Luis Gómez, Ji, Ji, Ji (Apóstrofe), Na­tional Mu­seum of Fine Arts, Ha­vana, 2017

Art On Cuba - - INDEX - Mar­i­lyn Payrol › mary­pay­[email protected]

La prop­uesta artís­tica de Luis Gómez es cier­ta­mente in­tensa, con­sis­tente. Mas no lo fuera en igual me­dida, tomando en cuenta la ir­rev­er­en­cia y mor­daci­dad de la misma, si en su pos­tura como artista Luis no man­tu­viese su cin­ismo y su com­pro­miso. Este creador no ha vac­ilado en rec­hazar a pa­troci­nadores, en no pisar el suelo de pres­ti­giosos es­pa­cios ex­pos­i­tivos, en fusti­gar a los que jue­gan desde la au­tori­dad, en de­cir las ver­dades frente a frente. A Luis –to­dos sabe­mos– le temen tanto como a su obra. Es él un creador con­se­cuente con su man­era de hacer.

Y así, llegó al Museo Na­cional de Bel­las Artes. Claro, la ac­ce­si­bil­i­dad a este se ex­plica, en es­en­cia, por la visión ati­nada de un nuevo di­rec­tor que ex­traña­mente con­juga sen­si­bil­i­dad y poder. Re­sulta ob­vio que es menos peli­groso y por tanto preferi­ble para las in­sti­tu­ciones cubanas y sus es­pe­cial­is­tas di­alogar con artis­tas “políti­ca­mente cor­rec­tos”, pero Jorge Fernán­dez, afor­tu­nada­mente, apuesta por el riesgo. La re­spon­s­abil­i­dad de crear un Lab­o­ra­to­rio de Nuevos Me­dios en el In­sti­tuto Su­pe­rior de Arte, la con­cep­ción de la mues­tra Ven y mea

en mi puerta en el Cen­tro de Arte Con­tem­porá­neo Wifredo Lam y la par­tic­i­pación en la 56 Bienal de Venecia son ac­ciones con las que Jorge ha de­mostrado su con­fi­anza en Luis Gómez y que han pre­ce­dido la en­trada de este al recinto museís­tico cubano, sin para ello obtener el Premio Na­cional de Artes Plás­ti­cas.

Ji, Ji, Ji (Apóstrofe) se de­nom­inó la mues­tra de Luis en el Ed­i­fi­cio de Arte Cubano (febrero-abril, 2017). Esta con­formó una suerte de trilogía junto a otras dos ex­posi­ciones: la ya men­cionada Ven y mea

en mi puerta (febrero, 2014) y Po­lite and B_Side (di­ciem­bre, 2014).

Y digo trilogía, pues las tres ex­hibi­ciones man­tu­vieron no solo la misma línea de in­ves­ti­gación, sino tam­bién sim­i­lares op­er­a­to­rias, com­par­tiendo in­cluso al­gu­nas de las piezas –que a ve­ces fueron ver­sion­adas. En sen­tido gen­eral, el artista in­sis­tió en pre­sen­tar el fun­cionamiento del sis­tema del arte ac­tual en la Isla, las rela­ciones de poder y los con­flic­tos de in­tere­ses que sub­y­a­cen tras la pro­duc­ción y le­git­i­mación de una prop­uesta artís­tica. Más que al mer­cado, como una en­ti­dad ab­stracta e im­per­sonal, la mi­rada crítica de Luis Gómez –que él se em­peña en susti­tuir por “apre­ciación per­sonal”– iba di­rigida a los ac­tores den­tro del cir­cuito, ya sean colec­cionistas, críti­cos, fun­cionar­ios, es­pe­cial­is­tas o los pro­pios creadores, y a sus es­trate­gias de ma­nip­u­lación.

(…) Ji, Ji, Ji… fue menos hiri­ente, más críp­tica que las an­te­ri­ores, como aco­tarían mu­chos. La ex­posi­ción en el Museo suaviz­aba un poco la burla sór­dida de Po­lite…, com­binán­dola con el reclamo que una pieza como Mis­erere, ex­hibida en Ven y mea en mi puerta, con­tenía. La ref­er­en­cia al apóstrofe, en tanto re­curso retórico que per­sigue clemen­cia, in­ter­rumpía con patetismo el supuesto chiste. Se trataba otra vez de cin­ismo, un cin­ismo que no de­s­cuid­aba de­talle al­guno. La con­cep­ción del catál­ogo, por ejem­plo, ob­vi­aba la re­pro­duc­ción de las imá­genes de las piezas para solo referir tex­tos críti­cos en id­iomas ex­tran­jeros (alemán, ital­iano…). El es­fuerzo re­al­izado por mu­chos para in­ten­tar de­scifrar las líneas posi­ble­mente sería mayor que el em­pleado en com­pren­der el pro­pio gesto artís­tico –ausen­cia de pis­tas que quizás ex­plicara el carác­ter críp­tico ale­gado. De cualquier forma, es ev­i­dente la in­ten­cional­i­dad del au­tor en dis­cur­sar so­bre el vi­cio del es­pec­ta­dor al preferir las fuentes teóri­cas, así como en torno a la preva­len­cia de las mis­mas en la le­git­i­mación de una obra.

Ahora bien, el cin­ismo en Ji, Ji, Ji… iba ori­en­tado so­bre todo a las in­sti­tu­ciones, y en es­pe­cial a las ac­tu­antes en nue­stro con­texto, lo cual no era de ex­trañar si las ex­posi­ciones pre­vias se habían ocu­pado es­en­cial­mente del artista y del crítico-cu­rador. Fueron la Ga­le­ria Con­tinua, la Fun­dación Lud­wig y el pro­pio Museo de Bel­las Artes en que se in­scribía la mues­tra los cen­tros más “per­ju­di­ca­dos” –que no los úni­cos. (…) ƒ

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