UN OJO HIN­CHA­DO O UNA NO­CHE DE PLA­CER

Por unos se­gun­dos ol­vi­da su si­tua­ción has­ta que vuel­ve a ver­la a los ojos.

Dominguero - - Sexo Y Pareja - Por Án­gel Ama­dor an­ge­la­ma­dor77@gmail.com

Di­fí­cil elec­ción cuan­do la chi­ca con la lle­va sa­lien­do un mes es­tá ca­si des­nu­da en su ca­ma, pe­ro al ver­la de cer­ca se da cuen­ta que tie­ne la fa­mo­sa con­jun­ti­vi­tis. Es que tam­bién lle­va una se­ma­na con un fras­co de al­cohol y otro de de­sin­fec­tan­te de mano en su mo­chi­la pa­ra evi­tar con­traer la co­no­ci­da ‘ pa­ta­da china’. Tie­ne unos se­gun­dos pa­ra pen­sar y reac­cio­nar, mien­tras ella ba­ja len­ta­men­te su ajus­ta­do jean pa­ra re­ve­lar unas es­bel­tas pier­nas. Por unos se­gun­dos ol­vi­da su si­tua­ción has­ta que vuel­ve a ver­la a los ojos. De­be to­mar ya una de­ci­sión. Mien­tras más de­mo­ra más se acer­ca al pun­to sin re­torno. Si­gue con el sos­tén y lue­go con el panty que cae ca­si por sí so­lo has­ta sus to­bi­llos. Ya es­tán en el pi­so y no hay mar­cha atrás. Es­tá des­nu­da y aho­ra lo des­vis­te. Evi­ta ver­la a la ca­ra di­rec­ta­men­te, así co­mo los be­sos que él des­cri­be co­mo al­go de otro mun­do. Tam­bién acer­car sus ma­nos a su ros­tro. Ella no­ta ese re­cha­zo e in­co­mo­di­dad y lo en­ca­ra: “si no te sien­tes a gus­to dí­me­lo y eso es to­do”. No sa­be qué res­pon­der. Pien­sa y ac­túa: le da un be­so. Uno que lo ha­ce ol­vi­dar de to­do. La si­guien­te ima­gen es de ellos en la ca­ma. Ella so­bre él. Mue­ve su cuer­po co­mo si es­tu­vie­ra bai­lan en una dis­co­te­ca. Aca­ri­cia su ca- be­llo y gi­me sin cesar, mien­tras las ma­nos de él re­co­rren esas gran­des mon­ta­ñas que lla­ma se­nos. La sos­tie­ne y las aprie­ta ha­cien­do que la mu­cha­cha pa­se de los ge­mi­dos a los gri­tos. Un gi­ro lo co­lo­ca so­bre ella. El mu­cha­cho so­lo mue­ve su cin­tu­ra y la chi­ca no pa­ra de gri­tar. “Da­le... si­gue... si­gue”, re­pli­ca una y otra vez. Él obe­de­ce. Le da más rá­pi­do. Ella pa­re­ce caer des­ma­ya­da en cual­quier mo­men­to. So­lo cie­rra los ojos y de­ja que él le ha­ga de to­do. La ca­ma no pa­ra de mo­ver­se. El cru­jir de la ma­de­ra es ca­da vez más rá­pi­do. Ella vuel­ve a gri­tar. Él tam­bién lo ha­ce y has­ta ahí. Un gol­pe de luz en su ros­tro lo des­pier­ta. Por suer­te es sá­ba­do y no tie­ne que tra­ba­jar. Se in­cor­po­ra y lo pri­me­ro que sien­te es un do­lor en el ojo iz­quier­do. Ca­mi­na al ba­ño. Sí, es eso. No lo pue­de creer. Vol­tea y la ve en la ca­ma. Pien­sa si va­lió la pe­na... sí, lo va­lió.

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