Diario Expreso

¡Feliz cumpleaños!

- FRANCISCO X SWETT swettf@granasa.com.ec

Cien años se cumplen una sola vez y la muerte no extingue la relación sino que cambia la forma de la misma. Hoy dejo de lado otros temas para celebrar tu vida, madre, y testimonia­r todo lo bueno que me supiste dar, pues lo que no lo fuere es de mi propia cosecha.

Llevo en mí tu mitocondri­a, ese código genético que, cual batería de alto poder, energiza mi vida alimentand­o cada célula que constituye mi ser. Tu ausencia física en los últimos doce años ha hecho calar aún más tu presencia pues, al pensar en ti, mi atención es total. Soy de los que practico la vida de la mente, alejado de los rituales y el incienso, pero tengo la gracia de ser heredero de la poderosa fibra moral que me legaste junto con mi padre. Son, además, los ecos y recuerdos imperecede­ros de tu voz y tu mirada, de tus caricias, consejos y enseñanzas los que me han permitido navegar en la bonanza y en la adversidad.

La existencia transcurre como una sucesión de imágenes de todas las experienci­as vividas y, mientras estas más profundas son, mayor es la fortuna sentimenta­l e intelectua­l que las envuelve. Son cien años transcurri­dos de tu presencia, de los cuales compartí casi sesenta, y puedo decirte que si hay una influencia determinan­te en mí, esa eres tú, Piedacita. Eres la supermujer que todo lo puede, poseída de una fuerza irresistib­le y de una inagotable capacidad para brindar amor. Eres la esposa ejemplar, la madre que sabe educar y criar a sus hijos, la hija y hermana de referencia, la maestra querida, y la manifestac­ión misma de la prudencia, templanza y sabiduría que en algún momento quisiera poseer.

Soy afortunado de tenerte y de haber sido discípulo, junto con mi abuela Victoria Coronel, de la más importante maestra desde la cuna misma. Sonrío al despertar con tu “hágase la luz” para prepararme para el colegio. Pruebo tu paciencia cuando sospechaba­s que era tontito por ser el último en aprender a leer y por escribir los números al revés, y me siento redimido cuando, finalmente, resultó que tenía una mente incansable­mente curiosa. Jugábamos los dos a las damas chinas los domingos y confieso que jamás te pude ganar. Confieso también que, en la competenci­a por tus atenciones, sabía acercarme para sentirme protegido. Si en algún momento creí en los ángeles fue cuando me tomabas de la mano, y, en esa poderosa memoria que heredé, recuerdo hasta las notas de las canciones de cuna con que me ponías a dormir.

No dejo de lado a papá, mi querido “Niño Gato”, a quien supiste comprender, amar, ser leal, y mantener como tu compañero, así fuere en la forma de un desgastado anillo de bodas, por los treinta y seis años que debiste vivir de su recuerdo. Jamás oí una queja o un regaño de ti respecto de nadie. Crecido ya, podía a ratos impacienta­rme con tu paciencia, pero invariable­mente tenías una razón de fondo y una nueva enseñanza para transmitir. En todo momento, a lo largo de nuestro tránsito terrenal conjunto, me hiciste sentir como un hijo amado y ese es un tesoro que no tiene precio.

Madre, has trascendid­o pero estás aquí, conmigo, en cada momento. Festejo tus cien años en presencia mental, con la absoluta certeza de que jamás me dejarás.

La existencia transcurre como una sucesión de imágenes de todas las experienci­as vividas y, mientras estas más profundas son, mayor es la fortuna sentimenta­l e intelectua­l que las envuelve’.

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ADRIÁN PEÑAHERRER­A / EXPRESO
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