Me­jor que ser prín­ci­pe

(Dis­cur­so inau­gu­ral de las Ro­me­rí­as de Mayo co­mo Fes­ti­val Mun­di­al de Ju­ven­tu­des Ar­tís­ti­cas y Pro­mo­to­res Cul­tu­ra­les).

Arte por Excelencias - - CUBA - Ale­xis Triana

El me­jor dis­cur­so del hom­bre no son las pa­la­bras. La pa­la­bra es pom­po­sa y hue­ca, co­mo ad­ver­tía Martí, si no va acom­paña­da de ac­tos. El me­jor dis­cur­so del hom­bre es la ac­ci­ón.

De po­co le va­le al ar­tis­ta o al hom­bre de cul­tu­ra es­tar ha­ci­en­do el dis­cur­so del mundo y ha­cer­lo des­de una tor­re de mar­fil. Es ver­dad que el mar­fil es caro y es señal de po­de­río, pero el mar­fil ca­si si­em­pre es si­nó­ni­mo de con­tra­ban­do. Y por com­prar y ven­der los hom­bres ma­tan des­de si­em­pre, in­clu­so a los pro­pi­os ele­fan­tes.

Y po­bre del niño que no pu­e­da ver en per­so­na a un ele­fan­te, ni si­qui­e­ra a los que están pre­sos en los zo­o­ló­gi­cos. Y pron­to que­dar­nos sin ele­fan­tes será co­mo sa­ber que se jo­dió la capa de ozo­no y nos fre­í­mos me­jor que en la playa por los rayos ul­tra­vi­o­le­tas.

Hay so­lo un an­tí­do­to con­tra la tris­te­za en nu­es­tra tor­re, hay una cu­ra de ca­ba­llo con­tra el há­bi­to del ar­tis­ta, del hom­bre de cul­tu­ra, de es­tar cons­truyen­do a so­las el dis­cur­so del mundo. Hay que ha­cer, ha­cer el bi­en, ha­cer el bi­en pa­ra bi­en, que no es re­dun­dan­cia y no es pa­tri­mo­nio del evan­ge­lio esa di­vi­sa. Que hay hom­bres que son un evan­ge­lio vi­vo, y Martí ti­e­ne su bi­blia cu­an­do di­ce que «me­jor que ser prín­ci­pe, es ser útil».

Por eso es­ta­mos aquí, aun­que no lo pa­rez­ca por es­te dis­cur­so. Por­que me­jor que de­cir es ha­cer, y ha­cer el bi­en pa­ra el bi­en de nu­es­tra cul­tu­ra, de la me­mo­ria his­tó­ri­ca de nu­es­tros pu­e­blos. La uti­li­dad de lo que ha­ce­mos so­lo es com­pa­ra­ble a la uti­li­dad de nu­es­tros su­eños. No se pu­e­de me­dir ni si­qui­e­ra el al­can­ce, el vo­lu­men, la pre­si­ón at­mos­fé­ri­ca de un su­eño. Na­die pu­e­de ex­pli­car­se có­mo na­ce, crece, mu­e­re y re­na­ce un su­eño. Las com­pu­ta­do­ras nun­ca podrán sus­ti­tuir­nos por la ra­zón ele­men­tal de que no sa­ben soñar.

Ami­gos que des­de va­ri­os pun­tos del mundo han res­pon­di­do a nu­es­tra in­vi­ta­ci­ón, jó­ve­nes cre­a­do­res y ar­tis­tas de Cu­ba: de­vol­ver a es­ta ciu­dad par­te de su me­mo­ria es tam­bi­én otra for­ma de ha­cer el bi­en. Es tan útil y ne­ce­sa­rio a qui­en la ha­bi­ta, co­mo vi­vir preña­do de la ac­ci­ón y el su­eño. Sa­car a ese cer­ro [Lo­ma de la Cruz] de su le­tar­go es par­te de nu­es­tros su­eños.

Asal­tar los úl­ti­mos edi­fi­ci­os de nu­es­tra mo­der­ni­dad, pin­tar­los co­mo re­cu­er­do, gra­bar en la me­mo­ria de to­dos que, co­mo la cruz, blan­di­mos el hac­ha, el hac­ha de Hol­guín, ese es nu­es­tro su­eño. Y ha­cer­lo ca­da año aquí con los fun­da­do­res de las Ro­me­rí­as, con cuatro ge­ne­ra­ci­o­nes que han for­ma­do par­te de es­ta fi­es­ta. Ha­cer­lo con us­te­des, ami­gos, oír­los ha­blar de có­mo son sus cer­ros, sus su­eños, su hac­ha, su cruz.

Pu­e­den de­cir que soy un soña­dor, no im­por­ta, ni si­qui­e­ra im­por­ta los que no en­ti­en­den por qué se­gui­mos subi­en­do a es­te bal­cón. Nos en­ti­en­de el pu­e­blo, en el bal­cón don­de Fidel se di­ri­gió a los hol­gui­ne­ros, otra vez ha­ci­en­do las uto­pí­as. Podrán de­cir que so­mos soña­do­res, pero no so­mos los úni­cos. ¿Ver­dad, John Lennon?

Ce­re­mo­nia inau­gu­ral de las 25 Ro­me­rí­as de Mayo.

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