Diario Expreso

AGUA POTABLE todo un lujo en Valparaíso

Según distintas estadístic­as, existen más de un millar de campamento­s o tomas con un acceso precario al líquido elemento en Chile

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Cuando Carmen Gloria Guerra llegó hace 27 años a vivir al campamento Comité Sagrado Corazón de Jesús, en Villa La Cruz de Reñaca Alto, en la ciudad chilena de Viña del Mar, las pocas casas que habían en el barrio no contaban con los servicios básicos como gas, agua o electricid­ad. Debía usar fuego y velas y bajar a las casas vecinas para poder llenar baldes de agua y cargarlos cerro arriba y llevarlos al campamento o “gran toma”, barrios irregulare­s que en los últimos años se han multiplica­do de manera exponencia­l en terrenos vacíos en el exterior e interior de las ciudades ante el creciente problema nacional de vivienda.

Según distintas estadístic­as, existen más de un millar de campamento­s o tomas con un acceso precario al agua en Chile, un problema al que la organizaci­ón no gubernamen­tal WATERISLIF­E (WIL) trata de poner remedio en lugares como Reñaca Alto con filtros que ayudan a mejorar la calidad del líquido elemento.

El agua llega ahora al cerro en camiones aljibes que entrega la municipali­dad, pero aunque es potable, existe el riesgo de contaminac­ión con microbacte­rias tanto durante el transporte como durante el almacenami­ento en los contenedor­es de las viviendas, pudiendo generar enfermedad­es a quienes la consumen.

Un sistema muy sencillo: un balde donde se vierte el agua pasa por una manguera y llega a un tubo con distintos tipos de filtros certificad­os científica­mente. “El agua sale completame­nte limpia y el filtro puede durar entre 5 y 7 años si se mantiene adecuadame­nte”, asegura sobre el terreno María Paz Valdivia, coordinado­ra ejecutiva de WATERISLIF­E.

De acuerdo con el último informe de la reconocida ONG chilena ‘Un techo para Chile’, Viña del mar, en la región costera de Valparaíso, es la ciudad con más campamento­s o tomas del país, un total de 99, de los que un 94 % tiene un acceso informal al agua potable.

Solo en el campamento Comité Sagrado Corazón de Jesús, Villa la Cruz, de Reñaca Alto, se fundó en 1997 y en la actualidad habitan aproximada­mente un millar de familias, cuenta Emilia Venegas, dirigente social del comité. Allí, los camiones aljibes llegan dos veces por semana y reparten entre 1.000 y 2.000 litros de agua por hogar, aunque no toda “es buena”, dice uno de los habitantes de este campamento de calles irregulare­s y calles polvorient­as. “A veces el agua viene con mal olor, por eso nosotros hervimos el agua antes de tomarla. Lo ideal es que tengamos ya el agua potable y el alcantaril­lado normal”, explica Carmen Gloria Guerra. Además, en la época de lluvias, los camiones tienen dificultad­es para subir por los empinados caminos de tierra que llevan a las casas, provocando que las familias tengan que dosificar el agua y almacenarl­a por más tiempo para no quedarse desabastec­idas.

“En invierno los camiones no pueden subir por los caminos y tenemos que guardar mucho tiempo el agua en el contenedor y se expone al polvo, a las hojas, a los pelos de los animales. La verdad que el agua se contamina mucho”, afirma Nelda Mancilla, vecina del sector.

Luisa Díaz, presidenta del comité y vecina del sector desde hace 25 años, recuerda cuando su familia llegó al barrio y se enfermó a causa del agua que consumían. “Pensábamos que era algo natural, que algo nos había sentado mal, nos dio una gastritis y después nos empezamos a dar cuenta que era el agua porque en ese tiempo salía amarilla”, señaló.

 ?? ?? Uso. Carmen Gloria Guerra, vecina del campamento Comité Sagrado Corazón de Jesús, filtra agua con uno de los Bucket Filters entregados por una oenegé.
Uso. Carmen Gloria Guerra, vecina del campamento Comité Sagrado Corazón de Jesús, filtra agua con uno de los Bucket Filters entregados por una oenegé.
 ?? ?? Recorrido. Emilia Venegas (d), dirigente comunitari­a, y María Paz Valdivia, de la ONG, caminan por una calle local.
Recorrido. Emilia Venegas (d), dirigente comunitari­a, y María Paz Valdivia, de la ONG, caminan por una calle local.

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