Los hi­los ro­jos de la vi­da: Los Alejos

BavaroNews - - PUNTOS DE VISTA -

Ha­ce un año, des­can­só Car­los José Alejos. En el otro plano, es­toy se­gu­ra de que lo es­pe­ra­ban sus pa­dres, su her­mano Ale­jan­dro y mis pa­dres, ve­ci­nos que lo vie­ron cre­cer. Car­los me di­jo una vez, cuan­do le agra­de­cía por las re­vis­tas News­week y Ti­mes: "Mo­ni­qui­ta, tú eres la úni­ca que va a apro­ve­char es­to. Vas a lle­gar al­to. Eres muy in­te­li­gen­te". Te­nía fe en mí. Una vez, tuvo un ac­ci­den­te muy fuer­te y su ca­ra que­dó des­tro­za­da. Fui a vi­si­tar­lo a la clí­ni­ca, ape­nas me en­te­ré, aun a sa­bien­das que no po­dría ver­lo, pues ma­mi me ha­bía di­cho que él mis­mo ha­bía man­da­do a po­ner un car­tel: "No se per­mi­ten vi­si­tas". Al sa­ber que era yo, me hi­zo pa­sar: "Tú no te ibas a im­pre­sio­nar", me di­jo años más tar­de, "tú eres una mu­cha­cha di­fe­ren­te".

Car­los era el hi­jo de la Se­ño­ra Te­re­si­ta, la ve­ci­na del pi­so de arri­ba que siem­pre ba­ja­ba a la ca­sa a to­mar gua­ra­po con mi ma­má. Su her­mano Ale­jan­dro, jun­to a mi her­mano As­drú­bal, ca­da 31 de di­ciem­bre en­cen­día un “tum­ba ran­chos” fren­te al edi­fi­cio pa­ra celebrar el ca­ño­na­zo. Su otro her­mano, Ri­car­do, con­tem­po­rá­neo con mi her­ma­na Ro­se­lia, ad­mi­nis­tra­ba un res­tau­rant chino fa­mo­so en Ca­ra­cas y lo lla­ma­ron una vez por­que una tal Mónica León ha­bía pa­ga­do con un che­que sin fon­dos y de­cía que pa­ga­ría al día si­guien­te en efec­ti­vo. Él, del otro la­do del te­lé­fono, sol­tó la car­ca­ja­da: “¡ésa es mi ve­ci­ni­ta, dé­ja­la que se va­ya, yo lo pa­go!”. Su pa­pá, el Sr, Car­los, mi ins­pi­ra­ción pa­ra co­rrer, fue quien bai­ló el vals con­mi­go en mis quin­ce años: “Mo­ni­qui­ta, tu pa­pá no es­tá aquí, pe­ro yo lo re­pre­sen­to”. Su her­mano Jor­ge Luis me de­lei­ta siem­pre en el Fa­ce­book con sus her­mo­sos poe­mas y su her­ma­na, María Ele­na, ha es­ta­do ahí, del otro la­do del Was­sap en mis ho­ras más du­ras y va­cías: “Eres una mu­jer fuer­te y va­lien­te, co­mo tu ma­má y sal­drás ade­lan­te”. Su her­mano Án­gel Ra­món, con­tem­po­rá­neo, se lan­za­ba unas con­ver­sas lar­gas y ten­di­das con­mi­go, en la es­ca­le­ra del edi­fi­cio: “Siem­pre tie­nes ar­gu­men­tos pa­ra dis­cu­tir de to­do”, me de­cía.

Los hi­los ro­jos de la vi­da que nos unen a las per­so­nas nun­ca se aca­ban. Que­da­mos uni­dos por nues­tros pa­dres, des­de aquel día en el que ca­da pa­re­ja, con sus ra­zo­nes, mo­ti­vos y es­pe­ran­zas, de­ci­dió com­prar un apar­ta­men­to en aquel má­gi­co lu­gar don­de cre­cí, en aquel pe­da­ci­to es­con­di­do de Ca­ra­cas: la ur­ba­ni­za­ción Car­los Del­ga­do Chal­baud de Coche.

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