Felipe Hernán­dez Cava

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Ni en las vis­tas de la mon­taña Sainte–Vic­toire de Cézanne, ni en las de Tahití de Gau­guin, ni en las de Ar­lés de Van Gogh hay una voluntad ex­plícita de re­al­i­dad en lo que se nos rep­re­senta, sino la au­to­su­fi­ciente ten­sión por ir un poco más lejos de lo lit­eral y en­con­trar el punto de con­tacto en­tre lo falso y lo ver­dadero, lo aparente y lo es­en­cial, o lo sen­sual, en su ver­sión más ju­bilosa, y lo con­cep­tual. Como no hal­laríamos esa voluntad en el pintor que nue­stro artista cubano (Al­berto Mo­rales Ajubel, Sagua la Grande, Cuba, 1956) quería ser ya de chico: Rem­brandt. Sin dester­rar jamás esa tem­prana vo­cación,

Ajubel se aplicó du­rante años a otra de­streza, la del dibujo, con la que im­par­tió mag­is­te­rio desde las pági­nas del mítico “DDT”, mostrando sus ca­paci­dades en ese ter­ri­to­rio, para sin­te­ti­zar las múlti­ples metá­foras y parado­jas que nos hablan del es­fuerzo de los hom­bres para con­for­marse como in­di­vid­uos.

Más pronto que tarde, sabíamos, que el Ajubel pintor re­gre­saría ple­na­mente para polemizar con lo que de ex­terno y ac­ci­den­tal hay en este pre­sente en que la mod­ernidad se halla en en­tredi­cho.Y he aquí que se ha de­ci­dido fi­nal­mente a mostrarnos sus bel­las fan­tas­magorías, que pueden ser mal leí­das su­per­fi­cial­mente como una evo­cación de sus orí­genes trop­i­cales, una suerte de paseo por la casa pri­mor­dial del re­cuerdo, en­tre el folk­lorismo y un in­di­genismo por mo­men­tos in­com­pren­si­ble; ni más ni menos que lo que un es­pec­ta­dor forá­neo aguardaría de la honda cubanía de su demi­urgo, “cuban art for­ex­port”, un abaste­cedor más del dec­o­ra­tivismo in­su­lar listo para el con­sumo ir­reflex­ivo. Lo que no es el caso. Lo que no es su caso.

Porque siem­pre he visto en los ojos de Ajubel una es­pecie de juego per­ma­nente de ob­tu­radores fo­tográ­fi­cos, en el que tan pronto cerraba uno, o los dos, o man­tenía am­bos abier­tos, bus­cando im­primir en al­gún lu­gar de su mente unas imá­genes con el punto justo de im­pre­cisión para poder luego de­screer de el­las y no tener, por tanto, que rendirse servil­mente a su ev­i­den­cia. Unas imá­genes que en su propia condi­ción de de­bil­i­tada o so­bre­ex­puesta in­stan­ta­nei­dad posey­eran algo del ger­men de lo eterno. O, si lo pre­fieren, algo de la con­cien­cia como su­jeto pic­tórico, que es en lo que vinieron a dar buena parte de los mejores pre­supuestos artís­ti­cos mod­er­nos.

Pero, con ser este pro­ceder una buena man­era de recrear lo creado y de con­ferir a lo le­jano más viveza, en es­tos cuadros hay otro pro­ceder o así se me an­toja, que de­spierta en mí la in­credul­i­dad en pos de la que siem­pre voy, cuando me cito con una obra bus­cando lo que ella al­berga de ex­pe­ri­en­cia.

Me re­fiero al roza­miento per­ma­nente que pre­side su pin­tura, fric­ción que es­talla en una lu­juria de chis­pas cromáti­cas, tan flu­idas a ratos en­tre la me­mo­ria y el olvido; haz y en­vés de una iden­ti­dad per­sonal que mira su au­to­bi­ografía in­dis­tin­ta­mente en am­bos es­pe­jos de su mente, para ex­traer unas imá­genes que no sabe­mos si es­tán a punto de bor­rarse o de reafir­marse, y que, en esa me­dida, solo nosotros, los es­pec­ta­dores, pode­mos am­nis­tiar o con­denar, otor­gar­les un antes o un de­spués.(…) ƒ

De la serie Utopian Tropic Esperando que llueva, 2014 Téc­nica mixta / 70 x 100 cm

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