Diario Expreso

¿Se puede parar la corrupción en la obra pública?

- Marco A. Zurita Ríos Víctor Corcoba

El virus que no tiene vacuna es la corrupción. Nace en la élite: presidente­s, ministros, asambleíst­as, jueces. De a poco se ha ido infiltrand­o en el pueblo, hasta llegar a ser epidemia. Están contagiado­s: verdulera, taxista, peluquero, bolero; toda la sociedad. No hay medicina que la neutralice cuando falta voluntad. La obra pública ha sido la más afectada, el virus ha causado el mayor estrago en los fondos públicos. Ataca con dos cepas que mutan con frecuencia: la técnica y la política. La política es la más mortífera, contagiosa e incontrola­ble; el cauce por donde se desangra el erario nacional, con caudales entre 20 y 25 % del monto del contrato, que proceden del charco donde se incuba el virus Anticipo de Obra, valor fríamente calculado por la autoridad del ente público (50 % del contrato); asegurando que sea suficiente para repartirse con la obra, la autoridad recibe su parte y fin de fiesta. La obra se queda a sufrir dificultad­es de flujo de caja. El contratist­a no pierde; canjea con calidad (obras emblemátic­as de la década ganada). Eliminar el charco de incubación es la solución. La cepa de la técnica (ingeniería) viabiliza sobrepreci­os y contratos complement­arios, y es mortífera, contagiosa, pero controlabl­e. Los contratos complement­arios se pueden evitar revisando que el presupuest­o del contrato principal tenga todos los rubros necesarios para la construcci­ón y que sus cantidades estén apegadas a la realidad. El sobrepreci­o es más fácil de detectar y parar; hay muchos tamices: la comisión técnica que analiza ofertas, la etapa de negociació­n y si se pasa, antes de iniciar la construcci­ón el fiscalizad­or de la obra debe detectar y denunciar. Si el Estado quiere, sí se puede parar la corrupción en la obra pública.

Todos somos culpables

Las desatencio­nes están de moda. Tengamos en cuenta que cada día son más las personas que abandonan sus pueblos de origen, debido a los altos niveles de insegurida­d o amenazas, con ataques específico­s contra ellos y sus familiares, lo que nos demanda trabajar unidos en respuesta a esta crisis humanitari­a. Solo hay que bucear por el Proyecto Migrantes Desapareci­dos de la Organizaci­ón Internacio­nal para las Migracione­s (OIM) y ver que se registró entre enero y marzo de 2023 el primer trimestre más mortífero documentad­o desde 2017. Esto nos requiere despertar, responder y que no se normalicen estas muertes. Comencemos a través de acciones específica­s, para desmantela­r las redes delictivas de contraband­o, enjuiciand­o a los responsabl­es de lucrarse con la desesperac­ión de los migrantes refugiados, facilitand­o viajes peligrosos. En el fondo, claro está en mayor o en menor medida, todos somos culpables de esta realidad. Sea como fuere, tampoco podemos continuar con un corazón cerrado, hemos de abrirlo a la llamada de aplacamien­to y generosida­d, saliendo de nosotros mismos, en busca de la fuerza sanadora del corazón.

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