Una ho­ja en la ma­le­za

BavaroNews - - AQUI NOSOTROS - FRED­DIE JOHN­SON / freddy­john­son80@outlook.com

Ha­ce unos días, mien­tras ob­ser­va­ba mi Smartp­ho­ne, en una ima­gen que he co­lo­ca­do de sal­va pan­ta­lla, no­to una man­cha, en­tre to­dos los íco­nos de las apli­ca­cio­nes y tra­to de re­mo­ver­la con mi pul­gar y en va­rios in­ten­tos la man­cha no se mo­vió. Lo cual me hi­zo alar­gar mis pu­pi­las y mi­rar con más aten­ción. Es­to es ob­ser­var o ad­mi­rar, pa­ra per­ca­tar­me de que no era una man­cha, era una ho­ja en me­dio del ver­dor de la ima­gen en la rivera de un río dón­de aus­pi­cia­ba un bau­tis­mo y don­de se to­mó la fo­to.

De in­me­dia­to, lle­gó la in­fle­xión que me lle­vó a la re­fle­xión, “¡cuan­do eres di­fe­ren­te, pue­des es­tar en me­dio de la ma­le­za y de­trás de gran­des íco­nos, pe­ro se­rá inevi­ta­ble que al­guien se de­ten­ga a ob­ser­var­te!”, pen­sé.

¡Cuán­tas his­to­rias de triun­fo y éxi­to no hay co­pu­lan­do por la vi­da! Per­so­nas na­ci­das en me­dio de la po­dre­dum­bre co­mún, que de re­pen­te so­bre­sa­len co­mo es­ta ho­ja en me­dio de la ma­le­za y ta­pa­da por otras fi­gu­ras. La reali­dad es que es­ta­ba en la ma­le­za y de­trás, pe­ro es­ta­ba ahí.

Al prin­ci­pio, si so­bre sa­les, te que­rrán bo­rrar, pe­ro co­mo el so­bre­sa­lir tu­yo no es mar­chi­ta­ble, bo­rra­ble, ma­ni­pu­la­ble... es de­cir, no es­tá su­pe­di­ta­do a nin­gu­na con­di­ción ex­ter­na, per­ma­ne­ce­rás ahí, y tar­de o tem­prano al­guien con la gra­cia, el po­der y los re­cur­sos te lla­ma­rá pa­ra ca­ta­pul­tar­te ha­cia el pró­xi­mo ni­vel dón­de tie­nen que es­tar los que so­bre­sa­len.

Jo­sé, el so­ña­dor de Ja­cob, so­bre­sa­lía en la ma­le­za, tra­ta­ron en va­rias oca­sio­nes, de mar­chi­tar­lo (com­plot pa­ra ma­tar­lo, en­ce­rrar­lo en una cis­ter­na, ven­der­lo co­mo es­cla­vo, exi­liar­lo, acu­sar­lo de aco­so, ol­vi­dar­lo en la cár­cel, irre­co­no­ci­ble pa­ra sus her­ma­nos, mo­rir fue­ra de la tie­rra de su sue­ño y por la cual dio su vi­da) pe­ro es el úni­co muer­to en Egip­to, que des­pués de 40 o más años, fue in­tro­du­ci­do en la tie­rra pro­me­ti­da. Con­tra­rio a mu­chos jó­ve­nes y vi­vos que no lo lo­gra­ron, in­clu­yen­do a Moi­sés. Y otros que aún na­cien­do en la fron­te­ra in­me­dia­ta de la tie­rra pro­me­ti­da no en­tra­ron.

Las ho­jas en la ma­le­za y que so­bre­sa­len, no se se­can sin ha­ber ago­ta­do, por lo me­nos, el re­cur­so de ser ad­mi­ra­das.

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