Sé tu due­ña

Dominguero - - Variedades - Por Blanca Mon­ca­da @ Blan­ki­mon­ki

Él no es­ta­ba so­lo y ella tam­po­co. Des­de que em­pe­za­ron a con­ver­sar su­pie­ron que ca­da uno vi­vía, a cin­co mil ki­ló­me­tros de dis­tan­cia, su pro­pia ver­sión del averno. La co­ne­xión que los en­chu­fó des­de el pri­mer men­sa­je se in­ten­si­fi­có las pri­me­ras tres se­ma­nas. Hu­bo nu­des, vi­deo­lla­ma­das y te amos. Ella pla­neó de­jar su país. Él, de­jar a su mu­jer. Des­pués de to­do, se jus­ti­fi­ca­ba, la co­sa ya an­da­ba mal. La agen­da de po­si­bi­li­da­des pa­ra con­cre­tar su en­cuen­tro era in­fi­ni­ta: via­jo yo, via­jas tú, lue­go vi­vi­mos jun­tos... se­rá bueno. La de­ses­pe­ra­ción por no po­der­la po­seer, sin em­bar­go, lo lle­vó a de­jar a la luz, in­dis­cri­mi­na­da­men­te, una ten­den­cia a la ob­se­sión que ella, oh por dios, y qué pe­na, ya ha­bía su­fri­do en otras oca­sio­nes. Em­pe­zó a re­cla­mar­le es­tar en lí­nea y no es­cri­bir­le y con­ti­nuó con una ab­sur­da es­ce­na de ce­los por una fo­to ti­po sel­fi que ella subió a la web. Se asus­tó. Re­cor­dó al idio­ta que ca­si se ma­ta cuan­do ella lo ter­mi­nó, al im­bé­cil que le gritó por no ha­ber vis­to una lla­ma­da, al ton­to que es­pe­ra­ba que pa­se de no­via a sir­vien­ta ab­ne­ga­da... Una de las más sa­bias de­ci­sio­nes que to­mó ha­cia años, re­cor­dó, tres días des­pués de ce­le­brar el Día de la Mu­jer, es ser su due­ña, to­mar las rien­das de su vi­da y no per­mi­tir, ba­jo nin­gu­na ex­cu­sa, al­gún ti­po de com­por­ta­mien­to po­se­si­vo en su con­tra. En­ten­dió que el que al­guien se sien­ta tu due­ño no es un buen sín­to­ma, que el amor es li­ber­tad, es es­tar jun­tos, pe­ro no ata­dos. Hoy son­ríe. ¿ Lo ha­ces tú?

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