Ga­brie­lle an­tes de Co­co

¿En qué real­men­te cre­yó?

Ritmo Platinum - - Personal Style -

Mu­chos co­no­cie­ron a Co­co, pe­ro ¿quién era Ga­brie­lle? ¿Qué ha­bía real­men­te en su co­ra­zón apar­te del lujo y el gla­mour? ¿Ha­brá pues­to su es­pe­ran­za en al­go/al­guien que va más allá de sí mis­ma? So­lo ella lo sa­bría. ¿Ha­brá lle­ga­do a creer en Dios en al­gún pun­to de su vi­da? Es po­si­ble, pa­só to­da su ado­les­cen­cia en un con­ven­to al cui­da­do de las mon­jas de la Con­gre­ga­ción del Sa­gra­do Co­ra­zón de Ma­ría; su ori­gen, el cual se dis­pu­so a omi­tir y ne­gar, pues no co­rres­pon­dían con la ima­gen que que­ría pro­yec­tar.

Co­co, el ícono in­mor­tal cu­yo le­ga­do ha trans­cen­di­do ge­ne­ra­cio­nes; Ga­brie­lle, la mu­jer que ha que­da­do en el ano­ni­ma­to a lo lar­go de su pro­pia vi­da. Bien po­dría de­cir­se que Co­co ob­tu­vo lo que que­ría: fa­ma, di­ne­ro, éxi­to... pe­ro ¿qué hay de Ga­brie­lle? “Du­ran­te mi in­fan­cia so­lo que­ría ser ama­da... So­lo el or­gu­llo me sal­vó”. Fue­ron de las po­cas pa­la­bras en re­fe­ren­cia a sus pri­me­ros años, que en esen­cia ma­ni­fies­ta una de las más gran­des ne­ce­si­da­des de to­do ser hu­mano.

En su in­te­rior ha­bía una fuer­za y de­ter­mi­na­ción que la em­pu­ja­ban a se­guir ade­lan­te pe­se a sus con­di­cio­nes y cir­cuns­tan­cias. Su his­to­ria lo lla­ma or­gu­llo, que tal vez era su tra­duc­ción de fe, por lo que es in­tere­san­te pre­gun­tar­se: ¿Qué ali­men­ta­ba el al­ma de Ga­brie­lle? ¿Ha­brá ocu­rri­do al­go más pro­fun­do en aquel con­ven­to de mon­jas que so­lo apren­der a co­ser? Na­die po­dría sa­ber­lo. La vas­te­dad del al­ma hu­ma­na so­lo pue­de abar­car­la aque­llo de don­de pro­vie­ne. Al­go sí pue­do afir­mar: ella no so­lo era Cha­nel No. 5, pren­das de ves­tir, ac­ce­so­rios, ele­gan­cia y estilo. Su exis­ten­cia no es­ta­ba ab­so­lu­ta­men­te re­du­ci­da a ser de los más gran­des re­fe­ren­tes de la moda del si­glo XX has­ta nues­tros días. Pu­do ha­ber creí­do en el Dios que le mos­tró una edu­ca­ción ba­sa­da en la fe ca­tó­li­ca, pu­do ha­ber te­ni­do al­gu­na experiencia es­pi­ri­tual, que la mo­vie­ra a ins­pi­rar­se en ele­men­tos ar­qui­tec­tó­ni­cos sa­cros y re­li­gio­sos que de­fi­ni­rían su estilo; si pa­só o no, su his­to­ria nun­ca lo con­tó. Lo que sea que ha­ya po­di­do sur­gir en su co­ra­zón con res­pec­to a Dios, y esos seis años de su vi­da en­tre huér­fa­nos y mon­jas, se ha­bía que­da­do con Ga­brie­lle en un rin­cón de su al­ma que ja­más ve­ría la luz has­ta el final de sus días.

¿En qué real­men­te cre­yó? Es cues­tión de “Ga­brie­lle an­tes de Co­co”. RP

tex­to Alis­ber Za­pa­ta fotos Ar­chi­vos Co­co Cha­nel

Una mu­jer cons­cien­te de que el ser hu­mano no so­lo es per­cha de sus di­se­ños, sino al­guien que va más allá de có­mo se ve: “La be­lle­za de­be­ría co­men­zar en el al­ma y el co­ra­zón...”, al­go que Ga­brie­lle qui­zás apren­dió, de un Dios que tal vez co­no­ció.

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