Grethel Morell Otero › gmorell@cubarte.cult.cu

Art On Cuba - - Index - Grethel Morell Otero

Aguas yer­mas que lo abrazan todo con su abun­dan­cia, con su im­per­turbable potes­tad. Aguas baldías que acari­cian y de­vo­ran in­vol­un­tarias a un frag­mento de historia. Mar, gran metá­fora, que se­duce y con­dena, que se mues­tra cual placer y trampa a la vez para la con­tem­plación hu­mana. El mar, nue­stro mar –si pudiéramos creer que es nue­stro– nos rodea in­domable, en pres­en­cia, en con­cien­cia.

So­mos una isla, el límite de nue­stros pa­sos so­bre la tierra es agua, todo agua. Para al­gunos es ben­di­ción, para otros, pen­i­ten­cia; aunque no fal­tan aque­l­los que lo mi­ran y asumen con el es­tado im­pen­e­tra­ble de la in­cu­ria. Para mu­chos es am­paro, re­curso, vía, medio para obtener al­i­mento – es­pir­i­tual o ma­te­rial–, una re­spuesta ante in­cer­tidum­bres o plac­eres.

Esas aguas pueblan y se apropian de una man­era de ser, de una pos­tura ante el arte y la vida. El mar y el malecón ha­banero de­finen una id­ios­in­cra­sia que se man­i­fi­esta al desnudo tanto en la cin­e­matografía como en la pro­duc­ción fo­tográ­fica con­tem­poránea de Cuba. Ex­pre­sado desde miradas múlti­ples, en mayor parte con ac­ti­tud de crónica o doc­u­mento, ese muro cos­mopolita y sus aguas rela­cionadas so­brell­e­van dis­ímiles pos­tu­la­dos en la creación artís­tica más se­ria, co­her­ente y asen­tada de los úl­ti­mos tiem­pos.

De tal modo sucede en la serie de fo­tografías Aguas baldías, del creador cubano Manuel Piña Bal­do­quín (La Habana, 1958). Re­al­izada en­tre los años 1992 y 1994, con la téc­nica tradi­cional de im­pre­sión plata so­bre gelatina, esta se­cuen­cia de grandes imá­genes (los for­matos orig­i­nales de las quince piezas exce­den el metro cuadrado), hace de la no­ción del límite, ad­vo­cado en el mar y el malecón cap­i­tal­ino, mo­tivo y su­jeto de las obras. El mar se pre­senta como ente vivo, como cen­tro de un dis­curso que más que es­table­cer co­or­de­nadas de cues­tion­amiento, borra el es­tatismo de la mi­rada to­tal­i­taria.

Se aprox­i­man 25 años de la gé­ne­sis de es­tas imá­genes y aún con­ser­van la es­en­cia de un dis­curso visual que asola. Es ese sello de las obras de arte que las hace hen­der im­po­lu­tas el paso de la historia, trans­mután­dose en paradig­mas y obli­gadas ref­er­en­cias. Des­en­con­tradas ra­zones le acom­pañan, algo que quizás ha poster­gado pere­zosa­mente su ex­hibi­ción ín­te­gra en la misma ci­u­dad que las provo­cara.

Es­tas obras des­bor­dan al ethos acér­rimo y re­vierten al in­di­viduo pre­ciso, no al in­conexo (bajo la vestidura de pue­blo) que tanto abunda. Hablan de un con­junto de per­sonas es­pecí­fi­cas que viven y sueñan frente a los már­genes de un mar que les ha to­cado por heren­cia nat­u­ral. Son piezas que alu­den a una historia, a un punto de la ge­ografía, a una forma de­ter­mi­nada de ex­is­ten­cia, aunque lo­gran trascen­der más allá de pos­tu­la­dos pri­va­tivos y re­flex­iones cir­cu­lares.

La temática se con­juga con la mi­gración, el límite, el ideal de trayecto, la utopía; con la soledad, el sim­bolismo de la baja mu­ralla, el si­len­cio, la ausen­cia, la ena­je­nación, el ser en sí mismo, la re­den­ción, tro­pos del es­cape. No de­ter­mina el nivel en que quer­amos ubi­carla, porque la rel­a­tivi­dad de un asen­tamiento de­pende de la asim­i­lación del mismo. Es­tas fo­tografías pueden tratar de un o de to­dos los ar­gu­men­tos a la vez.

En la toma se le da la es­palda a la tierra para aden­trase olvidado en las ex­ten­siones de un mar leni­tivo, ora en calma, ora in­sur­gente. Mi­rada de­tenida en el en­frentamiento a un mar frío y un muro desven­ci­jado que ofrece es­casa se­duc­ción de un ar­rebato por en­fi­larlo. Así en otras lec­turas se han visto rel­a­tivi­dades políti­cas o par­tidarias. Sea como fuere, una de las riquezas de es­tas imá­genes rad­ica en la di­ver­gen­cia de sus per­cep­ciones.

Son 15 im­pre­siones monocro­mas, apaisadas, donde re­salta la pre­cisión de en­cuadres y en­fo­ques. Sin grandes pre­ten­siones ex­per­i­men­tales en lo for­mal, de es­tas Aguas… brota la agudeza en los sub­rep­ti­cios sen­deros del men­saje. Man­era de rep­re­sen­tar deu­dora de la mejor foto doc­u­men­talís­tica cubana, estilo de ver­sar so­bre la re­al­i­dad que dis­tinguen a Manuel Piña de su gen­eración: el reg­istro del de­talle, del in­stante, de lo ob­je­t­ual y la cir­cun­stan­cia, puestos a di­alogar con la ilusión de lo real y la ex­pe­ri­en­cia/ viven­cia del re­cep­tor. No hay que mirar las cosas tal como son en sí mis­mas, ni tal como las conoce el que habla o es­cribe, sino sólo en relación con lo que saben los que leen o los que es­cuchan, y los que mi­ran por el lente –agre­garía yo.

(…) Volviendo so­bre Aguas baldías, desde esta serie in­au­gu­ral se traza la pref­er­en­cia de un lenguaje, esa mez­cla de brevedad icono­grá­fica con orto­doxia del men­saje y el reg­istro de suce­sos, ac­ti­tudes, an­u­lando o seg­men­tando al su­jeto en la es­cena. Solo en una de es­tas obras dom­ina la pres­en­cia de la figura hu­mana, la del joven bañista presto a saltar desde el muro, en un lance de es­cape ha­cia el mar. En el resto de la serie el su­jeto emerge en dos oca­siones, a par­tir del frag­mento y de la dis­min­u­ción sim­bólica de la figura.

Apre­ci­adas en se­cuen­cia, las imá­genes hil­vanan el re­lato. Por mo­men­tos el mar emerge seño­rial, di­latado, cir­cun­dante en su os­ten­tosa calma. En in­ter­va­los, es mar sedi­cioso que muerde la mu­ralla para mar­car su es­pa­cio, al­can­zando la ac­era. Llega a ser ente fru­gal, avi­zor, de­tenido en su avance ante la es­pera de una afronta, rel­e­gado a una posi­ción se­gunda. Al fi­nal es su­jeto in­ferido por el lente, ce­sado ante la crudeza de un agi­gan­tado muro desnudo. ƒ

De la serie Aguas Baldías, 1992-1994 / Nom­bres / 120 x 180 cm / Plata so­bre gelatina

Newspapers in English

Newspapers from Cuba

© PressReader. All rights reserved.