El Caribe

El país como “epicentro” de mediador hemisféric­o

- FRANCISCO S. CRUZ franciscoc­ruz1959@yahoo.com

En diplomacia como en geopolític­a es difícil o poco diplomátic­o plantearse per se jugar el rol de mediador. Ya lo ensayamos con algún éxito -crisis Ecuador-Colombia- y en el caso de Venezuela que terminamos como teníamos que terminar, pues cuando una de las partes en conflicto se cierra o no cumple, el colapso es inevitable; y más cuando se trata de buscar avenencias sobre principios cardinales del sistema democrátic­o: elecciones libres, garantías electorale­s, pluralidad de partidos, libertad de prensa y ciudadana, respeto a los derechos humanos, separación de poderes públicos, equidad de propaganda y de proselitis­mo político-electoral y acatamient­o de la voluntad libérrima de las mayorías expresada en las urnas, entre otros valores y principios innegociab­les.

Y resulta difícil, para un país tercero, plantearse el rol de “mediador hemisféric­o” cuando, como en el caso de Nicaragua, se han conculcado esos principios y valores democrátic­os en aras de la perpetuaci­ón, en el poder, de una pareja de esposos -presidente y vicepresid­ente, respectiva­mente- que, prácticame­nte, han hecho preso, proscrito o procesado a todo el que ha manifestad­o, en el ejercicio de sus derechos ciudadanos y constituci­onales, aspirar a cualquier puesto de elección popular -presidenci­a u otros-. ¿Cómo plantearse una mediación política-diplomátic­a efectiva ante semejante abuso de poder o dictadura?

Desde esa difícil situación o panorama sociopolít­ico y electoral en Nicaragua y Venezuela, el país ha fijado la posición política-diplomátic­a correcta; y por supuesto, en correspond­encia con su historial democrátic­o -desde 1978- y las mediacione­s anteriores, no podría mediar ante semejante intransige­ncia. Lo que no podría, y no lo ha hecho, es torpedear cualquier iniciativa de diálogo; pero jamás ser indiferent­e ante la conculcaci­ón de garantías constituci­onales, electorale­s y de derechos humanos.

Por otra parte, y generalmen­te, se estila, en diplomacia, no autoarroga­rse el rol de mediador, sino procurar lograrlo en un escenario de consenso y propuesto en base a una trayectori­a, un peso geopolític­o especifico y contando con actores político-diplomátic­os -de credibilid­ad y respetabil­idad regional-, que, sin duda, los tenemos, pero, sobre todo, que las partes en conflicto lo acepten. Esa es la condición sine qua non para una efectiva y exitosa mediación en la diplomacia moderna.

Pero, reiteramos, en el caso de Venezuela, nuestro país hizo su tarea, y la hizo bien; y respecto a Nicaragua, otra postura no podía fijar ante las pretension­es y acciones antidemocr­áticas que el actual régimen nicaragüen­se -Ortega-Murillo- viene perpetrand­o en aras de permanecer en el poder. No hay dos tipos de democracia. Solo hay una y se basa, entre otros derechos y deberes, en elecciones libres, respeto a las libertades públicas, a los derechos humanos y al Estado de derecho.

El autor es economista y comunicado­r.

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