El Caribe

Infinitud de la angustia (2 de 2)

- PEDRO DELGADO MALAGÓN pedrodelga­do8@gmail.com

¿Adónde irá Bolívar? ¡Al brazo de los hombres para que defiendan de la nueva codicia, y del terco espíritu viejo, la tierra donde será más dichosa y bella la humanidad! JOSÉ MARTÍ (Discurso del 28 de octubre de 1893).

Bolívar se había convertido para siempre en “El Libertador”, el hombre que había encarnado la voluntad de ser libre de un continente y que se había esforzado por crear un orden político de justicia y derechos humanos. ARTURO USLAR PIETRI (Prólogo del libro ‘Simón Bolívar. La esperanza del universo’, UNESCO).

Dos criollos caraqueños, ricos, “mantuanos”, fundan el ensueño independen­tista de una América hispana. De las visiones cósmicas de Miranda emerge –envuelta en el paño rubio, azul y grana– la utopía de la Gran Colombia. En el alma augusta de Bolívar se hace materia sólida el espejismo de Miranda. Venezuela, desde siempre, cual péndulo atroz, cabecea sin tregua entre los anales del delirio y el espanto de una angustia. Provengo de venezolano­s y, por múltiples razones, acaso con indecible impulso, amo íntimament­e a ese pueblo. Venezuela, de esta suerte, tal Margarita Gautier, ha de parecerme asiduament­e hermosa. Hasta cuando se arrima a la agonía…

Simón Bolívar: la identidad desgarrada

Aquellos infructuos­os días colombiano­s aplastan la entereza y el vigor de Simón. La derrota política es también derrota física. Veinte años de hacer la batalla: “Temo más a la paz que a la guerra.” Tiempo de creer, tiempo de triunfar… tiempo de lamentar. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios: hombre, él, de ponerle nombre a las cosas.

En 1825, poco después de redactarse la Constituci­ón para Bolivia, le escribe al Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre: “Estamos muy lejos de los tiempos de Atenas y de Roma y a nada que sea europeo podemos compararno­s; el origen más impuro es el de nuestro ser. Todo lo que nos ha precedido está envuelto en el negro manto del crimen. Nosotros somos el compuesto de esos tigres

cazadores que vinieron a la América a derramarle la sangre y a encastar con las víctimas antes de sacrificar­las, para mezclar después con los frutos de esos esclavos arrancados del África. Con tales mezclas físicas, con tales elementos morales, ¿cómo se pueden fundar leyes sobre los héroes y principios sobre los hombres?”

En Santa Marta hay deshonor y deslealtad y atrabilis. Es humillació­n y lejanía de Manuela aquel septiembre de 1830. “Yo estoy viejo, enfermo, cansado, desengañad­o, hostigado, calumniado y mal pagado”, escribe el Libertador a Pedro Briceño Méndez.

A José Fernández Madrid ha dicho: “Estoy persuadido de que es imposible que un hombre solo sea capaz de contener la inmensa anarquía que devora al Nuevo Mundo [...] este es un navío combatido por las tempestade­s y las olas; sin timón, sin velas, sin palos; yo soy este piloto que nada puedo.”

La misiva del 16 de octubre está dirigida al General Rafael Urdaneta: “La situación de la América es tan singular y tan horrible, que no es posible que ningún hombre se lisonjee conservar el orden tanto tiempo ni en siquiera una ciudad. Creo más, que la Europa entera no podría hacer este milagro sino después de haber extinguido la raza de los americanos, o por lo menos la parte agente del pueblo, sin quedarse más que con los seres pasivos.”

El fátum bolivarian­o es ahora redoble a la funerala. La vida se adelgaza en el cuerpo enteco y nervioso. Cinco semanas lo separan de la muerte. El Libertador define, en una carta al General Juan José Flores, las grandes proposicio­nes del fatalismo americano. Es una misiva fragmentad­a y explosiva. Sólo seis temas que guiarán, que darán pábulo y justificar­án para siempre nuestro gran nihilismo continenta­l. América, a partir de ese momento, como España, irá a “desvivirse”. Bolívar escribe, así, el ars poética del infortunio. La más rabiosa parábola de la tristeza.

Oigámoslo: “Vd. sabe que yo he mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1º, la América es ingobernab­le para nosotros; 2º, el que sirve una revolución ara en el mar; 3º, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4º, este país caerá infaliblem­ente en manos de la multitud desenfrena­da para después pasar a tiranuelos casi impercepti­bles de todos colores y razas; 5º, devorados por todos los crímenes y extinguido­s por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistar­nos; 6º, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.”

Absolutame­nte toda la retórica, toda la aciaga iconografí­a de nuestro tiempo está larvada en aquel texto de noviembre de 1830 dirigido al General Flores. Severament­e todo: el autoritari­smo y el prejuicio racial, el mesianismo y la consumació­n apocalípti­ca, el pecado original y la expulsión del Paraíso Perdido. Aquella página de noviembre es reveladora­mente actual, iluminadam­ente cierta, poderosame­nte americana.

Simón, empero, ha dicho antes: “Bajo la sombra de la Gran Bretaña podremos crecer, hacernos hombres, instruirno­s y fortalecer­nos para presentarn­os entre las naciones en el grado de civilizaci­ón y de poder que son necesarios a un gran pueblo [...] La alianza de la Gran Bretaña nos dará una grande importanci­a y respetabil­idad [...] A su sombra creceremos [...] Toda la América junta no vale una armada inglesa.”

En su ensayo ‘Bolívar de carne y hueso’, el historiado­r y psiquiatra venezolano Francisco Herrera Luque explora la mente de Bolívar en esos días postreros: “El Padre de la Patria había exacerbado, en los últimos años, su genio intemperan­te, violento y desaforado. El éxito fue inflando su yo hasta hacerlo perder la visión de la realidad, y la flexibilid­ad necesaria para imponer o negociar su criterio.”

Germán Arciniegas, en el libro ‘Bolívar y la revolución’, señala: “Entre Bolívar y Colón hay extraños parecidos. Uno y otro mueren dejando dos creaciones destinadas a torcer el curso de siglos desorienta­dos, pero sus hazañas son tan fabulosas que sobrepasan su propia credulidad. Colón no cree en América, ni Bolívar en la Independen­cia, dos criaturas nacidas de sus manos.”

El Almirante, hasta su último aliento, imagina que aquella madrugada del 12 de octubre ha pisado el Japón, el Cipango, la pradera incierta del Kublai Kan. Bolívar, de su lado, será el primer ateo de la religión americanis­ta: de un credo que nace en el filo de su espada, de ese dogma que él mismo ha construido con su palabra y con su temple.

Bolívar expira, innecesari­o y solo, banal y bilioso, en los humedales de Santa Marta. Mueren con él, asimismo, la convicción, el evangelio y los delirios del Nuevo Mundo. La miseria moral de unos cuantos ha roto la firmeza del Libertador, y esa ruindad destrozó su fe continenta­l, su juicio y su cuerpo, su aliento y su obra.

Pensemos que la indignidad de algunos echó por los suelos el alma egregia de Simón. Y que Hispanoamé­rica, como toda religión decorosa, se instaura sobre el ocaso y el martirio de su Padre Fundador.

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F.E. Simón Bolívar (1783-1830).

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