Merlyn Ochoa “Es­tu­ve a pun­to de ha­cer­me atea”

Su fe tam­ba­leó cuan­do fa­lle­ció su es­po­so. Re­ne­gó de Dios. Ac­tual­men­te re­to­mó su creen­cia re­li­gio­sa. Di­ce es­tar en paz.

Dominguero - - Especial - Por Ivon­ne La­go M. la­goi@ gra­na­sa. com. ec

Ha­bía en­con­tra­do el hom­bre per­fec­to. El que siem­pre idea­li­zó. Ru­bio, al­to, ojos ver­des, tra­ba­ja­dor, vi­sio­na­rio, ho­nes­to, sin­ce­ro. Su pri­mer y úni­co amor, quien lue­go se con­ver­ti­ría en el pa­dre de sus dos hi­jos. Sin em­bar­go, esa fe­li­ci­dad pro­pia de una pe­lí­cu­la ro­mán­ti­ca se con­vir­tió de un mo­men­to a otro en un fil­me dra­má­ti­co, cuan­do la pe­rio­dis­ta Merlyn Ochoa per­dió, el 3 de ma­yo del 2017, de­bi­do a un cán­cer ful­mi­nan­te, a su “eterno gua­po”, co­mo le lla­ma­ba a su es­po­so Paúl Mar­ti­llo. Ha pa­sa­do un año de aquel tris­te epi­so­dio y Merlyn tra­ta de re­sur­gir co­mo el ave fé­nix de la mano de su pa­dre y de sus dos pe­que­ños hi­jos. La pe­rio­dis­ta de Ecua­vi­sa se abrió con DOMINGUERO pa­ra ha­blar de sus tris­te­zas y ale­grías.

LA VI­DA DE­CI­DIÓ QUE SEAS PA­PÁ Y MA­MÁ.

Por aho­ra la vi­da y Dios de­ci­die­ron que sea pa­dre y ma­dre pa­ra mis hi­jos.

LOS NI­ÑOS SON LOS MÁS EN­TU­SIAS­MA­DOS CON LOS DÍAS ES­PE­CIA­LES, ¿ SA­BEN QUE ES­TÁ POR LLE­GAR EL DÍA DE LA MA­DRE?

No, son tan pe­que­ños que ellos al igual que yo apren­di­mos a vi­vir el día a día, el mo­men­to y a ve­ces jus­ta­men­te tra­to de ser co­mo ni­ño. Mis hi­jos no en­tien­den la si­tua­ción por la que es­tá pa­san­do su ma­má. Tie­nen dos y tres años. A lo mu­cho la ma­yor ha­bla del pa­pá, y ade­más que en mi ca­sa Paúl es­tá por to­dos la­dos. A mí me en­can­tan las fo­tos y mi ho­gar es­tá lleno de ellas, de Paúl, o de los dos. Mi hi­ja siem­pre tie­ne el re­cuer­do de su pa­dre.

¿ EL BE­BÉ PE­QUE­ÑO SA­BE AL­GO DE SU PA­PÁ?

Él sa­be que quien es­tá ahí es su pa­pá y que se lla­ma Paúl, pe­ro na­da más. La be­bé es la que sa­be, pe­ro no tie­ne una re­la­ción de au­sen­cia. No en­tien­de, y el ni­ño peor. Cuan­do nos en­te­ra­mos de la en­fer­me­dad de Paúl, el ni­ño te­nía 6 me­ses. Yo di a luz en Es­ta­dos Uni­dos, y me que­dé tres me­ses allá por­que me de­tec­ta­ron cé­lu­las anor­ma­les des­pués del embarazo. Pe­ro fue fal­sa alar­ma. Paúl dis­fru­tó del be­bé so­lo 3 me­ses y lue­go se en­fer­mó, des­de ahí em­pe­zó la ba­ta­lla de su vi­da, en­ton­ces pa­sa­mos de hos­pi­tal en hos­pi­tal. Pa­ra mis hi­jos su ima­gen pa­ter­na es la de mi pa­pá, a quien lle­vé a vi­vir con­mi­go, le pe­dí de fa­vor y so­mos so­lo no­so­tros.

¿ LO LLEVASTE PA­RA QUE SUPLA LA FAL­TA PA­TER­NA?

Lo lle­vé por­que es un pilar fun­da­men­tal en mi vi­da y creo que vi la úni­ca op­ción de es­pe­ran­za. Si mi pa­pá no acep­ta­ba, no sa­bía qué iba a ha­cer, por­que yo ve­nía con tan­tos pro­ble­mas, con tan­to do­lor, que ne­ce­si­ta­ba re­po­sar en al­guien y ese fue mi pa­pá y se ha con­ver­ti­do en la ima­gen pa­ter­na en mi ho­gar, no co­rri­ge a mis hi­jos, por­que son te­rri­bles. Es mi fuer­za, veo a mi pa­pá y me trans­mi­te for­ta­le­za, con­fian­za.

¿ CUÁ­LES SON LOS MO­MEN­TOS DON­DE PAÚL TE HA­CE MÁS FAL­TA?

To­do el tiem­po, en to­dos los mi­nu­tos, to­dos los días, siem­pre me ha­ce fal­ta Paúl, re­cuer­da que con él tu­ve 12 años, trabajamos jun­tos, siem­pre lo veía, ya sea en el ca­nal, en la ca­sa o cuan­do nos íba­mos a co­mer, él siem­pre es­tu­vo jun­to a mí.

EL DÍA DE LA MA­DRE SE­RÁ PA­RA TI CO­MO CUAL­QUIER OTRO.

Pro­ba­ble­men­te, por­que co­mo te di­go siem­pre lo ex­tra­ño. Lo ex­tra­ñé mu­cho en Na­vi­dad, Año Nue­vo, du­ran­te es­te tiem­po in­vi­tá­ba­mos a to­da la fa­mi­lia, con­tra­tá­ba­mos per­so­nas, pa­gá­ba­mos to­do. Me hi­zo fal­ta el día de mi cum­plea­ños y aun­que no le gus­ta­ba te­nía que desear­me fe­liz día. A él le gus­ta­ba vi­vir to­dos los días bien. Ser de­ta­llis­ta, ser amo­ro­so, ca­ri­ño­so. Dis­fru­ta­mos uno o

dos años el Día de la Ma­dre. Siem­pre me va a ha­cer fal­ta.

¿ NO TE­MES VOL­VER A ENAMO­RAR­TE?

No. No lo bus­co aho­ra, no lo quie­ro aho­ra, lo que bus­co son es­pa­cios en los que me pue­da dis­traer, pe­ro el te­ma de enamo­rar­me o no, no es un te­ma al cual le hu­yo, al que me cie­rro, no es al­go que lo des­car­to, por­que mien­tras Paúl es­tu­vo vi­vo, yo di el to­do por el to­do, de­jé bo­ta­dos a mis hi­jos, si es el tér­mino, por sal­var­lo a él, pa­ra que él sien­ta mi res­pal­do. Quie­nes han te­ni­do per­so­nas con es­ta en­fer­me­dad te­rri­ble sa­ben que es di­fí­cil lle­var­la, aun­que to­dos me qui­sie­ron ayu­dar yo asu­mí la reali­dad de es­po­sa, ami­ga, de aman­te, de lo que sea.

¿ PE­RO HAS PEN­SA­DO DAR­TE UNA OPOR­TU­NI­DAD EN EL FU­TU­RO?

Ahí vie­ne la otra par­te, yo no es que me vi­sua­li­zo ca­sa­da con al­guien, ni me vi­sua­li­zo que voy a te­ner otro ho­gar, otra fa­mi­lia, vi­sua­li­zo que me pue­do enamo­rar de al­guien, que pue­da co­no­cer. Ade­más, ven­go de una fa­mi­lia muy tra­di­cio­nal y en mi ca­so fue un pro­ce­so. Con Paúl sa­li­mos, nos enamo­ra­mos, yo fui vir­gen pa­ra él, no es que lle­gué así al ma­tri­mo­nio, sino que él fue mi pri­me­ra pa­re­ja. Si co­noz­co a al­guien tal vez pue­de ser un po­co di­fí­cil que res­pe­te es­te pro­ce­so de co­no­cer­nos, que me aguan­te, que co­noz­ca mi ge­nio, que lue­go se de­cep­cio­ne ( ri­sas).

TE ES­CU­CHÉ DE­CIR, EN AL­GÚN MO­MEN­TO, QUE RENEGASTE DE DIOS.

Sí, por su­pues­to, es­tu­ve a pun­to de ha­cer­me atea en Es­ta­dos Uni­dos.

¿ QUÉ TE DE­TU­VO?

Me de­tu­ve por­que du­ran­te 34 años fui cie­ga­men­te ca­tó­li­ca, pe­ro con una fe de ro­ca. De­cre­ta­ba que Dios me ha­bía da­do una ha­bi­li­dad co­mo es­po­sa de sa­nar­lo, lo de­cre­ta­ba y de­cía con tan­ta fir­me­za que Paúl se iba a sa­nar. Y de re­pen­te pa­só es­to que no me lo es­pe­ra­ba. Co­no­cí a unas per­so­nas ateas muy no­bles, que me ayu­da­ron en las tra­duc­cio­nes y una de es­tas se­ño­ras te­nía una his­to­ria si­mi­lar a la mía. Fue ahí cuan­do yo di­je ‘ Dios no exis­te’, por­que le pe­dí que lo sa­na­ra y cuan­do fa­lle­ció mi es­po­so me pre­gun­té dón­de es­ta­ba Dios. Ten­go dos hi­jos. Yo he si­do una mu­jer tan de­di­ca­da, mi ma­má se fue a Ita­lia cuan­do yo te­nía 16 años, me que­dé al cui­da­do de mi her­ma­na de 3. Le de­di­qué to­da mi ju­ven­tud a mi fa­mi­lia, yo no sa­lía, no fu­ma­ba, no to­ma­ba, mi ju­ven­tud fue­ron los es­tu­dios.

¿ PA­SAS­TE POR UNA CRI­SIS DE FE?

Mi fa­mi­lia es de es­ca­sos re­cur­sos eco­nó­mi­cos, a ve­ces co­mía­mos una vez al día. Éra­mos muy po­bres, por eso mi ma­má mi­gró a Ita­lia. Mis prio­ri­da­des eran otras. En ese en­ton­ces siem­pre idea­li­cé es­tu­diar en la U. Ca­tó­li­ca y lo hi­ce be­ca­da; tam­bién idea­li­cé tra­ba­jar en Ecua­vi­sa, por eso es mi fe, to­do lo que yo he men­ta­li­za­do lo he he­cho en nom­bre de Dios y de ro­di­llas lo he con­se­gui­do con fe de ro­ca, por eso pen­sé que se iba a sa­nar. Pe­ro lue­go fa­lle­ció y es­tu­ve en una cri­sis de fe te­rri­ble. Hu­bo mo­men­tos en que le pre­gun­ta­ba a Dios ¿ por qué me hiciste es­to?, ¿ por qué me de­jas­te so­la?, ¿ por qué me sol­tas­te la mano?

¿ CUÁL FUE SU RES­PUES­TA A TO­DAS ESAS PRE­GUN­TAS?

Has­ta aho­ra he sen­ti­do una res­pues­ta de Dios. Lo que sí creo es que en reali­dad me blin­dó. Re­gre­sé al ca­nal, me abrie­ron las puer­tas, en ese mo­men­to to­do el tras­la­do de Paúl des­de allá no se me hi­zo com­ple­jo, lo­gré es­ta­bi­li­zar­me eco­nó­mi­ca­men­te, men­tal­men­te, de for­ma rá­pi­da. Me ad­mi­ro co­mo era en ese en­ton­ces, su­per­fuer­te, me mi­ro al es­pe­jo y me di­go ‘ en se­rio, ¿ có­mo pu­dis­te?’.

¿ Y CÓ­MO PU­DIS­TE HA­CER­LO?

A ve­ces ni yo me lo ex­pli­co. Creo que Dios es­tu­vo en mu­chos ca­mi­nos, por eso le pe­dí dis­cul­pas, por­que sen­tí en ese mo­men­to que no po­día ca­mi­nar más sin la fe, sen­tí que Dios me ha­cía mu­cha fal­ta y que no iba a po­der se­guir sin la pre­sen­cia de Él. To­dos los días yo te­nía el tra­ba­jo de re­cu­pe­rar mi fe. Igual to­dos los días le pe­día ayu­da, pe­ro no po­día ser hi­pó­cri­ta. Hu­bo mo­men­tos en que sen­tí que Dios no exis­tía, que me de­jó so­la, y eso es ser sin­ce­ra con­ti­go mis­ma.

ME DE­CÍAS QUE CAL­MAS TUS EX­CE­SOS DE AN­SIE­DAD FU­MAN­DO.

Creo que esa fue una de las co­sas que no he po­di­do su­pe­rar. An­tes no fu­ma­ba, ten­go 10 me­ses ha­cién­do­lo, es que cuan­do te pa­sa al­go co­mo lo que me pa­só a mí, ne­ce­si­tas des­fo­gar y yo lo en­con­tré en el ci­ga­rri­llo, mal o bien lo en­con­tré ahí. A ve­ces fu­mo has­ta cua­tro al día. Es­toy tra­tan­do de de­jar­lo. Es­toy lu­chan­do.

Fo­tos: Cristian Vás­co­nez Pro­duc­ción: Alejandra Ce­re­ce­da Co­la­bo­ra­ción: Ma­qui­lla­je: Sa­mant­ha In­tria­go ( 098- 993- 1340) Pei­na­do: Gi­se­lla Bar­di ( IG @ gi­se­lla­bar­di) Ves­tua­rio: HB Cou­tu­re by Be­ba Bri­to y Gaby Delgado ( IG @ hb­cou­tu­re_ al­qui­le­r_ ate­lier)

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