CE­LE­BRAN­DO LA VI­DA FREDDY GI­NE­BRA G.

Siem­pre jo­ven

Estilos - - Gente / Sociales -

Soy un ni­ño en un cuer­po de vie­jo. De­fen­der mi es­ta­do fren­te al mun­do en que vi­vo ha si­do di­fí­cil pe­ro no im­po­si­ble. Pien­so que, de re­pen­te, un día ama­ne­ce­ré an­ciano y to­das es­tas arru­gas y do­lo­res que ig­no­ro cons­cien­te­men­te me co­bra­rán fac­tu­ra. Es­pe­ro no lle­gue nun­ca y la par­ti­da me sor­pren­da bai­lan­do.

Mien­tras tan­to me ha­go el lo­co y si­go so­ñan­do co­mo cuan­do era ape­nas un ado­les­cen­te y so­ña­ba con con­quis­tar el mun­do. Es­toy al bor­de de los 75. Ca­da vez que pien­so en es­te nú­me­ro me dan es­ca­lo­fríos, pe­ro si­mul­tá­nea­men­te tam­bién or­gu­llo. Ha­ber lle­ga­do no ha si­do fá­cil, soy un vol­cán que po­cas ve­ces se apa­ga y pien­so que el día tie­ne más de 24 ho­ras, soy pro­pen­so a com­pro­me­ter­me con tres even­tos a la vez y asis­tir a to­dos, al­gu­nos días me creo Su­per­man, co­mo era mi pa­pá, y no le ten­go mie­do a la krip­to­ni­ta.

En es­tos días una ami­ga me pre­gun­ta­ba que de dón­de sa­ca­ba la ener­gía, le con­tes­té que te­nía den­tro de mí al­go de vam­pi­ro y que me ener­gi­za­ba con­vi­vien­do con per­so­nas jóvenes y po­si­ti­vas que cons­tan­te­men­te me ins­pi­ra­ban a se­guir. Les sa­co la ener­gía a ellos, no hay me­jor fuente que la con­ver­sa­ción con un jo­ven que no ha per­di­do la ilu­sión y per­si­gue sus idea­les con fir­me­za y pa­sión. Ellos me es­ti­mu­lan, me obli­gan a ser me­jor ser hu­mano, a que as­pi­ren a lle­gar a mi edad sin per­der la mirada en las es­tre­llas, a que a pe­sar de vi­vir en un mun­do con­vul­so don­de se con­fun­den los va­lo­res, un mun­do de es­pe­jis­mos, se­pan que den­tro de ca­da uno exis­te un uni­ver­so que no pue­de ser con­ta­mi­na­do si uno de­ci­de man­te­ner­lo. Evi­to a los pro­fe­sio­na­les de la tris­te­za y aque­llos que han pin­ta­do de os­cu­ri­dad sus vi­das y se que­jan de to­do sin apor­tar el gra­ni­to de are­na que les to­ca. In­ten­to dar­les un po­co de mi ale­gría, pe­ro si se nie­gan los saludo des­de le­jos. Vi­vo ro­dea­do de mu­cha gen­te bue­na, ho­nes­ta, tra­ba­ja­do­ra, que cree en su país, que no se co­rrom­pe, que se afa­na por si no pue­de cam­biar la pa­tria, em­be­lle­cer su en­torno y vi­vir co­mo Dios man­da. Gen­te de fe que vi­ve la es­pe­ran­za, que da has­ta que due­la, que es­tá com­pro­me­ti­da con el bien, no pa­ra al­can­zar un cie­lo, sino pa­ra ha­cer un po­qui­to de cie­lo en el en­torno en que vi­ve.

Vi­vir fe­liz es una de­ci­sión, re­pi­to cons­tan­te­men­te. El día que es­toy a pun­to de des­fa­lle­cer me es­me­ro por es­bo­zar mi me­jor son­ri­sa y me di­bu­jo el ho­ri­zon­te lleno de luz.

Mu­chas ve­ces me ten­go que pro­vo­car la ener­gía, días di­fí­ci­les te­ne­mos to­dos, el do­lor y la pe­na son par­te obli­ga­to­ria en es­te pa­que­te exis­ten­cial, son los días más com­pli­ca­dos, en­ton­ces re­cu­rro a una fá­bri­ca in­ter­na que me po­ne re­tos cons­tan­te­men­te y no per­mi­te ni que me con­si­de­re de­rro­ta­do ni que me abu­rra.

Ade­más he des­te­rra­do el mie­do a ha­cer el ri­dícu­lo y me atre­vo a lan­zar­me sin pa­ra­caí­das. Mu­chas ve­ces me he da­do tre­men­dos gol­pes, pe­ro los he con­ver­ti­do en apren­di­za­je, en lec­cio­nes du­ras que me han obli­ga­do a rec­ti­fi­car el ca­mino.

Hoy, mien­tras es­cri­bo es­tas lí­neas pa­ra to­dos los ami­gos que me leen, pien­so en ellos y son­río y agra­dez­co, los in­vi­to a que des­cu­bran que ca­da día es una nue­va opor­tu­ni­dad de ser pleno y fe­liz.

Ca­da mañana po­de­mos co­men­zar de nue­vo, ca­da mañana...

Hoy mi edad ron­da los vein­te... con­tá­gien­se y por lo me­nos pón­gan­se a bai­lar.

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