equi­vo­ca­do (co­mo tan­tas). El cas­ti­go de Cu­ru­ban­dé, su pa­dre, ca­yó so­bre el no­vio ele­gi­do, lan­za­do a la

bo­ca del vol­cán. Las le­yen­das, que in­ven­tan to­do lo que sa­ben, di­cen que la mu­cha­cha es­co­gió vi­vir arrin­co­na­da en la ci­ma, tris­te y des­di­cha­da, siem­pre lis­ta pa­ra ata­car.

La en­con­tré en las pá­gi­nas de un li­bro mu­chos años an­tes de en­trar sor­pren­di­do al sen­ci­llo tem­plo sin lla­ves ni can­da­do de Cu­ru­ban­dé.

Dor­mí en el sue­lo de la igle­sia algunas ho­ras an­tes de em­pe­zar el via­je a pie has­ta el par­que don­de la cor­te­za se ele­va em­pu­ja­da por el ca­lor de sus en­tra­ñas.

Nun­ca, en nin­gu­na otra par­te, he en­con­tra­do co­mo allá los pa­los de nan­ce a la al­tu­ra de las per­so­nas ofre­cien­do fru­tas de un ta­ma­ño in­ve­ro­sí­mil. Es­ta­ban va­cíos los sen­de­ros, el si­len­cio pa­re­cía re­cién crea­do y re­cién im­pre­sas en la tie­rra hú­me­da las hue­llas de al­gún fe­lino hi­jo del mon­te.

Aque­lla vez las fu­ma­ro­las ha­cían ar­der sin lla­mas el ver­dor de los ár­bo­les en las la­de­ras y hon­ra­ban el nom­bre del río Blanco las es­pu­mas que gi­ra­ban al­re­de­dor de las pie­dras bri­llan­tes.

Po­cas ve­ces me he sen­ti-

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